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El supremacismo del Barça encontró su excusa

Parece que no encontramos otra manera de definirnos y relacionarnos que remarcar lo que nos separa y despreciar lo que nos une.

Parece que no encontramos otra manera de definirnos y relacionarnos que remarcar lo que nos separa y despreciar lo que nos une.
Joan Laporta, presidente del FC Barcelona | Europa Press

A unas horas del Barça-Athletic Club, donde debían ser homenajeados los jugadores azulgranas que participaron en la conquista del Mundial con la selección española, Joan Laporta y el independentismo culé han encontrado la excusa perfecta para anular el homenaje a sus propios jugadores, evitar cualquier celebración de España y sustituirla por una exaltación de la estelada.

El pretexto ha sido la actuación policial contra un seguidor culé que portaba una estelada en el anterior encuentro contra el Elche.

Porque de eso, y sólo de eso, se trata: de evitar la exaltación del triunfo de la selección española. O, más crudamente, de despreciar a la "puta España".

Y lo de "puta España" no lo utilizo como metáfora. Joan Laporta ya saludaba así a sus amigos con apenas 18 años. Era su manera de anunciar que había llegado. Quien quiera conocer los pormenores de este vodevil puede recurrir al artículo exquisitamente irónico que Pablo Planas publicó ayer en estas mismas páginas: El niño de la estelada.

Resulta dramático que, en estas horas vergonzosas en las que el Gobierno de la Nación está dejando abandonados a su suerte a nuestros compatriotas de Ceuta, tengamos que emborronar páginas con estas chorradas. Empezando por estas mismas líneas.

Pero quizá en el fondo de ese drama menor se esconda una de nuestras maldiciones históricas: el eterno problema de España. Ni somos ni dejamos de ser.

Parece que no encontramos otra manera de definirnos y relacionarnos que remarcar lo que nos separa y despreciar lo que nos une, mientras políticos profesionales viven del conflicto y nos mangonean a costa de él.

Encizañar sentimientos, manosear emociones, encabronarnos con relatos interesados y mentiras históricas para llevar cada cual su rebaño al corral.

Y, sin embargo, algo está cambiando.

Por primera vez en cuarenta años, los nacionalismos periféricos están perdiendo terreno frente al tan denostado sentimiento nacional español. Y no por razones ilustradas, argumentos políticos o lecciones de historia. Están perdiendo por el mismo terreno en el que siempre fueron imbatibles: las emociones.

En este caso, las provocadas por el Mundial de fútbol.

Los nacionalistas, especialistas en excitarlas y manipularlas, lo saben perfectamente. Por eso Laporta necesita neutralizarlas cuando benefician a España, aunque sea a costa de privar a sus propios jugadores del homenaje que se ganaron con su calidad y su esfuerzo.

Por eso también nacionalistas vascos y catalanes llevan décadas reclamando selecciones propias. Saben que el deporte entra en el corazón antes que cualquier discurso y que ahí se disputa también la lealtad emocional de las nuevas generaciones.

Pero nadie puede manipular eternamente los sentimientos de nuestros hijos desde la escuela, los medios de comunicación o el deporte. Ni siquiera Franco pudo hacerlo con su asignatura de Formación del Espíritu Nacional: terminó alimentando precisamente aquello que pretendía extirpar.

Al final afloran sentimientos que ninguna ingeniería política controla del todo.

Y eso ocurrió durante el Mundial. Se juntaron un entrenador humilde, unos muchachos excepcionales, solidaridad en el juego, limpieza, talento y ausencia de arrogancia. Y detrás de todos ellos, inevitablemente, estaba España.

Una España mucho más atractiva que su Gobierno. Elegante, generosa, joven y sin complejos.

Se ganaron el corazón de millones de españoles y el respeto de sus rivales.

Moraleja: España, como nación histórica, ha ganado limpiamente una batalla emocional gracias a su selección de fútbol. Los nacionalistas seguirán intentando humillarla, pero empiezan a perder el pulso.

Porque los ciclos cambian. Y están llegando generaciones que ya no compran con tanta facilidad el viejo "divide y vencerás" de nacionalistas y sanchistas.

España es mucha España. ¿O hace falta recordar la frase apócrifa atribuida al canciller Otto von Bismarck sobre España, donde sentenció: "España es el país más fuerte del mundo; lleva siglos queriendo destruirse a sí misma y todavía no lo ha conseguido?".

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