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Antonio Robles

La Amazonía se quema

Hay problemas reales y simulacros de salón. Entre los primeros están los malditos fuegos de verano.

Antonio Robles
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Hay problemas reales y simulacros de salón. Entre los primeros están los malditos fuegos de verano, aquí, en Canarias, en la selva del Amazonas, en todo el mundo. Entre los simulacros de salón relucen las cacicadas y discusiones sin fin de nuestros políticos incapaces de ponerse de acuerdo ni para formar el Gobierno de la nación. No debe de ser tan importante cuando toman vacaciones sin haberlo conformado. Y mientras tanto, un Gobierno provisional sin Presupuestos actualizados ni acuerdo nacional alguno, en vísperas de la sentencia del TS donde el Estado se ha de hacer respetar.

No somos una excepción, en Brasil están dejando quemar la Amazonía, mientras el Gobierno y la oposición se lanzan el marrón encima, como si la imagen de unos y otros fuera más importante que la destrucción del mayor pulmón del planeta. El Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE) reconoce que este año los incendios han aumentado un 80% en el Amazonía del Brasil respecto a 2018.

Al menos en España todos estamos convencidos de que nuestros bosques deben ser protegidos. No sólo porque son riqueza, parte imprescindible de nuestra economía, la casa y refugio de la biodiversidad, sino también, y sobre todo porque los árboles son el aliento vital de nuestras vidas, de nuestra alma, la savia que pinta nuestra mirada de paisajes, y la llena de emociones. Quien no haya sentido ese estremecimiento, que cuide un huerto, plante un olivo o contemple cómo el bosque de encinas crece lentamente con su niñez hasta formar parte de sí mismo. Y entonces sentirá el dolor insoportable de verlo arder.

Las civilizaciones más antiguas, en los continentes más poblados, han convertido sus bosques en tierras de labranza. Europa es un ejemplo. La extensión de sus bosques es mínima respecto a las de cultivos. Pero ellos son imprescindibles para generar oxígeno. Ya quedan pocas selvas vírgenes. La Amazonía es una de ellas. El 20% del oxígeno de nuestra atmósfera proviene de ella, pero la tala indiscriminada y permanente y los miles de fuegos de este verano están disminuyendo la herencia que la naturaleza ha preservado para las generaciones futuras. Aquí, más que en cualquier otro detalle, se aprecia la necesidad de un Gobierno mundial y el absurdo de las fronteras. La Tierra es una nave que viaja con toda la Humanidad por un universo infinito sin que nadie pueda elegir destino, ni salir de ella. Conversar, optimizar nuestros recursos es imprescindible, como imprescindible es hacerlo con un plan universal que garantice su éxito.

Vuelvo al principio. Nuestros políticos están enzarzados en cuitas no menos frívolas que las que emiten los programas rosa de televisión. Falsos problemas, lecturas morbosas de lo real. Y mientras tanto, en la Amazonía se quema cada minuto el equivalente a un campo y medio de fútbol de masa forestal con toda su biodiversidad. Se nos está quemando la nave, y los responsables utilizan el fuego para dejar en mal lugar al otro, en lugar de unirse contra él.

El fuego como síntoma de nuestra mediocridad. Y ahora a seguir discutiendo quién salió mejor en la foto de visita a las Canarias.

Coda. Hay ciertas heridas a las que volvemos siempre: El infierno del fuego (2006).

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