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Carmelo Jordá

Se va el malo, se queda el malvado

Todo lo que ha tocado el hoy dimisionario ha quedado a su paso como un erial en el que hubiese pastado el caballo de Atila.

Carmelo Jordá
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Este último gesto de dignidad de Gallardón –tan extraño en este Gobierno de nulidades abrazafarolas y, sobre todo, abrazacarteras– no debe esconder que este martes 23 de septiembre se marcha uno de los políticos más nefastos de la historia de nuestra ya no tan joven democracia.

Supongo que habrá habido otros peores, pero apuesto a que casi ninguno ha acumulado cargos de la importancia de los que ha disfrutado Gallardón en las últimas décadas: presidente de la Comunidad de Madrid, alcalde de la capital de España y ministro de Justicia. Ahí es nada el currículum.

En todos y cada uno de esos cargos Gallardón ha demostrado todo aquello que es reprobable en un político: falta de principios y de escrúpulos, una ambición desmedida y, sobre todo, una incapacidad congénita para gestionar aquello que los ciudadanos –o ahora el presidente– le encomendaban. Todo lo que ha tocado el hoy dimisionario ha quedado a su paso como un erial en el que hubiese pastado el caballo de Atila.

Su última aventura política ha sido el broche de oro para esa carrera de despropósitos: cuando ya parecía que era imposible superar el desastre de sumir a Madrid en la mayor deuda municipal de España –con una proporción de siete a uno respecto al segundo clasificado–, le nombraron ministro y en menos de tres años ha logrado politizar la Justicia más de lo mucho que estaba, cabrear a todos los sectores profesionales, no aprobar ni una ley decente… y hacer el más absoluto de los ridículos con el proyecto que más atención y más interés iba a despertar en la sociedad.

No obstante, ya que sacamos la cuestión del ridículo, ni siquiera Gallardón se merecía la humillación a la que lo ha sometido un Rajoy que ha demostrado, si a alguien le quedaban dudas, un grado de maldad no ya maquiavélica, sino más bien mefistofélica: siempre pensé que la única razón del presidente para incluir a Gallardón en su gabinete era acabar con su carrera política, pero un poco más y acaba con su persona.

Una labor de machaque personal que ha forzado a dimitir al que nunca dimitió, al que nunca se iba a ir y al que ya se había tragado sapos, culebras y hasta cocodrilos. Y encima lo hace, oh manejador magistral de los tiempos, en lo más candente de un reto independentista que el propio Gobierno dice que se debe afrontar desde la Justicia.

En definitiva, Rajoy no sólo ha machacado sin piedad a Gallardón: ha lanzado un aviso a navegantes ministeriales: le dan igual el programa, las promesas o los votantes; aquel que tenga la ocurrencia de empeñarse en cumplir un compromiso electoral se puede ver machacado, humillado y, sobre todo, acabado.

Así se las gastan por Moncloa.

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