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Cristina Losada

La paranoia con Aznar

Y que es preciso emborronar el cuadro de resultados del anterior gobierno con brochazos que lo hagan repulsivo

Cristina Losada
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Los espías de Moratinos no harían carrera en ninguna agencia seria dedicada a esas labores. La carta del conde de Casa Miranda a su jefe, refiriéndole las conversaciones que tuvo con Aznar y su party en Londres, no revelaba nada que no pudiera saber cualquiera, salvo un detalle: la ignorancia del propio embajador. Se desconoce, de momento, el contenido de la misiva del cónsul de Miami, y es de esperar, por el prestigio del cuerpo diplomático, que contenga algún material más sólido, que haga a esa correspondencia merecedora de que se despache como urgente y secreta. Aunque a la luz de lo ocurrido con el asalto al consulado español en Berna, que el ministro dio por concluido horas antes de que entrara allí la policía, lo que se consolida es la impresión de incompetencia.
 
Visto lo visto, Aznar tiene poco de qué preocuparse. Los que, en cambio, tenemos motivo para ello somos los ciudadanos que les pagamos el sueldo al ministro y a los diplomáticos para que hagan su trabajo, no para dedicar sus energías al cotilleo. Aunque lo más preocupante es que un gobierno, que tan poco y mal se ocupa de defender los intereses del país por el mundo adelante, tenga entre sus prioridades la búsqueda de alguna palabra, o algún acto de Aznar, que pueda convertir en trapo sucio para sacárselo a él, y, sobre todo, a lo que representa. Y es ahí donde reside la clave de esta paranoia con Aznar que sufre el socialismo gobernante.
 
Los síntomas de la enfermedad ya se habían hecho visibles antes: cuando difundieron que Aznar había utilizado los servicios de un lobby para obtener una medalla del Congreso norteamericano, y cuando el propio Moratinos acusó al ex presidente de haber apoyado el golpe contra Chávez. Se trataba, en un caso, de tergiversación y, en el otro, de falsedad pura y dura. Pero para los efectos del enfermo, cumplieron su función, que no era otra que oscurecer y manchar, ante la opinión pública, la honradez y la integridad democrática de sus adversarios políticos.
 
Tal es la obsesión, que se diría que Rodríguez se ha puesto ante un espejo de La Moncloa para preguntarse no qué tenía Aznar que no tenga él, pues a estas alturas el presidente se cree el elegido de los dioses y no condescendería a compararse con quien fue llamado “asesino” por sus cohortes, sino ¿qué no voy a tener yo que tenía Aznar? Y sería una pregunta muy pertinente cuando aparecen indicios de que la prosperidad, la estabilidad y la seguridad del período anterior, ya se tambalean por efecto de los zarandeos y tirones que les está metiendo su errática política.
 
Una pregunta que abre un dilema que un gobierno sin estrategia ni táctica en los asuntos de interés general, pero ducho en oportunismo, resolvería diciendo que lo que conviene es que nadie se la haga, la pregunta. Que hay que evitar que puedan hacerse comparaciones, más que nunca odiosas. Y que es preciso emborronar el cuadro de resultados del anterior gobierno con brochazos que lo hagan repulsivo. Un Aznar que utiliza el erario en su provecho, un Aznar golpista, un Aznar desleal o uno del que se pidiera su procesamiento por la guerra de Irak, suministrarían la pintura para la labor. Ahora que, si ello depende de agentes del tenor de Anacleto, Mortadelo y Filemón, y Fernández y Fernández, no lo van a tener fácil. Y mejor que así sea, que el caso de paranoia con un adversario político más conocido de la historia contemporánea, terminó de un modo espantoso. Aquellos sí fueron eficaces.

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