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Cristina Losada

El dolor utilizado

El debate sobre la prisión permanente revisable ha sido caliente. No resistieron la tentación de calentarlo quienes repetían que no se podía debatir "en caliente" sobre el asunto

Cristina Losada
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El debate sobre la prisión permanente revisable ha sido caliente. No resistieron la tentación de calentarlo quienes repetían que no se podía debatir "en caliente" sobre el asunto
EFE

El debate del Congreso sobre la derogación de la prisión permanente revisable ha sido caliente. No resistieron la tentación de calentarlo los mismos que repetían que no se podía debatir "en caliente" sobre el asunto, refiriéndose al atroz asesinato del niño Gabriel Cruz. Los de Unidos Podemos calentaron el ambiente con mensajes como el de Alberto Garzón: "Hoy tumbaremos la propuesta del bloque reaccionario, populista y oportunista de PP y Cs sobre la cadena perpetua. Defendemos los derechos humanos del ataque de esta tropa nostálgica del medioevo". Tenía que ser un comunista el que mentase fríamente los derechos humanos. Pero sigo.

El portavoz del PSOE encendió la mecha al decir que "las víctimas no pueden ser utilizadas, señores del PP y de Ciudadanos, ni ellas ni su dolor, y eso es lo que están haciendo". Echó más leña al fuego Margarita Robles al denunciar a ambos partidos "por utilizar el dolor de las víctimas" desde un "cálculo absolutamente electoral". ¡Qué escándalo, señores, aquí se hacen cálculos electorales! Y por terminar esta pequeña muestra de calentones, el PNV, impulsor de la derogación, acusó al portavoz de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, de hacer "demagogia populista de extrema derecha". Mira tú, quién fue a hablar.

Las víctimas, allí presentes, como los padres de Diana Quer y de Marta del Castillo, la madre de Sandra Palo y el padre de la niña Mari Luz, se sintieron especialmente molestas con el diputado socialista que los tomó por títeres que manipulaban a gusto otros partidos. Esas familias han recogido tres millones de firmas para pedir que no se derogue la prisión permanente revisable. Según los partidos de izquierdas y jueces y catedráticos progresistas, eso significa que están por un "populismo punitivo" –recojo el término del portavoz de Jueces y Juezas por la Democracia en una tribuna el mismo día en la prensa–. Y también, como sugería el político que acabó con Izquierda Unida, por una vuelta a tiempos –¿cuáles?– en que cada cual se tomaba la justicia por su mano. Nada de esto es muy respetuoso con el dolor de esas familias, pero así son las cosas.

Las cosas, sin embargo, fueron de otra forma no hace mucho tiempo. Con el dolor, me refiero. Y con las propuestas avaladas por firmas de ciudadanos. ¿O es que ya lo hemos olvidado, gente de Podemos y diputados socialistas? Aquí, durante los años de la crisis –no al principio, que entonces no existía oficialmente, pero sí después– el dolor, el dolor de la gente, el dolor social, fue mantra y justificación de toda clase de agitación política y rampa de lanzamiento electoral. Fue exactamente esa rampa, que construyeron sobre el dolor de los desahuciados, de los parados, de los jóvenes que se tenían que ir de España y de tantos otros perjudicados, la que propulsó a Pablo Iglesias y a Ada Colau, por poner sólo a los más visibles explotadores de la mina del dolor.

Aquellos que calentaban el dolor, que incendiaban con el dolor, hoy nos dicen que seremos bárbaros sin civilizar si no lo enfriamos. Pero cuánto han cambiado las cosas, incluso en la manera de contarlas. Hablo de cuando Colau fue al Congreso de los Diputados en 2013, como jefa de una Plataforma de Afectados por la Hipoteca, con una iniciativa legislativa popular avalada por 1,4 millones de firmas. "Tensión entre dos legitimidades: la que nace de la sociedad, a través de las plataformas, y la que emana de la soberanía popular en las urnas", comenzaba una crónica de la sesión. "Se nota de inmediato el caudal de sufrimiento y conocimiento que Ada Colau ha atesorado durante más de 4 años de lucha en defensa de los desahuciados", decía más adelante. He elegido la menos pasional, la más sobria de las que se publicaron en loor de Colau, la PAH y su iniciativa. Fueron los años de las crónicas del sufrimiento y de las expresiones de dolor más hipócritas que he visto en mi vida.

El dolor prestaba entonces legitimidad a una propuesta avalada por firmas de ciudadanos. Se decía, lo decían dirigentes sociales, que no se podía gobernar "al margen de la ciudadanía", al margen del apoyo que daba la gente a una iniciativa. En el Congreso se debatió la ILP sobre los desahucios en caliente: cuando acababa de suicidarse un matrimonio que estaba a punto de ser desahuciado. Qué diferencia de trato ahora con la petición que promueven esas familias de niños y jóvenes asesinados. Se les dice que están instrumentalizados por partidos. Se viene a decir que desprecian los derechos humanos. Se dice que no pueden tener ningún papel a la hora de definir la política criminal. Se viene a decir que quienes piden que no se derogue la prisión permanente revisable son inhumanos.

Los familiares de las víctimas han sido mucho más respetuosos. Más respetuosos con los partidos que se oponen a su petición de lo que esos partidos lo han sido con ellos. Más respetuosos con el Congreso de lo que fueron otros promotores de peticiones e iniciativas. Al contrario de lo que hicieron los activistas de Colau cuando llevaron allí su ILP, no han gritado ni insultado a nadie, no han llamado a nadie "criminal". Tampoco han usado su dolor para atacar, señalar y avergonzar a los diputados que han ido allí a decir que ese dolor suyo los ha convertido en seres sedientos de venganza. Nada de eso hicieron. Ya sólo por ese motivo, cualquiera que sea la posición que uno defienda, merecían respeto político. Los que no se lo tuvieron no lo merecen.

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