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La actual crisis económica tiene su causa última en el abandono por parte de los bancos privados de los principios tradicionales de prudencia, liquidez y solvencia. Animados por los bancos centrales, concedieron créditos masivos a bajísimos tipos de interés sin preocuparse por si sus deudores serían finalmente capaces de devolverles los fondos prestados.
Muchos fueron los sectores económicos que se vieron beneficiados por esta orgía del dinero barato, y aunque la construcción o el automóvil son los que acuden primero a la mente, muchos medios de comunicación tampoco han sido ajenos a esta lluvia de crédito fácil, que han empleado para realizar la transición desde sus soportes tradicionales a los nuevos formatos multimedia. En Estados Unidos ya han comenzado las quiebras de periódicos tradicionales, ahogados por una montaña de deudas, como el Chicago Tribune o, si Carlos Slim no lo impide, el New York Times.
Nuestro país, obviamente, no ha sido ajeno a este proceso. Situados como estábamos en el epicentro de la expansión crediticia europea teníamos, además, dos poderosos catalizadores para emular los acontecimientos del otro lado del Atlántico. Por un lado, en nuestro sistema bancario tienen una importante presencia las cajas de ahorros, entidades de crédito que, movidas por la composición política de sus órganos de gestión, dejaron todavía más a un lado los principios de prudencia bancaria a la hora de conceder préstamos. Por otro, uno de los grupos de comunicación más importantes de nuestro país, Prisa, estaba tratando de consolidar las distintas ramificaciones de su imperio no sólo por papel y radio, sino especialmente por la televisión por satélite.
De este modo, Prisa acumula una deuda de más de 5.000 millones de euros, de los cuales casi 2.000 millones son créditos a corto plazo con los que adquirió su filial Sogecable. Asfixiada por el vencimiento de sus deudas, el grupo de Polanco necesita urgentemente refinanciar sus obligaciones a corto plazo para evitar una suspensión de pagos previa liquidación y partición de sus distintos medios.
En las condiciones actuales, nada resultaría más absurdo para un banco que refinanciar la deuda de una empresa potencialmente ilíquida. El riesgo de la operación es muy grande y la situación financiera de los bancos demasiado poco sólida como para hacerle frente.
La lógica empresarial debería llevar a que Prisa enajenara alguna de las joyas de su corona –a saber, la Cadena Ser, El País o Santillana– para saldar parte de su deuda, pero ello supondría un duro golpe a su influencia sobre la clase política, ya que las sinergias entre la radio, el periódico o la editorial concluirían. Ya no le sería posible amplificar las noticias propias por su circuito de medios y convertir lo que suelen ser simples especulaciones o abiertos bulos en hechos contrastados. Y sin influencia política, sin la posibilidad de derribar a un Gobierno con un simple editorial de El País, la fuente principal del negocio de Prisa, desde sus orígenes a la actualidad, desaparecería.
No es de extrañar, por tanto, que la fiera acorralada salte con uñas y dientes para tratar de defenderse del acoso financiero al que está sometida. Quizá se podría entender mejor la ofensiva que durante los últimos días está llevando a cabo El País contra el Ejecutivo de Esperanza Aguirre si tenemos en cuenta que una buena porción de la deuda que le urge refinanciar a Prisa la mantiene con Caja Madrid, la caja por cuyo control se está librando desde hace meses una cada vez más indisimulada batalla entre el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid.
Es de esperar que una Caja Madrid en manos de Gallardón fuera menos renuente a renovar la deuda a Prisa que si Esperanza Aguirre –y, en este caso, los principios bancarios y financieros más elementales– guiara las decisiones de la caja. Güemes, al menos, así parece advertirlo, cuando señala que el cúmulo de supuestas exclusivas de El País sobre la trama de espionaje que implica, todavía sin ninguna prueba salvo las especulaciones de Prisa, al Ejecutivo regional podrían ir dirigidas a ganarse el corazón de alguna entidad financiera.
Sea cierto o no, desde luego Prisa no es ajena al resultado de la pugna por Caja Madrid, de ahí que tenga unas marcadas preferencias por una de las dos administraciones, al margen de las ya habituales afinidades ideológicas.
Pero además, con este serial de portadas, El País parece querer recuperar su decadente influencia entre la clase política. Bajo la admonición de que todavía tienen mucha información que revelar, Prisa resucita la vieja estrategia chantajista de derrocar Gobiernos y cúpulas de partidos políticos. La revelación de este supuesto Watergate pretende recordar a nuestros burócratas que nadie está libre de "destape" si es menester para preservar la unidad del grupo. Falta ver si unos u otros cederán, ya por miedo ya por agradecimiento, a la que podría ser la última campaña de presión del grupo Prisa tal y como lo hemos conocido en los últimos años.
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