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Cristina Losada

La hoguera tras el naufragio

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Hace un año me puse a leer sobre accidentes de petroleros y descubrí algo previsible: no teníamos la exclusiva de las fatalidades y los errores. Había casos espeluznantes en otros países. Los había incluso en los USA, y aún después del Exxon Valdez, contra lo que dijeron algunos periodistas y ecologistas que, de pronto, archivaron sus condenas al imperio del capitalismo salvaje para ponerlo como ejemplo de firmeza contra los vertidos. Como tantas cosas de las que se dijeron durante la crisis del Prestige, aquella era incierta. Había un caso especialmente llamativo, ocurrido en 1999, en el cual las autoridades norteamericanas habían necesitado más de un mes, y el bombardeo desde un buque de guerra y el torpedo de un submarino nuclear, para resolver un naufragio que causaba un vertido en la costa de Oregón. Eso y mucho más había pasado, como suele ocurrir cuando hay grandes accidentes.
 
Lo que no había ocurrido en ninguna parte era que los afectados por un desastre así hubieran empezado por pelearse con los bomberos que, mal que bien, trataban de apagar el incendio. Oriana Fallaci cuenta, en La rabia y el orgullo, que le asombraron la unidad, la determinación y la moral de trabajo de los americanos ante los atentados terroristas del 11-S. En Europa, decía, la oposición le hubiera echado la culpa al gobierno y el gobierno a la oposición y se hubiera armado la de San Quintín. Galicia, en ese sentido, era europea. España también. Cuando el fuel llegó a la costa, el 16 de noviembre, parte de la sociedad sufrió un ataque de nervios.
 
Los partidos de la oposición, para quienes era más importante acabar con el dominio del PP en Galicia que Galicia misma, y unos medios de comunicación interesados en explotar el filón del sensacionalismo, estimularon una histeria colectiva, que los gobiernos fueron incapaces de calmar. Se abrió un proceso de movilización permanente, liderado por los nacionalistas gallegos, que creó un fermento para la violencia. Miles de personas, sobre todo, jóvenes, salieron a la caza y captura de los culpables, que para ellos no eran los propietarios del petrolero-basura, sino los gobernantes del PP, y tras los gobernantes, sus votantes. La Administración tuvo que batallar en dos frentes. La sociedad se fracturó. Una parte trabajó y calló, y hasta se replegó, asustada. El escenario público fue ocupado por los que querían encender las hogueras. La crítica legítima y fundada a las actuaciones del gobierno, quedó sepultada bajo el afán de linchamiento.
 
Para colmo, presentaron aquel delirio como un signo de “modernidad”. Galicia ha despertado de su sueño, proclamaban los señoritos de Nunca máis, que no se han querido enterar de que nunca ha estado dormida, esperándoles. Pero además, aquello no era despertar, sino sumirse en una embriaguez que permitía satisfacer de forma primitiva y básica la necesidad de encontrar culpables. Lo que revelaba la reacción descabellada de una parte de la sociedad gallega era la pervivencia en ella de rasgos pre-modernos. En el fondo, esas personas no aceptaban la catástrofe: aquello no podía haber ocurrido y si había ocurrido era porque el Estado omnipotente y protector, había fallado. Y se dio la paradoja de que algunos de los que se ponían el mono blanco distribuido por el Estado y que trabajaban en colaboración con los técnicos del Estado, clamaran que el Estado estaba ausente.
 
Galicia no se hundió, no hubo crisis económica, nadie tuvo que hacer las maletas y la recuperación del litoral ha sido extraordinaria. No les ha debido gustar esto a los que viven en una Galicia que ya no existe, la de la negra sombra, las plañideras y el subdesarrollo, y en el primer aniversario nos han servido una nueva ración de catastrofismo. Su deseo de teñir de negro la realidad les posee de tal modo, que no dudan en perjudicar a los que dicen defender. La guinda de este despropósito: que la plataforma Nunca máis se haya ajuntado a los mafiosos del petrolero en su querella contra el Estado español.

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