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David Jiménez Torres

Shakespeare must go on

Seguimos con la obra sin saltarnos un solo diálogo o monólogo, impelidos por una extraña necesidad de salvar ese absurdo de una obra de Shakespeare con vestuario de los locos años 20 en medio de un jardín cambridgeano.

David Jiménez Torres
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Creo que si alguien me preguntara qué tipo de cosas le suceden a uno en Cambridge que no podrían suceder en ningún otro sitio, les describiría la tarde en que representamos Mucho ruido y pocas nueces vestidos de gángsteres y cantantes de cabaret, mientras atronaba la música de La guerra de las galaxias, descendían sobre nosotros compañías de paracaidistas y sobrevolaban nuestro improvisado escenario aviones de la II Guerra Mundial.

Cambridge tiene una larga tradición de teatro estudiantil: de sus grupos amateur ha salido gente como Ian McKellen, Emma Thompson, Derek Jacobi, Tilda Swinton, Rachel Weisz, Hugh Laurie, tres de los miembros de Monty Python y hasta Sacha Baron Cohen. Existe, sobre todo, una muy fuerte tradición de actores shakesperianos que salen de aquí. El ADC Theatre, el teatro oficial de la universidad, ofrece normalmente unas cuatro o cinco obras a la semana; hay varios teatros más pequeños que ponen una o dos por semana. Además, el sistema de los colleges permite, aquí como en Oxford (pero no, por ejemplo, en las universidades londinenses), una proliferación de pequeñas compañías teatrales estudiantiles dedicadas a organizar como mínimo tres obras al año; estas a veces se representan en los bares privados del college, en los comedores, o, en época de buen tiempo, al aire libre, en los jardines.

Y ahí estaba este sufrido reportero, en el jardín de Clare College, esperando tras un seto para salir a escena (el escenario no era más que la parte central del jardín, alrededor de la cual estaban dispuestas las sillas de los espectadores), alisándose las alas del sombrero. Toda producción shakesperiana hoy día tiene que tener algún elemento heterodoxo e inexplicable, como que un personaje sea de sexo o color distinto al que estipula el guión original (famosa es ya la producción de Otelo en que Patrick Stewart hizo del protagonista y el resto de actores eran negros), o que esté ambientada en cualquier época menos la isabelina. En nuestro caso, la directora había decidido que la obra siguiera la estética de los locos años 20, con sombreros tipo fedora, cigarros, chalecos de rayas, revólveres pequeños, collares de cuentas y un grupo de flappers en vez de la insoportable cuadrilla de Dogberry. Las entradas y salidas a escena se hacían a través de pequeños agujeros en los setos que cercaban el jardín, tras los cuales nos cambiábamos y escondíamos los actores.

Empezaba el segundo acto y salía un servidor (en la piel de Don John, el villano de la obra) a proclamar a los cuatro vientos la maldad de su alma, cuando en el jardín contiguo, el del Trinity College, empezó a sonar uno de los temas de la banda sonora de Star Wars. Los altos setos que separan ambos jardines nos impedían averiguar su procedencia, pero parecía realizado por una orquesta completa y provista de poderosos amplificadores. A duras penas se podía escuchar mi declaración de malvadas intenciones entre el épico estribillo de los violines; cada pausa dramática era invadida por las invocaciones musicales a la resistencia contra el Imperio Galáctico. Pero la cosa no acabó ahí. Las canciones de películas se fueron sucediendo, acompañando –algo disfuncionalmente– cada escena nuestra: la dramática del repudio de Hero fue al son de la banda sonora de E.T., la primera escena de seducción de Benedick y Beatrice al son de la música de La lista de Schindler, el lamento de Leonato ante la desgracia de su hija fue acompañado por el tema de James Bond... las distracciones musicales nos desconcentraban, nos estropeaban el ritmo y la energía, ahogaban la mitad de nuestros parlamentos, pero todos seguíamos adelante impelidos por la súbita adrenalina y por la necesidad de llegar, al menos, al intermedio.

Llegó éste y la directora no quiso ni oír hablar de cancelar el segundo acto. "Shakespeare must go on!", proclamó. Por suerte, parecía que el inexplicable popurrí musical de nuestros vecinos había concluido: sin embargo, a mediados de la primera escena tras el intermedio fuimos notando poco a poco que las cabezas de los espectadores se echaban hacia arriba. Los que no estábamos en escena asistimos atónitos al espectáculo de un grupo de ocho paracaidistas con las siglas de la R.A.F. que descendía en círculos sobre nosotros, dejando tras de sí elegantes estelas de humo rojo. Cuando parecía que iban a caer finalmente sobre el escenario, dieron un brusco giro y se colaron en el jardín contiguo, rozando los setos con las piernas. Empezó entonces a escucharse un vago runrún que parecía irse acercando; el sonido se fue haciendo más y más ensordecedor y los espectadores se iban mirando los unos a los otros, nerviosos; por fin, justo en el momento en que uno de los actores gritaba por encima del estruendo "¡Don John ha huido de Messina!" sobrevoló nuestro jardín un inmenso avión de la R.A.F., tan cerca del suelo que pareció durante un instante que pudiéramos saltar y tocarle el tren de aterrizaje. Fue el primero de tres aviones que pasaron de esa manera.

Dio igual. Nosotros seguimos con la obra sin saltarnos un solo diálogo o monólogo, impelidos por una extraña necesidad de salvar ese absurdo de una obra de Shakespeare con vestuario de los locos años 20 en medio de un jardín cambridgeano, interrumpidos por un inexplicable espectáculo contiguo y con unos espectadores que seguramente ya ni nos hacían caso. Esa necesidad resumida en la frase de "Shakespeare must go on!", como si se lo debiéramos al bueno de Bill, pero quizás también al lugar donde estábamos. Y al final, cuando por fin acabó todo, el público recompensó nuestro tesón con un fuerte aplauso. Eso sí, nunca averiguamos qué tipo de función estaba sucediendo en los jardines de Trinity, ni bajo qué pretexto aunaba música de películas de Hollywood con despliegues militares, ni por qué la aguerrida R.A.F. andaba de maniobras por los bucólicos jardines cambridgeanos. Sólo sabemos que nos reímos como nunca tras los setos.

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