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Sánchez: una moción contra un destino

Sánchez ha dado una patada al tablero político y lo ha hecho reuniendo a todos los partidos interesados en darle la patada a otro tablero, mucho más importante: el constitucional.

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Pedro Sánchez | EFE

Con su moción de censura contra Rajoy, Pedro Sánchez ha hecho algo más que aprovechar una oportunidad. Ha aprovechado la oportunidad. En singular. La única oportunidad con la que su partido podía contar a medio plazo. Ahí se encuentra el principal elemento de fondo de esta moción: representa la rebelión de los socialistas contra su destino. Esto suena fáustico y en cierto modo lo es y por más de un motivo. Pero, lejos de mitos y literatura, el destino contra el que se han rebelado los socialistas es muy pedestre. No es más que el que auguraban los sondeos y el que era previsible que resultara del proceso de reconstrucción del centro político que se estaba produciendo en España.

¿Qué podía esperar el PSOE de unas elecciones en 2020? Tal como pintaban las cartas, todo lo que podía esperar era competir por el tercer puesto con Podemos. No por el segundo; mucho menos por el primero. La posibilidad de que los socialistas superaran su continuado declive era remota. El último CIS, de principios de mayo, lo ponía de tercero, después de PP y Ciudadanos. La última de Metroscopia, de cuarto. La amenaza de un nuevo y radical retroceso era real y era coherente con lo sucedido en países del entorno. Nada ganaba el PSOE esperando sentado a la sentencia de las urnas. Así se que se puso en pie con la de Gürtel. Hace dos años ya vio de cerca el peligro de quedar reducido a un partido de ámbito regional: en Andalucía. Los resultados de Iceta en Cataluña, antaño gran granero, reactivaron el riesgo.

La situación no hubiera sido tan mala para el PSOE, teniendo en cuenta que perdía fuelle su principal competidor –dirigido fatalmente por Iglesias–, de no haber coincidido con el ascenso de Ciudadanos. Porque ese ascenso forma parte de un proceso más complejo, transformador y difícil de contrarrestar. Lo que está o estaba en marcha –subrayo el término macroniano– era una reaparición y recomposición del centro político bajo el liderazgo de Albert Rivera. La clamorosa pérdida de confianza en los dos grandes partidos, el continuado desgaste del PP y del PSOE, se estaban encauzando hacia allí. No hacia la izquierda, no hacia socialistas ni podemitas, sino hacia el centro.

El centro político –difícil de definir, reconocible en la práctica– puede resultar ganador e inexpugnable en momentos en que se descompone el partido tradicional de la derecha y lo que hay a la izquierda es un partido desprestigiado y otro delirante. Se ha dicho estos días que la moción de Sánchez era, en realidad, contra Rivera. Puede. Pero su alcance no se limita al inmediatismo de retratar al adversario. Lo que ha hecho Sánchez con su moción de censura es interrumpir un proceso de decantación hacia el centro del que no podía esperar beneficio. Ha aprovechado la oportunidad para, como suele decirse, darle una patada al tablero. A fin de cuentas, en la partida que se jugaba tenía cada vez menos piezas que mover.

Sánchez le ha dado una patada a ese tablero y lo ha hecho reuniendo a todos los partidos interesados en darle la patada a otro tablero, mucho más importante: el constitucional. El socialista podrá decir que no hay pacto fáustico, porque Mefistófeles es Rajoy. Lo malo es que si Rajoy es mefistofélico no dimitirá para que Frankenstein asuste a las gentes de orden durante un año o dos, esperando detener así esa marcha hacia el centro que está desplazando al PP. O sea, dos hombres contra un destino. La historia de esta moción histórica, en fin, es una fábula estupenda sobre el interés general y bla bla bla.

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