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Carmelo Jordá

Al fútbol también le gusta el capitalismo

En Valencia los aficionados al fútbol han descubierto dos leyes básicas del capitalismo.

Carmelo Jordá
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En Valencia los aficionados al fútbol han descubierto dos leyes básicas del capitalismo.

Les voy a confesar una cosa: desde mi más tierna infancia soy seguidor del Valencia C. F. No soy un fanático, ni tampoco un futbolero de esos que se ven el Ghana-Irán de la primera fase del Mundial, simplemente me gusta el fútbol y me gusta que mi equipo gane, cosa que, por cierto, últimamente no ocurre con la frecuencia deseable.

Les cuento esto porque el pasado domingo estuve, por primera vez, en Mestalla. Ya ven: valencianista de toda la vida y nunca había ido al estadio del Valencia, cosas de vivir en Madrid. El partido no era gran cosa y, sobre todo, no se trataba de una competición oficial, pero la experiencia fue muy divertida e interesante. Divertida porque el campo estaba lleno y el ambiente era estupendo: más de 50.000 personas felices con su equipo de fútbol, esperanzadas y contentas de disfrutar con el deporte. Interesante por algunas conclusiones que se pueden extraer de lo que vi y de la trayectoria del club en los últimos años, meses y días.

Me explico: como muchos de ustedes sabrán, el Valencia C. F. lleva en quiebra varias temporadas. Una gestión desastrosa y varias decisiones desafortunadas han llevado a que en la práctica el equipo sea propiedad de uno de sus mayores acreedores: Bankia.

La gestión de los equipos de fútbol en España suele tener, entre otros muchos defectos más delictuosos, una falta total de profesionalidad que ha abocado a muchos, como en el caso del Valencia, a una quiebra segura. La solución para el club de mis amores pasaba por la venta, y desde hace meses se ha elegido a un empresario singapurense, Peter Lim, como el hombre ideal para hacerse cargo del equipo.

Y cuando digo "se ha elegido" me refiero también a la hinchada valencianista, que este domingo gritaba a su favor en el campo y que está deseando que se haga definitivamente con el mando; incluso vi a un chavalín con una camiseta que en lugar de llevar el nombre de un jugador en la espalda llevaba el de Peter Lim.

¿Y por qué los valencianistas quieren entregar su equipo al singapurense? Por una sencilla razón: es un empresario, un profesional de la gestión, alguien capaz de llevar el Valencia como una empresa. Los aficionados que tienen al Valencia como club de sus amores, en suma, están convencidos de que lo mejor que puede pasarle a su equipo es que caiga en las feroces garras del capitalismo en un doble sentido: que sea gestionado como una empresa y que alguien sea su propietario, porque el dueño de algo es quien mejor cuida de ello.

En Valencia, en suma, los aficionados al fútbol han descubierto dos leyes básicas del capitalismo: que las empresas son la mejor herramienta para la gestión y que la propiedad privada es la mejor salvaguarda de cualquier organismo o institución, incluso de aquellos que, como un equipo de fútbol, son parte de un sentimiento común y popular, casi diríamos… público.

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