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Cristina Losada

Moralina progresista

El diario 'El País' titulaba: "Wert defiende los colegios sexistas". Ya está listo para sentencia. Mentados el sexismo, la discriminación y la segregación, el asunto –y el ministro- quedan encerrados en la sucia y tenebrosa celda reaccionaria.

Cristina Losada
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Las "pequeñas y malolientes ortodoxias", Orwell dixit, han caído sobre el ministro Wert por discrepar de una sentencia del Supremo que avala la retirada del concierto a centros que imparten educación diferenciada: sólo chicos o sólo chicas. En lugar de un debate sobre las ventajas o desventajas pedagógicas del sistema, tenemos un proceso de demonización por la vía, tan orwelliana, del lenguaje. El diario El País titulaba: "Wert defiende los colegios sexistas". Ya está listo para sentencia. Mentados el sexismo, la discriminación y la segregación, el asunto y el ministro quedan encerrados en la sucia y tenebrosa celda reaccionaria. Bien es verdad que estarán allí en curiosa compañía. Por citar un caso: cuando era senadora, Hillary Clinton impulsó una ley destinada a facilitar la educación single-sex en las escuelas públicas. El Supremo estadounidense sentenció que la opción era constitucional en el sector público siempre que se ofrecieran cursos y servicios equiparables para ambos sexos. Suena razonable.

La cuestión de interés, la que impide abordar el maniqueísmo "Progreso versus Reacción", es si la educación diferenciada redunda en mejores resultados para los alumnos. Los detractores alegan que no se han demostrado los beneficios y sí que fomenta las actitudes sexistas. Si las clases de sólo chicas o chicos producen sexismo, el buen progresista tendrá que explicar cómo las familias de un solo sexo se libran de generar predisposición tan lamentable. A fin de cuentas, la familia influye en la formación tanto o más que la escuela. Por qué privar ahí a los niños de la beneficiosa pluralidad en materia de sexos. De hecho, por esos derroteros van los oponentes de la adopción por parejas homosexuales. Pero se trata de una contradicción que han de resolver los progres por sí mismos. Yo me limitaré a señalar que en caso de que fuera discriminatoria y nefasta cualquier separación por sexos, tendríamos un problema. No sólo en los deportes, ¡quia!, también, que es más grave, en los aseos en lugares públicos.

El catedrático Francesc de Carreras escribía hace unos años en La Vanguardia que la enseñanza diferenciada tiene adeptos entre socialdemócratas y feministas en varios países europeos. Nuestros socialistas claman que separar a chicos y chicas en las aulas es un retroceso, pero quizá son ellos los que se han quedado atrás de las nuevas tendencias. En la lógica del feminismo radical –el que decía profesar el anterior presidente– cuadra bien la segregación: fuera los hombres. Pero, ay, los colegios españoles afectados son del Opus. Y los del Opus, según los guardianes del dogma, no separan por razones pedagógicas, sino morales. Igual, entonces, que los que defienden los colegios mixtos no por sus virtudes pedagógicas, sino por antisexistas. Vaya coincidencia.

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