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Pujol, el ungido

Mientras el Tribunal Supremo ofrece un espectáculo de corruptos dirigido por un narcisista, Jordi Pujol —que moldeó el sistema— se va de rositas.

Mientras el Tribunal Supremo ofrece un espectáculo de corruptos dirigido por un narcisista, Jordi Pujol —que moldeó el sistema— se va de rositas.
Jordi Pujol a su llegada al funeral del empresario Carles Vilarrubí el pasado 30 de diciembre. | Jordi Pujol a su llegada al funeral del empresario Carles Vilarrubí, en la parroquia Sant Gervasi, a 30 de diciembre

Quienes vivimos y sufrimos el pujolismo estábamos convencidos de que Pujol nunca sería condenado. Lo que no esperaban los más despistados es que ni siquiera sería juzgado. Seguramente el tercer y último acto será el más doloroso: coronarlo, ungirlo tras su muerte como el creador de la nación catalana contemporánea. Porque la histórica nunca existió: también la inventó él. Aunque, a diferencia de la histórica, esta —la pujolista del 3% y monolingüe con tufo xenófobo— sí existe. Y de la manera más rotunda: ha enraizado en el corazón, en las emociones, en los intereses económicos, culturales, deportivos e institucionales de una parte de Cataluña que responde al nombre de nacionalistas. Aunque jurídicamente no lo sea, en la realidad, la gestionan y dirigen como tal. Y ahora, con el Gobierno del socialista Salvador Illa, han cerrado el círculo histórico de todos los estamentos sociales: de derechas a izquierdas.

La aspiración de Salvador Illa, desde que se hizo con la presidencia de la Generalidad fue reeditar la Convergencia de Pujol, el pal de paller de Cataluña, o sea, el pujolismo, los amos de la masía. Empezando por la lengua como ADN de la nación. Nadie antes que él ha impuesto más multas lingüísticas desde que las implantara Jordi Pujol a finales del siglo pasado para "salvar" a la nación catalana del virus del español. En todos sus sentidos. ¡Y ahora se indignan con eso de la "prioridad nacional"! ¡Mándale narices! Si ese principio en su sentido más xenófobo ha sido la política lingüística, cultural y nacional de la Generalidad desde que Jordi Pujol llegó a la presidencia de la Generalidad.

No lo duden: cuando Jordi Pujol muera tendrá un sepelio propio de hombre de Estado. Estado catalán, claro. Será la oportunidad de oro para que el independentismo vuelva a aglutinar al rebaño y lo eleve a la categoría de leyenda. Así se crean los mitos, así se imponen los relatos, así se construyen las naciones: para adornar y legitimar a los vivos que siguen gestionándolos y viviendo de ellos.

No se reparará en gastos. Desaparecerá todo rastro de despotismo, nepotismo, corrupción o xenofobia. Es lo que ocurre en una sociedad donde la posición política dominante ha eliminado toda forma de competencia. La dictadura perfecta.

Pero el tufo a podrido no se limitará a Cataluña. Con Pedro Sánchez, el nacionalismo de Jordi Pujol ha logrado infectar a España entera. A través del victimismo y de unos supuestos derechos históricos pendientes, Pujol logró imponer la idea de un agravio que España debía saldar. Un Estado artificial habría suplantado a naciones preexistentes y oprimidas, que deberían ser liberadas del colonialismo español. Y se lo tragaron. En nombre de la gobernabilidad, Adolfo Suárez cedió las competencias de educación —el mayor error—; Felipe González permitió que la corrupción de Banca Catalana quedara impune; Aznar cedió tramos del IRPF y eliminó el servicio militar —una herramienta de cohesión entre españoles—; y Zapatero reabrió la Guerra Civil y promovió un Estatuto que terminó por incendiar el independentismo y erosionar al Tribunal Constitucional. Pero fue Pedro Sánchez, al traficar con la amnistía para asegurarse la presidencia, quien importó, tramo a tramo, todas las tesis plurinacionales del pujolismo, hasta extender al conjunto de España lo que ya era Cataluña. Esos relatos hoy presentes en el sanchismo: fachas, lawfare, polarización… son todos de la factoría nacionalista.

Por eso, el modelo que hoy condiciona a España no nace con Sánchez, sino con Pujol. El pujolismo instauró un sistema basado en el chantaje identitario, la colonización institucional y la construcción de un relato victimista que convertía cada cesión del Estado en una supuesta reparación histórica. Durante décadas, ese método —corrupción estructural, control cultural y supremacismo lingüístico— fue tolerado desde Madrid a cambio de estabilidad parlamentaria.

Pedro Sánchez no ha hecho sino llevar ese mecanismo a su culminación: ya no se negocia con el nacionalismo, se gobierna desde su dependencia. La amnistía, las cesiones competenciales y la erosión de los contrapesos institucionales no son anomalías, sino la prolongación lógica de ese modelo. Pujol inoculó la idea de que el Estado es negociable; Sánchez ha generalizado ese principio hasta convertirlo en forma de gobierno. Primero se toleró el privilegio, después se normalizó el abuso, hoy se institucionaliza la cesión. El pujolismo enseñó a doblar al Estado, el sanchismo ha aprendido a ponerlo de rodillas. No es una deriva: es una continuidad. No es un error: es un modelo.

CODA: Sin embargo, ese hombre que aparenta ser divino, arrogante, vanidoso y engreído caerá muy pronto como un castillo de naipes aplastado por su soberbia, sus mentiras y miserias. Hasta para lograr un lugar en la historia hay que ser. Y Pujol es, Pedro solo llegó a impostor. Y pronto lo veremos arrastrarse entre ruinas, como lo que es, un Óscar Puente cualquiera.

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