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ETA, separatista

La descripción de ETA como "grupo separatista" en la prensa internacional, por criticable que sea, tiene una virtud.

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Carteles de terroristas presos y una ikurriña en una calle del País Vasco | Cordon Press

Fue así durante muchos años y ha vuelto a ocurrir. La descripción en la prensa extranjera de la organización terrorista ETA como "grupo separatista vasco" ha aparecido de nuevo en titulares. Era a raíz del anuncio de disolución y del teatrillo de mediadores internacionales –¿mediadores?– y palanganeros del país, que oficiaron de voluntarios ayudantes en el blanqueo y justificación de la banda. Tal vez por ello, más que en otras ocasiones, aquellos titulares causaban enojo y malestar. ¿También esa prensa, después de lo que ha llovido, al cabo de tantos asesinatos y atentados, sigue empeñada en restarle gravedad a la historia criminal de la organización? Al evitar calificarla de terrorista, ¿no está suavizando y edulcorando a la banda?

Las reticencias de importantes medios de comunicación hacia el uso del término terrorista vienen de lejos. Esa reserva suele atribuirse a aquello de que "el que para unos es terrorista, para otros es un luchador por la libertad". A la idea de que el término lleva una carga emocional y no es suficientemente objetivo. O a la dificultad de concordar en una definición del terrorismo, que ha ido cambiando, igual que el propio terrorismo. Como dice Walter Laqueur en su Historia del terrorismo, "ninguna [definición] tiene la posibilidad de abarcar todas las variedades de terrorismo que han aparecido a lo largo de la historia". Pero en la resistencia a calificar de terrorista a la ETA en medios internacionales muchos españoles han visto –y yo también– una tendencia a atenuar el carácter criminal de la organización. Una preferencia por resaltar sus fines políticos, el separatismo, y por difuminar sus medios, el terror. Y una aceptación de parte de la propaganda etarra.

Todo tiene, sin embargo, una vuelta más. Centrados nosotros en destacar el terrorismo de ETA, sus asesinatos, sus atentados, sus extorsiones, sus amenazas, su intimidación y todo el daño irreparable que ha causado, hemos relegado a un segundo plano los fines: los objetivos políticos por los que mató. No los hemos relegado totalmente, porque todos sabemos cuáles son. Pero nuestra atención se ha dirigido a los medios y no a los fines. El discurso y el relato, como decimos ahora, los hemos centrado en el terror y no en su causa política. Se ha dado por sentado incluso que el hecho de tener una causa política amortiguaba la dureza del terror. Como si lo político y lo ideológico fueran atenuantes del terrorismo. Cuando es al revés. No es ningún atenuante, sino en todo caso un agravante. Uno que va implícito en el terrorismo político.

Al no poner en el mismo plano medios y fines, como deberían ponerse, lo que puede ocurrir es que los fines se vayan de rositas. Lo que puede pasar es que el rechazo que provoca el terrorismo y su deslegitimación no alcancen de ningún modo a las ideas y objetivos políticos por los que los terroristas mataron tanto. ¿No ha sucedido exactamente eso aquí? El separatismo, que es la causa por la que ETA ha matado, y el nacionalismo vasco, que ha sido su ideología fundamental –y fundamentalista–, ¿no han salido prácticamente indemnes, como si nada hubieran tenido que ver en la génesis y el desarrollo de la violencia terrorista? De eso hablo cuando hablo de irse de rositas. No es que el nacionalismo y el separatismo conduzcan necesariamente al terrorismo. Eso es evidente. La cuestión es que ETA surgió en un marco ideológico determinado y para unos fines políticos concretos, y que esa vinculación no se puede obviar, pero con frecuencia se obvia.

En el importante libro Pardines. Cuando ETA empezó a matar, coordinado por Gaizka Fernández Soldevilla y Florencio Domínguez Iribarren, que acaba de publicarse, hay un último capítulo dedicado a la responsabilidad del nacionalismo vasco en el surgimiento de la organización terrorista. El abogado José María Ruiz Soroa sostiene ahí que esa responsabilidad existe. No que el nacionalismo vasco sea el responsable, el único, pero sí que hay una responsabilidad. No asumida, por cierto. Y una de las más interesantes pruebas de esa responsabilidad la encuentra en las explicaciones que dan los nacionalistas de la violencia terrorista etarra.

En la visión nacionalista, expone Soroa, la ETA es la consecuencia predecible de un conflicto histórico de larga duración en el que España ha oprimido a la nación vasca, imponiendo por la violencia su afán exterminador de una identidad distinta. Así, en ese continuum de violencia, la de ETA era poco menos que inevitable o, más sibilinamente, un síntoma de un conflicto más hondo y perdurable. De hecho, esa falsedad histórica, ese canon, como dice Soroa, es el que ha mantenido, sin revisión alguna, el nacionalismo vasco al tiempo que hacía una política posibilista. Pero para los que lo creyeron verdadero, para unos militantes nacionalistas de los años sesenta "que creyesen firme y emocionalmente en ese canon, este solo era motivo más que suficiente para tomar las armas". De modo que, concluye Soroa,

si el relato nacionalista del pasado pretende explicar hoy la violencia de ETA es porque ese mismo relato fue capaz de generarla.

El terror de ETA no estuvo determinado más que por la voluntad de quienes empezaron a matar y aquellos que les sucedieron. Ellos cargan con esa responsabilidad histórica. Pero a menos que se desdeñe el poder de las ideas, a menos que se quiera despojar de todo signo político al terrorismo político, no se puede negar el hecho de que la violencia etarra surgió dentro de un ideario y un relato nacionalistas. Y, acto seguido, hay que consignar que de aquel parentesco no se han derivado consecuencias: ni para el ideario ni para el relato. Al punto de que los elementos del canon que inspiraron la violencia terrorista los puede hoy mantener el nacionalismo vasco en su discurso sin cambio alguno.

A la vista de todo esto, hay que decir que la descripción de ETA como "grupo separatista" en la prensa internacional, por criticable que sea, tiene una virtud. Pone en primer plano aquello que tantas veces se queda en la penumbra: la filiación política de la organización terrorista.

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