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Eduardo Goligorsky

Y ahora es la civilización

El 'Gran Felón' ha batido todos los récords de su especialidad al traicionar simultáneamente a los demócratas españoles, europeos y venezolanos.

Eduardo Goligorsky
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El 'Gran Felón' ha batido todos los récords de su especialidad al traicionar simultáneamente a los demócratas españoles, europeos y venezolanos.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias | EFE

La palabra clave para definir a las fuerzas que defienden la integridad del Reino de España, la convivencia de los ciudadanos libres e iguales dentro de su territorio y la seguridad jurídica es, sin distinción de ideologías, "constitucionalistas". Ahora vivimos tiempos difíciles en que la Constitución sobre la que descansa nuestra sociedad abierta desde 1978 está amenazada por una ola de barbarie. Y esta es la razón por la cual ya no es solo la Carta Magna la que corre peligro, sino también nuestra supervivencia en el seno de la civilización occidental que nutre nuestras raíces. Por eso el círculo del constitucionalismo debe ensancharse para abarcar, también, a todos los ciudadanos, cualquiera sea su procedencia social, cultural, política o religiosa, que asumen el compromiso de blindar los valores emanados de esta civilización.

La hez de la fauna

Seamos realistas. Los conjurados que han tomado por asalto el poder en España no se conforman con tramar la derogación de la Carta Magna para sustituir la Monarquía parlamentaria por un régimen republicano. Si esto fuera todo, podríamos abordar la controversia en el marco del intercambio de argumentos racionales. Pero lo que se proponen los protagonistas del alzamiento está en el polo opuesto de la racionalidad. Aunque se agrupan en bandos distintos, a menudo fratricidas, coinciden en el fin último que desemboca en algún sistema totalitario, opuesto a nuestra civilización.

Algunos, encolumnados en el sanchismo, solo actúan movidos por el apetito de poder, y para conquistarlo se conchaban inescrupulosamente con la hez de la fauna política. Los compañeros ideales para esta operación impúdica son los comunistas que, sin desprenderse de su pasado sanguinario, lo complementan trenzando nuevas alianzas con cuanto enemigo de nuestra civilización anda suelto: desde dictaduras castro-chavistas hasta teocracias iraníes. Los trepadores dependen, para colmo, del apoyo de los clanes de sediciosos y malversadores hispanófobos, que vegetan en catacumbas feudales y carlistas adonde no han llegado los frutos de la Ilustración. Y el contingente retrógrado se completa con los albaceas contumaces del terrorismo etarra.

Choques esperpénticos

Es inevitable que este conglomerado tóxico se sitúe fuera de los límites de nuestra civilización, como si de un Españexit se tratara. Sus componentes arremeten sin disimulo contra el Estado de Derecho, levantando la bandera de un trampantojo bautizado "desjudicialización", que traducido al román paladino significa legislar la impunidad de los delincuentes. Si para congraciarse con los ya condenados en firme se necesita colocar en la Fiscalía General a alguien que obedezca la voz del amo, pues se la coloca. Y a continuación se modifica arteramente el Código Penal para reducir la estancia en prisión de los sediciosos y permitirles que cumplan la promesa de reincidir en sus delitos. Todo lo contrario de lo que sucede en los países civilizados. Como lo ratificó el socialista Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha:

Con el Código Penal no se puede mercadear, no es una cuestión negociable.

Tampoco se ha visto que en un país civilizado la estabilidad del Gobierno, la aprobación de los presupuestos y el ordenamiento institucional dependan de un mosaico de partidos ferozmente enfrentados entre sí, pero unidos a la hora de declarar explícitamente que representan los intereses de otra nación, diferente e incluso enemiga de aquella en cuyo Gobierno participan. Con el añadido de que hacen constar en el Diario de Sesiones del Congreso que "la gobernabilidad de esa nación les importa un comino". Ni siquiera en los bantustanes sudafricanos se registran estos choques esperpénticos.

Nocturnidad y alevosía

Cuando un país huye del espacio civilizado, no es de extrañar que entre en la órbita de los bárbaros totalitarios. Sobre todo si estos cuentan con ramificaciones activas dentro del Gobierno local. Es lo que acaba de ocurrir en España, donde la vicepresidenta de la narcodictadura venezolana encontró por donde colarse en una Europa que le había prohibido la entrada. La recibió con nocturnidad y alevosía un ministro representante de la cúpula del PSOE con el que practicó una diplomacia espuria envuelta en el más incivilizado secretismo.

Fue una infracción previsible a las resoluciones de la UE, dado que el Ejecutivo español está plagado de adictos a la cochambre castro-chavista, que prometen clonar aquí con paciencia y perseverancia. Y con la intermediación de topos como el mamarracho José Luis Rodríguez Zapatero, el mismo que parió la Alianza de Civilizaciones aberrante en compañía del fundamentalista islámico Recep Tayyip Erdogan. ¿Se acuerdan?

Lo cierto es que el Gran Felón ha batido todos los récords de su especialidad al traicionar simultáneamente a los demócratas españoles, europeos y venezolanos.

Sociedad de zombis

Finalmente, la ruptura con la civilización no estaría completa si siguiera en pie ese pilar sobre el que descansa nuestra cohesión social: la familia. La campaña que han emprendido todas las fuerzas totalitarias para institucionalizar el adoctrinamiento y el lavado de cerebro de los niños y los jóvenes, y para aborregar a los adultos, suprimiendo la libertad de pensamiento y de crítica, está encaminada a forjar una sociedad de zombis, regida por los mitos del supremacismo étnico, o del leninismo exhumado, o de la ideología de género. O por todos ellos a la vez, para colmo de males.

A la inversa, la familia donde se alternan ideas plurales, simpáticas y antipáticas, avanzadas y retrógradas, convencionales y rebeldes, es, paradójicamente, el caldo de cultivo y el fermento del progreso. Si hasta los homosexuales, tradicionalmente hostiles a la institución familiar, exigen ahora el derecho a formar una familia reconocida legalmente. ¿Vigilará el Estado que estas nuevas familias no inculquen prejuicios heterófobos, contrarios a nuestra civilización, a sus hijos adoptados o concebidos mediante maternidad subrogada?

Deponer antagonismos

Da en el clavo Lorenzo Bernaldo de Quirós cuando escribe ("Más allá del `pin parental´", LV, 25/1):

En 1925, el Tribunal Supremo de Estados Unidos proclamó "la libertad de los padres y tutores para dirigir la educación de los niños bajo su control". Esta declaración mantiene toda su vigencia. La función del Estado ha de restringirse a exigir el cumplimiento por parte de las escuelas de unos estándares mínimos, ceñidos al conocimiento de los hechos y de las ciencias positivas, dejando la enseñanza de materias como la religión o los temas morales a la libre elección de los padres. Esto implica despolitizar la educación.

El desiderátum sería que al mismo tiempo que se despolitiza la educación se eduque a los políticos. Los enemigos variopintos de nuestra sociedad abierta y civilizada son cada día más ignorantes y agresivos. Lo cual nos obliga a deponer antagonismos circunstanciales y a trabajar unidos si queremos salvar y conservar esa sociedad abierta y civilizada dentro de la Unión Europea para las generaciones futuras.

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