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Cristina Losada

Los goles de la globalización

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Nada más globalizado que los tópicos sobre la globalización. Circulan por todas partes y se aceptan sin comprobaciones. Como una moneda falsa bien lograda, dan el pego. Pero no deben su éxito a una buena factura, que no tienen, sino a su enorme difusión. La cantidad sustituye a la calidad y lo falso se constituye en verdadero, como dejó dicho Herr Goebbels. Dado el monto de horas de tele y radio y de artículos, libros y prédicas que transmiten ideas fuleras sobre el asunto, lo difícil es no repetirlas en las charlas de café, o en los pregones de las fiestas, si a uno le toca pronunciarlos.

Así lo hizo el futbolista Everton Giovanella en las recientes fiestas de la Coca en Redondela, villa próxima a Vigo, al instar al público a conservar su cultura y sus tradiciones porque ello “es la mejor defensa para que la globalización no os meta goles y perdáis vuestra singularidad de gallegos”. Viniendo de un profesional de uno de los sectores más globalizados, eso se llama, creo, meter goles en la portería propia. Si en el fútbol imperara el localismo y no existiera un público y por ende un mercado global para él, Giovanella no estaría en el Celta ni cobraría su sueldo. Es más, el jugador brasileño es un vivo ejemplo de esa mezcla de culturas y razas que, bajo la etiqueta de “mestizaje”, despierta arrobados entusiasmos y bajo la de globalización cultural, rechazo total.

Los predicadores anti-globalización sí que meten goles. Han convencido a ese gran futbolista y a otra mucha humanidad de que se está consumando un Apocalipsis cultural y está emergiendo un mundo monstruosamente uniforme y hortera, una Disneylandia metastática, en la expresión del sociólogo Peter L. Berger. La realidad, rebelde ella, es un pelín más compleja; y así lo muestran las investigaciones realizadas bajo la dirección de Berger y Samuel Huntington en una decena de países, recogidas en Globalizaciones múltiples. La diversidad cultural en el mundo contemporáneo (Paidós, 2002).

La globalización cultural no es un fenómeno unidireccional. No sólo emiten cultura los EEUU. Ellos mismos son importadores netos de productos y servicios culturales, como señala Fernando Serra en La Globalización (FAES, 2002). La cultura New Age, diversos grupos religiosos asiáticos o la cultura empresarial japonesa, son ejemplos de movimientos culturales que se originan fuera de Occidente e influyen significativamente en él. Además, los elementos de la cultura occidental se modifican cuando se adoptan y lo que suele producirse es una “hibridación”, una síntesis de lo foráneo y lo nativo. Japón fue pionero en esto, pero hoy está más acompañado. Es el caso de la India, donde los ingenieros de software de Bangalore enguirnaldan sus ordenadores en las ceremonias hindúes. O de la cultura de los negocios china, combinación de las modernas técnicas empresariales y la tradición confuciana.

Estas mixturas que a algunos nos parecen tan interesantes, para otros son señales de la corrupción de la pureza original de unas culturas destinadas a perecer. Pero, ojo, porque ese modo de pensar, ese miedo y rechazo a la globalización, no han surgido de las culturas supuestamente sometidas a la tabula rasa americana, sino de las élites intelectuales occidentales. Y es sobre todo la intelligentsia americana, dice Berger, la que transmite al mundo a través de fundaciones, redes académicas, ONG y organizaciones mil, la cultura de faculty club, que aquí llamaríamos quizá “cultura progre”, de la que forma parte el discurso de la “globalización alternativa”.

Esa élite lucha, al igual que la de los negocios –con su “cultura de Davos” (Huntington)– por la creación de mercados en todo el mundo, pero lo que vende es ideología: ecologismo, feminismo, derechos humanos, multiculturalismo. Y su influencia en el mundo no occidental produce en ocasiones absurdos como la ley anti-tabaco de Sudáfrica, promulgada con orgullo por el gobierno post-apartheid como la más restrictiva del mundo, es un país donde la prioridad sanitaria evidente era la lucha contra el Sida.

De esas dos élites, que viven de modo muy similar, la intelectual es más puramente occidental y americana que la empresarial. “Cuando se utiliza el término imperialismo cultural resulta probablemente más aplicable a la East 43rd Street, donde se ubica la impresionante sede de la Fundación Ford, que a los bastiones empresariales de Wall Street y Madison Avenue”, dice Berger. Porque los centros “metropolitanos” de la cultura global de los negocios ya no son exclusivamente occidentales: ahí están Tokio, Hong Kong, Singapur y en camino, Shanghai y Bombay.

Si es indudable que la cultura global emergente tiene un fuerte sabor norteamericano, también debería serlo que la difusión de valores occidentales como los derechos humanos y las libertades individuales –la singularidad del individuo frente a la singularidad étnica que valora Giovanella–, o la protección de la naturaleza y de los animales, redunda en más beneficios que perjuicios. Y que la globalización trae consigo más pluralismo y mayor libertad, que no son malos goles.

En fin, si yo puedo hacerme Hare Krishna, comer sushi, peinarme a lo rastafari y practicar aikido, no veo argumento alguno para negarle a un japonés, a un filipino o a quien sea la posibilidad de hacerse de la NBA, del Madrid y del Celta, de jugar al golf y de comer una hamburguesa o un lacón con grelos, si se atreve. Como escribe Berger: “La idea de que se está produciendo una homogeneización global ciega infravalora (…) la capacidad que tenemos los seres humanos de ser creativos e innovadores cuando nos vemos confrontados con desafíos culturales”. No hay que ponerle al campo más de dos puertas.


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