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David Jiménez Torres

Gárgolas

Nos convertimos en el Ministerio de nuestra propia Economía Corporal. Cada cual elabora sus propias ecuaciones, en las que tantas tazas de café o de té o de Red Bull o Bawls equivalen a tantas horas de lucidez, de productividad.

David Jiménez Torres
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Conozco pocos procesos de deshumanización más claros como el de las semanas previas a una fecha de entrega en las universidades del mundo anglosajón (no tengo experiencia de primera mano en las universidades españolas, aunque me imagino que debe de ser parecido). Son semanas en que jóvenes perfectamente sanos, simpáticos, quizás hasta felices, se van convirtiendo poco a poco en gárgolas porosas apostadas sobre sus mesas de estudio, en pálidos fantasmas que vagan por los pasillos de bibliotecas y facultades, que sólo esperan el final de su calvario con la esperanza de que, cuando por fin llegue, las cosas vuelvan a ser como antes.

El proceso es bastante uniforme, ya sea entre los estudiantes de licenciatura, los de master o los de doctorado, aunque con las naturales diferencias de categoría. Comienza con una especie de optimismo estoico, a medida que se van haciendo las primeras lecturas y las ideas van brotando; la propia vanidad se ve satisfecha al ver que, en efecto, somos personas inteligentes, con criterios propios y ocurrencias interpretativas que surgen como de la nada. En esta fase tan reconfortante uno se reconcilia con la materia que haya elegido estudiar, disfruta incluso de su disciplina, y se confirma en la idea de que esto es lo suyo, lo que le va. Cuatro horas diarias de estudio, y luego a reunirse con los colegas en el bar de siempre, aceptando cada nueva ronda con un "bueno, no debería, pero vale..." sonriente.

Pero los días comienzan a pasar con mayor rapidez, y pronto uno se encuentra ante problemas imprevistos: este capítulo desmiente mi tesis inicial, este crítico plantea una interpretación opuesta a la mía y mucho más convincente, este detalle histórico resulta irreconciliable con mi punto de partida... y de repente los textos, documentos y voces que hace poco nos parecían tan afines se vuelven enemigos tenaces, puzzles a los que les faltan las piezas más importantes; los pozos de agua clara se transforman de la noche a la mañana en espejos opacos.

Buscamos en ese momento la ayuda de sabios y estudiosos; pero cada nuevo libro o artículo contiene referencias a otros tres o cuatro que son imprescindibles para nuestro tema, y cada bibliografía se convierte en una hidra de Lerna erudita, sin que nuestra edad nos permita recurrir a sobrino alguno. Las conversaciones con el tutor de turno siempre se saldan con un "Échale un vistazo a..." o un "¿Ya has leído a...?". Empezamos a calcular cuántos libros podemos sacar de la biblioteca de una tacada y cuántos de ellos podemos leer en un día. Y aquellas ideas iniciales, tan nítidas y aparentemente brillantes, van difuminándose cada vez más, cargándose de acotaciones, notas a pie de página y llamadas de atención que alcanzan dimensiones freudianas.

Y los días siguen pasando y nos empieza a invadir un pánico silencioso pero tenaz, a medida que vemos que la fecha de entrega, esa fecha maldita, va recortando distancias poco a poco. Revisamos los planes de estudio originales y vamos haciendo prescripciones sobrehumanas que sólo tienen sentido en el ábaco: el martes me leeré estos tres libros, y luego el miércoles estos cuatro, entonces devuelvo los siete a la biblio y saco estos cinco. Ya sólo vemos a los colegas en los pasillos de la biblioteca, o en las salas de ordenadores; las conversaciones se convierten en un proceso repetido en el que esperamos a que el otro deje de quejarse de lo mal que le va su investigación para que podamos nosotros quejarnos de la nuestra; nos convertimos en máquinas de la envidia pequeña y el resentimiento hacia aquéllos que parecen habérselo organizado todo bien y nos saludan con una sonrisa autocomplaciente; nos decimos que ya nos las pagarán algún día. Nos cruzamos con la chica que nos gusta y no le dedicamos más que una especie de gruñido. Y la ordenación tradicional de las partes del día, con su mañana, su tarde y su noche, va perdiendo sentido a medida que dejamos de mirar por la ventana y de mirar al reloj, y nos sorprende notar que el sol ya se ha puesto, o que ya ha salido.

El cuerpo, el propio cuerpo que en tiempos más felices usábamos para comer, para beber, para jugar al fútbol, se convierte en un mecanismo imperfecto que debe ser regulado: nos convertimos en el Ministerio de nuestra propia Economía Corporal. Cada cual elabora sus propias ecuaciones, en las que tantas tazas de café o de té o de Red Bull o Bawls o Lucozade o Monster o Full Throttle o Rockstar equivalen a tantas horas de lucidez, de productividad. Las dosis se van incrementando hasta extremos absurdos; la dieta se reduce a sándwiches y alguna manzana; los más sanos compensan el desequilibrio nutritivo con vitaminas. Empiezan a brotar espinillas en la frente, a esparcirse sombras azuladas bajo los ojos; los brazos nos pican constantemente; la barba apunta; los dedos apestan a tabaco; intentamos ignorar el olor corporal. Y el Ensayo o Trabajo halla un aliado en el sueño, esa Némesis implacable que nos acecha a todas horas y a la que debemos hacer concesiones puntuales, siempre calculadas y siempre inoportunas.

El único consuelo es la imagen idealizada de ese día, ese día maldito y bendito a la vez, ese Apocalipsis que señala la hecatombe y el inicio de la gloria, ese día que supondrá (nos imaginamos) el regreso a una Arcadia estudiantil, a un Edén de bares y pubs, a una infancia libre y tranquila en que sólo leíamos por placer.

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