
Hay triángulos malditos donde desaparecen barcos y aviones. Puras leyendas. En España hemos perfeccionado otro más siniestro: un triángulo político donde desaparecen la verdad, la ley, la decencia y hasta la vergüenza. Sus vértices tienen nombre propio: José Luis Rodríguez Zapatero, Pablo Iglesias y Pedro Sánchez.
No me hagan elegir cuál de los tres supura más toxicidad. Cada uno ha aportado su veneno. Zapatero puso la coartada moral, esa superioridad beatífica con la que la izquierda suele absolverse por defecto. Pablo Iglesias trajo el sectarismo revolucionario, el odio de clase, la demolición del adversario y la pedagogía del resentimiento. Pedro Sánchez ha puesto la ambición desnuda: la voluntad de poder sin límites, sin pudor y sin otro horizonte que su propia supervivencia.
Lo de menos es el rastro del dinero que van dejando en los medios estos días. Es la degradación de la democracia, el desprecio por la reglas y la ruina de los valores con que la Transición del 78 nos hizo creer en la política y en una España libre de cuatreros.
En medio de esta orgía mafiosa de corrupción se ha ido consolidando la convicción de que Pedro Sánchez hará lo que sea por seguir en el poder. ¡Lo que sea, es lo que sea! Algunos lo hemos tenido claro desde que decidió usurpar el poder pactando con todos aquellos enemigos de España dispuestos a desenterrar la sangre de los muertos para enterrar a los vivos.
Por eso, la teoría de Juan Soto Ivars -verbalizada por Pablo Iglesias estos días-, advirtiendo que Pedro Sánchez estaría dispuesto a provocar un referéndum para convertir a España en una república plurinacional presidencialista como medio para seguir en el poder, es una posibilidad que nadie debería descartar. Ese mondongo se puede rastrear en el insidioso Zapatero, pero quién infectó a Pedro Sánchez fue Pablo Iglesias en su etapa de vicepresidente en comandita con Iván Redondo, por entonces su instigador de relatos y marcos mentales para esquivar la realidad.
Si reparan, Pedro Sánchez pasó de no poder pactar con Podemos porque no podría dormir por la noche, a encamarse con Pablo Iglesias, y desde entonces, pensar y obrar con lo peor del podemismo. Sin votos para tener mayoría de gobierno, se mimetizó con el espacio electoral de la izquierda podemita, y consolidó un PSOE que había estado a punto de ser sobrepasado por él. Logró contenerlo. A costa de encabezarlo y al precio de asesinar al PSOE socialdemócrata de Felipe González. Y le cogió tanto gusto al descaro, que siguió durmiendo a pierna suelta. Desde entonces quien no puede dormir es el pueblo español.
Lo que quizá no previó es que la ideología narcisista, el resentimiento social y el alma totalitaria de Pablo Iglesias acabarían calándole hasta el tuétano. Se acostumbró a meter la mano bajo las faldas de las instituciones democráticas, a someter los contrapesos del Estado, a degradar los medios públicos con argumentos bananeros y a convertir la propaganda en régimen. Vean, si tienen estómago, la letrina en que han convertido a TVE.
Llegados a este punto, con la Guardia Civil, los tribunales y la calle estrechando el cerco, Sánchez puede hacer cualquier cosa. Y esa cosa ya ha sido pronunciada con naturalidad obscena por Pablo Iglesias: provocar un referéndum consultivo sobre la forma de Estado para liquidar la Monarquía y sustituirla por una república presidencialista y plurinacional. El objetivo no sería sólo cambiar la arquitectura institucional, sino eliminar a la derecha del sistema, como soñaba el viejo Frente Popular comunista del 36. Da igual que lo perdieran. Bastaría con inocular el veneno. España quedaría infectada durante décadas. La polarización, el cantonalismo y la ruptura de la igualdad entre ciudadanos harían el resto.
