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Cristina Losada

Por la gracia de la cuota

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El gobierno paritario de Rodríguez Zapatero, compuesto de ocho y ocho -más él, que no puede desdoblarse, de momento- nos pone a las mujeres en un difícil trance: todo lo que hagan las ministras puede juzgarse como obra de ese genérico y abstracto “la mujer” en virtud del cual han accedido a sus cargos. Las ocho ministras no son ocho individuos que pueden meter la pata por culpa de un talante poco dialogante o cualquier otro defectillo, sino que son las mujeres de la cuota, o, para que no suene tan mal, las delegadas del deuxième sexe en las poltronas. En suma, que tras ellas y su circunstancia nos han metido a todas y si cometen despropósitos van a la cuenta de “la mujer”, en lugar de a la suya propia; o a las dos, que ya es mucho.
 
Esto es así aunque no quieran. Cuando un miembro de un grupo supuestamente discriminado accede a un puesto por ser miembro de ese grupo, se pone en marcha una dinámica perversa que difícilmente se compensa con las credenciales que dan fe de la validez profesional del elegido. Está por lo que está, y punto. Por la cuota. Es más, le va a costar demostrar que está por otra cosa. Lo que en el caso de las mujeres en España representa una vuelta atrás. Cualquier gobierno puede hoy contar con mujeres sin necesidad de hacerlas pasar por la humillante puerta de la cuota. Que, además, limita exactamente el alcance de la presencia femenina: no habrá más mujeres que hombres. ¿Por qué no?
 
Desde luego, no hemos tenido suerte las “representadas” en estas primeras semanas de desempeño del gobierno. Los males de ojo se han cebado en las ministras. El orden de los factores no altera el producto, y no recuerdo si primero fue Espinosa la que jugó al póker en Bruselas y volvió sin blanca, lo que obligó a tejemanejes para recuperar algo de lo perdido, o fue Calvo la que antes demostró ignorancia de las reglas del juego, y una confusión tópicamente femenina entre el deseo y la realidad. Trujillo y Álvarez crearon pánico con sus anuncios de paralización de obras de infraestructuras, a la vez que, inconsistentes, decían a los constructores que no tenían “por qué preocuparse”. Y a Narbona y a su colega de Educación, ambas también poseídas por la fiebre paralizadora, les está costando aclarar cómo va a quedar lo del trasvase y la enseñanza, y estamos acabando el curso, oiga.
 
Si antes los reyes ceñían la corona por la gracia de Dios, ahora a las mujeres de naciones modernas pero acomplejadas, se les pone de ministras por la gracia de la cuota.   Que es un procedimiento por el cual el soberano les ofrece a sus vasallas la posibilidad de obtener poder, en la esperanza de lograr su apoyo: su voto. Ese es el sentido de la cuota: hacer de banderín de enganche electoral. Para las mujeres, en general, y para las que creen que van a beneficiarse personalmente, en particular. Así actúan todos los sistemas de discriminación positiva. El perjuicio que causan surge de su misma raíz: acentúan e institucionalizan la diferencia, que es lo contrario de la igualdad. La cuota, so pretexto de compensar seculares opresiones, perpetúa el trato desigual para beneficio del lobby que se erige en portavoz del “grupo oprimido”.
Para rematar la jugada, Rodríguez Zapatero se hizo una foto con las ministras a las puertas de la Moncloa en la primera reunión de su gobierno. El presidente y sus mujeres. La imagen machista por excelencia.

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