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Así no

Parece que nadie está pensando en el cambio descomunal que necesita Andalucía, en el cambio igualmente profundo que necesitará España quizá sólo dentro de unos meses

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Contrariamente a lo que les ocurre a muchos compañeros de profesión, desde un punto de vista profesional a mí tanto me da que gobierne un partido u otro: ni con Rajoy, ni con Sánchez ni con ninguno de los que puedan venir tendré acceso a los jugosos puestos de designación directa en los que tantos periodistas súper independientes hacen caja con naturalidad cuando les llega el turno. Ni siquiera estoy en las listas para las tertulias que se reparten y dejan de repartirse en Génova, Ferraz, junto al Puente de Ventas o en la calle Princesa. Ay mísero de mí, ay infelice.

No soy, por tanto, de ningún partido, y cuanto más años llevo en este mundo más desconfianza tengo por los políticos y, sobre todo, por los propios partidos. De hecho, cada vez estoy más convencido de que esa desconfianza debe ser el rasgo principal de un periodista y, si me apuran, de cualquier ciudadano responsable: no fiarse, votar en cada ocasión lo que requiera la coyuntura y casi siempre con la nariz tapada me parece la actitud política más sana. Y como ya he dicho en alguna ocasión: el forofismo para el fútbol y la fe en lo sobrenatural, para las iglesias.

Por eso no logro tragar con la mayor parte de lo que está ocurriendo en Andalucía desde el pasado 2 de diciembre. Creo que el mensaje de las urnas fue muy claro: hay que echar al PSOE corrupto y aliado de los golpistas e impedir que los comunistas bolivarianos lleguen al poder. Para eso los votantes otorgaron una mayoría amplísima –mucho más de lo que podían soñar a priori–, aunque lo hiciesen a tres partidos y no a uno o dos.

A partir de ahí, la obligación –repito: la obligación– de esos tres partidos era entenderse, articular un programa de mínimos basado en unos pocos puntos en común –por ejemplo: bajada de impuestos como forma de reactivar la economía, regeneración democrática y reducción de la monstruosa estructura de la Junta– y dar inicio a una legislatura en la que hay cuatro añazos por delante para que cada uno pueda ir aplicando sus políticas y obteniendo una legítima rentabilidad política por ello.

Pero no están en eso, al contrario: están haciendo de la propia negociación una escenificación partidista en el peor sentido del término. Parece que nadie –aunque creo que es justo decir que el PP sí está dando una imagen algo más madura– está pensando en el cambio descomunal que necesita Andalucía, en el cambio igualmente profundo que necesitará España quizá sólo dentro de unos meses, y que sólo uniendo las fuerzas de tres partidos será posible.

Así no lograrán remontar la extraordinariamente compleja situación que tenemos entre manos, de hecho si siguen así lo más probable es que ni siquiera tengan la oportunidad de hacerlo.

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