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Cristina Losada

El que gana, pierde

No es un acuerdo en igualdad de condiciones. Es un acuerdo que consagra como perdedor a Pedro y como ganador a Pablo.

Cristina Losada
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No es un acuerdo en igualdad de condiciones. Es un acuerdo que consagra como perdedor a Pedro y como ganador a Pablo.
EFE

Pedro Sánchez salió derrotado a anunciar su victoria en la noche electoral. Irritado, trató de hacer callar a los simpatizantes que exclamaban "¡Con Casado, no!", "¡Con Iglesias, sí!". Dijo que el proyecto era formar un Gobierno estable. Prometió que esta vez, sí o sí, iba a haber un Gobierno progresista. Y llamó a desbloquear la situación a todos los partidos políticos, salvo a los que siembran, dijo, un discurso del odio. Eran las doce de la noche. Lo único claro de la breve comparecencia del ganador era lo sombrío de su abatimiento. Llevaba marcada la derrota desde días antes. La entrevista en la que metió la pata sobre el papel de la Fiscalía fue un indicio más. Los sondeos ya daban la alarma. Durante el verano se había producido un franco descenso. Una semana de octubre, con la insurrección separatista quemando la calle, terminó de ventilar la cuestión. Sic transit. La misma noche electoral, en el cuartel general de Podemos, el tono fue abiertamente lúgubre. Había que dar cuenta de otro bajón. Sin errejonazo, pero bajón.

Menos de cuarenta y ocho horas después de aquellas escenas, sin embargo, los dos deprimidos protagonistas –y antagonistas circunstanciales– se fundían en un abrazo y anunciaban un acuerdo para un Gobierno de té y simpatía progresista. El proceso que llevó a Sánchez a echarse en brazos de Iglesias, y a darle, ahora sí, el Gobierno de coalición y el cargo de vicepresidente que quería, fue de una rapidez extraordinaria. Sorprendente. Sospechosa, incluso. No es usual pasar de la languidez postelectoral a la euforia de recién coaligados en tan poco tiempo. Pero había un poderoso acelerante: la derrota.

El abrazo no es el resultado de una jugada maestra de los socialistas, trazada y llevada a cabo con superior inteligencia estratégica. Es la consecuencia directa del fracaso de la jugada maestra que armó el PSOE en torno a la repetición electoral. Es el abrazo de las expectativas frustradas.

Las expectativas socialistas se habían alimentado de quimeras. Como la de hacerse con parte del voto de Ciudadanos. De ahí, por ejemplo, el anuncio en el debate de una reforma del Código Penal para tipificar la convocatoria de referéndums como el separatista de octubre de 2017. De ahí gestos de aparente dureza hacia el independentismo durante los disturbios. No es que descuidaran el flanco izquierdo, al que ofrecieron el gran espectáculo de la exhumación. Pero los gurús del PSOE habían detectado que crecer por la izquierda, a costa de Podemos, había llegado a su límite, mientras que estaba ahí, como un bocado apetitoso, sin dueño, el montón de indecisos que desprendía la base electoral de Rivera. ¿Por qué no? Pues resultó que no. Que ese bocado no era para los socialistas, no de forma relevante. En el centro, ese concepto discutido y discutible, ya no se coge la papeleta socialista.

De los bandazos de Rivera se ha hecho literatura de terror, pero los de Sánchez son terroríficos. En 2016, cuando el pacto que los dos firmaron delante del cuadro El abrazo, de Genovés, el socialista decía pestes de Podemos. Meses después, hizo público arrepentimiento de su rechazo a los podemitas y estaba dispuesto a todo con ellos. Nuevo giro copernicano tras las elecciones de abril, cuando la idea de que hubiera ministros de Podemos le quitaba el sueño. Y, al fin, el bandazo último, que no definitivo, del acuerdo y el abrazo con Iglesias como colega de toda la vida. Dos abrazos, por tanto, en la trayectoria: uno representaba la reconciliación de la Transición y otro lo contrario. Y dos acuerdos: uno con el centro liberal y otro con el populismo de raíz comunista.

No es un acuerdo en igualdad de condiciones. Es un acuerdo que consagra como perdedor a Pedro y como ganador a Pablo. El que se esforzaba en transmitir su victoria la noche electoral sale perdiendo, y el que no podía disimular su decepción la misma noche sale ganando. Porque las razones que tenía Sánchez para no meter en el Gobierno a Iglesias y a Podemos siguen intactas. han cambiado. No ha cambiado el proyecto político de Iglesias, donde el PSOE sólo es el que abre la puerta. O la caja de Pandora. Es más: lo saben y, creyendo que podrán controlarlo, se engañan. Y, total, todo esto nada más que para conseguir el aplauso de los restos de la Ceja. Bueno, y para ser, nominalmente, presidente.

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