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Carmelo Jordá

Verstrynge, el rojo con chalé

Lo que más me gusta de este rojo de chalé no es esa surrealista evolución ideológica, sino la forma alegre y descarada con la que la ha llevado a cabo.

Carmelo Jordá
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Tengo que admitir que preferiría escribir sobre Margaret Thatcher, a quien no le gusta fijarse en la alta política, los ideales y los héroes... Pero en España nos quedan pocas Thatcher, si es que alguna vez hemos tenido alguna –bueno, sí, esa que ustedes y yo estamos pensando, pero sin llegar a ejercer del todo–.

Además, esta columna llegaría un poco tarde, cuando tanto y tan bueno se ha escrito ya en Libertad Digital sobre la Dama de Hierro. Y, sobre todo, en la fauna política patria abundan más otro tipo de especímenes, así que como cronista de la cosa de aquí que soy me veo obligado a dedicarle esta columna a un fenómeno que se nos ha destapado en las últimas semanas, y eso que en su larga carrera venía apuntando maneras.

Me refiero, como ya se imaginarán ustedes, al rojo Verstrynge, un fenómeno de la naturaleza al que el viernes pudimos ver acosando a la mismísima vicepresidenta del Gobierno en la puerta de su casa. Su que en este caso vale para ella y para él: parece ser que este furibundo socialista vive a sólo unos metros de Soraya Sáenz de Santamaría, en un chalecito en la colonia de la Fuente del Berro, barrio obrero donde los haya en el que las viviendas independientes rondan el millón de euros.

Digo que Verstrynge es un fenómeno de la naturaleza porque es el único personaje que conozco capaz de presumir de una trayectoria intelectual completamente a contracorriente de la lógica: los hay que son rojos de jóvenes y no aprovechan toda la vida para salir del error; los hay que van madurando hacia el conservadurismo y, sobre todo, el liberalismo; pero no los había, hasta Verstrynge, que partiendo de un punto a la derecha del Manuel Fraga de los setenta acabasen a la izquierda del Cayo Lara del siglo XXI. Inaudito y, si me permiten el chiste, ilegítimo, ilegal e injusto.

De todas formas, a mí lo que más me gusta de este rojo de chalé no es esa surrealista evolución ideológica, sino la forma alegre y descarada con la que la ha llevado a cabo. Ya tuvo un rasgo de humor al pedir la entrada en el PSOE de Alfonso Guerra –¡él, que era el delfín de Fraga!–, ante el descojone general y, sobre todo, el del propio mihenmano; pero irse de escrache como si fuera un joven perroflauta y en lugar del pantalón de cumbayá y las rastas llevar una chaqueta fina y ese esmerado pelo cano... eso sí que no nos lo esperábamos.

En cualquier caso, el evento en sí poco nos dice de Verstrynge, ya que de donde no hay no se puede sacar, pero es muy revelador sobre la naturaleza del movimiento antidesahucios y toda esa batahola violenta e intimidatoria que lo rodea, capitaneada por una afectada por la hipoteca que nunca ha tenido hipoteca y con cabezas sobresalientes como la del rojo de chalé. Poco más que ruido y furia, y en muchos casos hasta ésta es impostada.

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