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Cristina Losada

La eclosión de los violentos

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Hace más de un año se me ocurrió discrepar en voz alta de lo que vociferaban unos estudiantes que protestaban contra la LOU. Se quedaron un poco atónitos de que alguien se saliera del guión y durante unos largos segundos me miraron como si acabara de bajar de un platillo volante. Entonces, uno de ellos tuvo una iluminación, abrió la boca y gritó: ¡Facha! Y allá se lanzaron los demás por el tobogán de la consigna, jubilosos de haber resuelto tan felizmente la contrariedad y ahogado a gritos la incertidumbre. Nadie quiso escuchar ni se animó a discutir. Donde basta la consigna, que es un gran silenciador de las mentes, sobran los argumentos.

Se equivocan los que creen que sólo los ministros y los dirigentes son privados de la palabra por los agresivos “anti”, una especie en eclosión. Si no hay más incidentes en el día a día es porque los que no están de acuerdo con esa minoría callan y rehuyen la bronca: porque renuncian a su derecho de expresión. Y entre sus –nuestras– claudicaciones hay que contar la aceptación de la presión propagandística en centros públicos: los carteles contra la guerra, añadidos en Galicia a los de “Nunca máis”, que tapizan escuelas, institutos, hospitales, bibliotecas, etcétera, en una muestra de falta de respeto a los ciudadanos de opinión distinta que acuden a esos lugares –públicos, repito– y a quienes seguro que se les impediría colocar allí carteles de Eta no o Sadam asesino. Aunque no se trata de eso, pues no queremos vivir agobiados por la propaganda política, rasgo común a los regímenes totalitarios con los que tan emparentados están los de la agit-prop, habrá que exigirlo para defender la libertad frente a las coacciones: ya sabemos a dónde lleva callarse.

También se equivocan quienes prefieren ver diferencias y no similitudes entre los matones independentistas de la Universidad de Barcelona que impidieron hablar a Savater y lograron que se proscribiera a Gotzone Mora y los antiguerra violentos –esquizofrenia galopante y preocupante– que en Madrid reventaron un acto público de Gallardón. Las dos pandillas hicieron lo mismo: privar de la posibilidad de expresarse a quienes piensan de forma distinta a ellos. Y el camino que empieza por silenciar la palabra del “otro” termina en la justificación del silenciamiento definitivo. Se le niega la palabra al adversario porque se le ha convertido en enemigo, perversión legitimadora del asesinato que practican desde hace décadas los terroristas y sus compinches en el País Vasco (veáse Vocabulario democrático del lenguaje político vasco, p.18).

Esos actos y otros del mismo cariz, como el asalto a la sede del PP en Getafe o a la de Falange en Vigo –¿qué pasaría si se tomaran la revancha?– no son meros incidentes, desagradables pero pasajeros. Son síntomas de una enfermedad: la incapacidad para aceptar el pluralismo, un mal que los nacionalistas llevan en la sangre y la izquierda española en su tradición. Y que le rebrota con virulencia cuando la lejanía del poder le altera las hormonas.

Las minorías agresivas se crecen cuando se sienten legitimadas o protegidas, y que la izquierda parlamentaria se haya inclinado por la manifestación, la consigna y el grito, les abre un paraguas. Si quienes deben conocer mejor que nadie las reglas del juego democrático hacen del Congreso un manifestódromo –¿tan poco creen en el valor de sus argumentos?– y proclaman la legitimidad de la calle frente a la de las urnas, si reputados juristas dicen que puede juzgarse a Aznar por crímenes de guerra, ¿qué no dirán y harán unos jóvenes criados en un sistema educativo que no les enseña ni a pensar ni a ser responsables de sus actos? ¿Y qué harán los que hoy están siendo adoctrinados por profesores cuyo fanatismo ideológico les permite manipular a los alumnos con la conciencia tranquila? ¡Que le llaman educar en la paz a incitar a los más pequeños a dibujar a Bush o Aznar comiendo niños o les hacen votar sobre si están de acuerdo con “la masacre del pueblo iraquí”!

En 1968, Theodor Roszak, en su famoso ensayo “El nacimiento de una contracultura”, se felicitaba de que los neoizquierdistas de entonces hubieran mostrado “un precoz y sabio temor a utilizar la violencia contra otros”, pero detectaba “un desplazamiento ideológico hacia la violencia abierta”, lo cual era “particularmente cierto entre los jóvenes europeos, que presentan una inclinación al parecer invencible a identificarse con ideas estereotipadas sobre la revolución”. La irresistible propensión a imponerse por la violencia se ha vuelto hoy el más genuino rasgo de los movimientos y grupos “anti”: ya no hay nada que construir, basta con destruir. Lo irracional, los instintos, el puro activismo, que nutrieron al fascismo en sus albores, ahora sirven al vientre de una nueva-vieja izquierda que despliega su poder de coacción bajo la complaciente mirada de quienes, como el PSOE, creen poder usarlo en su beneficio.

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