Ya es demasiado tarde para evitar la deriva de ese sanchismo dispuesto a sacrificar al PSOE y a España entera por un plato de lentejas. Pero hubo un momento en que pudo impedirse. Como Soto Ivars, lo dejé por escrito en estas páginas sin éxito, insistí por vías directas e indirectas en que ante la deriva suicida de Sánchez, sin mayoría propia y a expensas de podemitas, independentistas y bilduetarras, existía una posibilidad aritmética y política: los 57 diputados de Ciudadanos y los 123 del PSOE sumaban 180, cuatro más que la mayoría absoluta. Había una salida constitucional, liberal y socialdemócrata para evitar que España cayera en manos de sus enemigos. Albert Rivera la tuvo en su mano. Pero se negó en redondo. Sabía perfectamente que Pedro Sánchez pactaría con quien fuera para alcanzar el poder, como acabó haciendo. Pero prefirió soñar con el sorpasso al PP de Rajoy, entonces en horas bajas. Había desnudado en el Congreso a "la banda" con el discurso más brillante de su vida, pero no supo traducir aquella lucidez en responsabilidad histórica. Nunca un diagnóstico tan certero fue tan intrascendente. Nunca una ocasión política tan clara se perdió por tanta vanidad estratégica. Ciudadanos pudo haber contenido la radicalización de Sánchez. Pero no lo hizo. Y la consecuencia es esta hora maldita. "Los mitos de C's y su fracaso".
Quienes vivimos en Cataluña sabemos de qué hablamos. Mucho antes de que el problema catalán dejara de ser catalán, algunos comprendimos que el procés ya no era una enfermedad local, sino una metástasis nacional. Sánchez lo importó a toda España con carros y carretas al conceder la amnistía y, sobre todo, al legitimar el relato victimista del separatismo. Desde entonces, toda España padece lo que Cataluña sufrió primero: la mentira convertida en doctrina, el chantaje en método y la deslealtad en moneda de gobierno.
Para qué insistir. El triángulo está trazado. Zapatero abrió la grieta moral. Iglesias metió en ella la dinamita sectaria. Sánchez ha encendido la mecha desde La Moncloa. Y lo más inquietante es que aún no hemos visto la última explosión.
CODA: Ante estas horas inciertas, y viendo que no queda un solo partido de izquierdas relevante que no esté contaminado por el nacionalismo, el sectarismo o la cobardía, resulta imprescindible dar visibilidad a una izquierda socialdemócrata española, sin complejos a la hora de defender España como nación de ciudadanos libres e iguales.
Sería un error mayúsculo dejar a millones de españoles socialdemócratas sin partido al que votar, o condenarlos a votar lo que hay por simple fidelidad sentimental a unas siglas. Los votantes de izquierdas podrán estar decepcionados, huérfanos o políticamente abandonados, pero no van a desaparecer. Y los medios liberales se equivocan si creen que todo ese desencanto irá dócilmente al centro derecha. Eso es pan para hoy y hambre para mañana.
Ante esa actitud y ese vacío, Izquierda Española (IE), el partido socialdemócrata liderado por Guillermo del Valle, representa un antídoto contra esta izquierda sectaria, antiespañola y moralmente podrida. Una izquierda que no se avergüenza de la nación, ni de la lengua común, ni de la igualdad entre ciudadanos, ni acepta que nadie tenga más o menos derechos por residir en una comunidad autónoma u otra.
Pero cuando no tienes visibilidad porque los medios liberales te ignoran por ser de izquierdas y los medios de izquierdas te tapan para ocultar sus miserias, la cuesta se vuelve casi vertical. Ciudadanos padeció ese calvario en Cataluña durante 26 años. La fuerza de un solo diputado de Izquierda Española en el Congreso sería hoy más disolvente para esta mafia sectaria que nos gobierna que mil rufianes vociferando desde sus escaños.
Porque a veces basta una voz limpia para desnudar a toda una cloaca.
