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Cristina Losada

El que se mueva no sale en la cuota

Es notorio, y ni Guerra lo puede desconocer, que el rechazo y el desprecio hacia valores como el mérito y la capacidad han formado parte integral de la filosofía de su partido socialista.

Cristina Losada
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Preguntado sobre el relevo, Alfonso Guerra disparó contra varios muñecos de feria que han sido los iconos de su partido en la era de Zapatero. No es bueno, dijo, eso de "jovencitos al poder y las mujeres primero" ni tampoco elegir a los equipos por cuotas de territorio, edad y sexo. Más aún, se pronunció por seleccionar a los mejores en función de su competencia, tal y como si hubiera experimentado una súbita conversión ideológica. Porque es notorio, y ni Guerra lo puede desconocer, que el rechazo y el desprecio hacia valores como el mérito y la capacidad han formado parte integral de la filosofía  de su partido socialista. No solo en materias internas, como la promoción de dirigentes, que eso, al cabo, es lo de menos, sino en asuntos de mayor trascendencia. Y ello era así también cuando el propio Guerra estaba en el calendabro y en su apoteosis.

Por si le sirve de recordatorio, fue en la enseñanza, y desde sus primeros gobiernos, donde con más devastadores efectos enviaron al desván de la Historia los criterios tradicionales que premiaban el trabajo y el esfuerzo. Metieron a ambos, y a alguno más, en el coche celular de la reacción y reemplazaron el principio de igualdad de oportunidades por la noción de la igualdad de resultados. Con tal éxito, que unas décadas después de la Logse, es un hecho medido y reconocido la gran igualdad en la ignorancia de los escolares. ¿Mérito y excelencia? ¡Puaf! Valores conservadores y antiigualitarios. En la enseñanza y en todo. Sabiéndolo o no, quién sabe, abrazaron un concepto de la igualdad surgido del radicalismo americano de los sesenta, que prescribía, como apuntó Norman Podhoretz, que nadie debía de perder. Buenísima intención, en apariencia, de la que resulta que todos acaban perdedores.

Del mismo palo radical, distinto al de la vieja socialdemocracia, salió el artificio de las cuotas, otra perversión de la igualdad. Lo aplicó Zapatero a las mujeres, estableciendo así su dependencia, toda vez que la cuota proclama que una mujer no puede alcanzar sola sus objetivos, sino únicamente con la ayuda del gobierno. No puso Guerra, que se sepa, objeción alguna a ese invento ni a otros. Y por idéntica razón a la que él expuso en su día muy gráficamente. Porque en su tiempo, el que se movía no salía en la foto, y en el de Zapatero, el que se movía no salía en la cuota. A buenas horas.

Tertuliana de Es la Noche de Dieter.

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