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Cristina Losada

Podemos jugar otra vez al 'Grexit'

La posición de Syriza, como la de Podemos, es: euro sí, pero hacer frente a las obligaciones que comporta no.

Cristina Losada
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La posición de Syriza, como la de Podemos, es: euro sí, pero hacer frente a las obligaciones que comporta no.

El posible adelanto de las elecciones generales en Grecia con el pronóstico de una victoria de la coalición de izquierda radical Syriza ha traído algo más que el déjà vu del pánico en los mercados y el contagio a otros eslabones débiles de la eurozona. Un pánico al que contribuyó, por cierto, el propio partido de Alexis Tsipras cuando hace un par de semanas envió a Londres a sus dirigentes para hablar con bancos e inversores. El propósito de Syriza era tranquilizarlos, pero lo que consiguió con su presentación fue ponerlos nerviosos. Porque no sólo suscitó dudas el programa económico allí expuesto. Inquietó que sus representantes indicaran que en la eventualidad de que la troika no estuviera de acuerdo con la posición de Syriza, ésta no haría cesiones.

No a la transacción, en una palabra. O lo que yo digo, o nada. ¿Y qué es "nada"? ¿Repudiar la deuda y salir del euro? Esto apunta, quizás, a una argucia negociadora que ya asomó en el punto álgido de la crisis, cuando se acuñó el término Grexit. Entonces, Tsipras dio a entender que si llegaba al gobierno, porque las encuestas también lo pronosticaban, pondría a la UE y a la eurozona ante el dilema de aceptar sus condiciones o mandar la deuda al diablo, con el probable resultado de que Grecia saliera del euro, la moneda única saltara por los aires y el desastre salpicara a todos los implicados. Era una modalidad del juego del gallina.

Syriza, de modo similar a su consorte español Podemos, no quiere asustar a sus potenciales votantes, de manera que se cuida de plantear la salida del euro. Su posición es, por así decir, la de comerse el pastel y tenerlo: euro sí, pero hacer frente a las obligaciones que comporta no. Euro sí, porque el electorado no aceptaría la salida, y obligaciones no, porque el electorado no quiere soportarlas: son demasiado gravosas.

Bien mirado, lo de Syriza y compañía representa el nuevo tipo de euroescepticismo que ha fraguado con la crisis. Hace unos años, la corriente euroescéptica era una excentricidad británica, pero una que no se andaba con melindres ni máscaras: estaban en contra de la UE y lo decían a las claras. Los nuevos euroescépticos, en cambio, no rechazan el proyecto europeo de forma abierta. Lo hacen de modo encubierto. Son partidarios de tener las ventajas que entraña estar en el club, pero rechazan sus costes, es decir, no están por cumplir las normas que resultan de la transacción entre los miembros.

Sólo en el reino de la fantasía se le conceden de vez en cuando al mortal todos sus deseos. Mejor dicho, sólo en el reino de la fantasía y en el de la política fantástica, donde hay partidos que nutren su popularidad ofreciendo cosas que saben imposibles de tener al mismo tiempo. No es únicamente, huelga decir, el caso de Syriza. Pero si los de Tsipras tocaran poder se encontrarían, como ha escrito George Pagoulatos, ante su propio trilema: gobernar, cumplir sus promesas y mantener a Grecia en el euro. Tres supuestos, en fin, no conciliables. Por más que hagan creer lo contrario, hay que elegir.

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