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Cristina Losada

Popularidades

Sólo cuando se asiente y consolide la opinión se vislumbrará si esta crisis va a suponer el fin de un Gobierno y el fin de una mayoría de Gobierno.

Cristina Losada
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En las grandes crisis, los ciudadanos tienden a apoyar al Gobierno. Ésa es la convención. En esta gran crisis del coronavirus, se ha demostrado parcialmente cierta y extrañamente cierta en países donde la intensidad de la epidemia y la política errática de sus gobernantes tendrían que haber provocado una caída notable de su popularidad. En ese orden de rarezas está lo de Boris Johnson, quien a finales de abril había ganado 18 puntos, según datos recogidos por statista.com. Resulta tan inexplicable a la vista del curso de la epidemia en el Reino Unido y de la confusa política inicial, que se ha sugerido como un elemento a su favor el hecho de que contrajera el virus y tuviera que ingresar en un hospital.

Otro caso contraintuitivo es el de Giuseppe Conte. Italia fue el primer epicentro de la epidemia en Europa y vivió semanas dramáticas, con un colapso hospitalario sin precedentes y una muy elevada mortalidad. Sin embargo, Conte ha salido de la secuencia catastrófica con una importante subida de popularidad. Cuál ha sido el secreto de estos dos dirigentes y algún otro para emerger fortalecidos, a pesar de todo lo que parecían tener en contra, resulta difícil de saber sin análisis pormenorizados de la política local. Cada país tiene sus propias dinámicas y sus propias tradiciones a la hora de enfrentar las grandes crisis. Aun así, hay ocasiones en que se desvían de su pauta habitual.

Cuestión interesante es cómo allí donde la gestión de la epidemia fue claramente exitosa, sus gobernantes no han recogido el fruto esperado. Sucede en Japón, donde a pesar de los buenísimos datos epidemiológicos, de su capacidad para atajar el virus, el Gobierno de Shinzo Abe no ha logrado el aplauso de la opinión pública. Bien al contrario, le han llovido las críticas por una reacción tardía, aunque también hay descontento por la contracción de la economía a causa de la epidemia. Abe no goza del status de una estrella del rock entre los líderes globales ni es un gran favorito de los medios, por lo que no se le presta mucha atención.

Con Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda, tenemos un caso muy distinto. Ardern sí es una estrella global. La mayoría de los medios internacionales la adoran. Durante la epidemia, han gustado especialmente sus intervenciones en vídeo a través de Facebook explicando, desde su residencia oficial, casi entre pañales, porque tiene un bebé, las medidas que iba tomando. Pese a su encanto personal, su gestión también ha recibido críticas, por el impacto que ha tenido en la economía, pero finalmente no han hecho mella en su popularidad. A la progresista Ardern, que gobierna en coalición con un partido nacionalista –cosa que no se suele decir–, se la considera ahora mismo el gran ejemplo de cómo liderar en tiempos de crisis. Aunque su principal activo no parecerá muy consistente. Son sus dotes de comunicación.

Llegamos, así, a nuestro caso. Y llegamos con dudas sobre dónde situarlo en las coordenadas de la aprobación y la desaprobación. Las encuestas reflejaron un claro descenso de la confianza en el Gobierno Sánchez en marzo, pero después reflotó. Los sondeos disponibles, dejando siempre al margen los del CIS, no están registrando grandes vuelcos. Como si la epidemia y la gestión de la epidemia tuvieran un efecto limitado en las intenciones de voto. Tanto a los convencidos de que la gestión ha sido desastrosa como a los persuadidos de que ha sido excelente les parecerá incomprensible. Pero deberían tener en cuenta que el juicio sobre la gestión de un Gobierno, en especial, en grandes crisis, ya está condicionado por las preferencias políticas. De entrada, se juzga más en función del quién que del qué. Así que habrá que esperar. Sólo cuando se asiente y consolide la opinión se vislumbrará si esta crisis va a suponer el fin de un Gobierno y el fin de una mayoría de Gobierno, igual que ocurrió en 2008. O no.

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