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Emilio Campmany

Desde Rusia con torpeza

No se recuerda en los anales de la diplomacia europea fiasco como el protagonizado por Borrell en Rusia esta semana.

Emilio Campmany
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No se recuerda en los anales de la diplomacia europea fiasco como el protagonizado por Borrell en Rusia esta semana.
Josep Borrell | EFE

No se recuerda en los anales de la diplomacia europea fiasco como el protagonizado por Borrell en Rusia esta semana. El catalán fue a Bruselas en 2019 a salvar el régimen de Maduro abusando de la inclinación de la Unión Europea a fiarse de España en lo que a América Latina se refiere. En eso se ha demostrado extraordinariamente eficaz, aprovechándose de que Donald Trump ladró mucho pero mordió poco. Pero cuando se ha tratado de cualquier otra cosa, Borrell va de patinazo en patinazo, de resbalón en resbalón y de tropiezo en tropiezo. Con todo, lo de Rusia ha sido escandaloso incluso para los estándares de torpeza del exministro español. Va, llega y se deshace en elogios hacia la vacuna rusa y suplica lastimeramente encontrar puntos de encuentro con la autocracia de Putin. A tanta sumisión, el ministro de Exteriores ruso le respondió con un rosario de humillaciones. Comparó a Navalni con los golpistas condenados por el Supremo español, acusó a la Unión Europea de intolerable injerencia y encima, en medio de un almuerzo de ambos, salta la noticia de que los rusos acaban de expulsar a tres diplomáticos europeos. Si Lávrov hubiera querido ser más hiriente, le habría costado encontrar cómo.

Es probable que Borrell haya sido víctima de una trampa. Pero eso no disculpa que, ante tanta humillación, callara dócilmente y sólo una vez fuera del territorio ruso y vistas las reacciones a su fracaso la tomara con el régimen que acababa de estar alabando con almibaradas palabras. Extraña en un diplomático, pero hay que recordar que es frecuente entre los socialistas españoles ser incompetentes y cobardes. Antes de salir de Moscú, Borrell debió responder con energía a las acusaciones de injerencia y rechazar tajantemente la comparación de un inocente activista injustamente encarcelado, que ningún cargo ha ostentado en la Rusia de Putin, con los golpistas que intentaron quebrar la unidad de España desde los altísimos puestos que ocupaban gracias a que España es la democracia que Rusia no es. Y cuando le comunicaron la expulsión de los diplomáticos europeos debió interrumpir el almuerzo, levantarse y coger el avión para Bruselas. 

¿Por qué no lo hizo?

La incompetencia no basta para explicarlo. La cobardía, atestiguada en quien abandonó la carrera para dirigir el PSOE apenas El País amagó con la publicación de no sé qué corruptelas de la Agencia Tributaria que él dirigía en Cataluña, tampoco. Cabe sospechar que el malhadado viaje fue emprendido atendiendo a presiones de Francia y sobre todo de Alemania, que son quienes mandan en la Unión, y que están locos por superar el enfrentamiento con Putin y volver a hacer negocios con el Kremlin. Pero, aunque fuera así, Borrell no debería ser tan obediente como para ir a Rusia sin tener alguna garantía de que no le partirían la cara, que es lo que a la postre hizo impunemente Lávrov. Debió preparar el viaje y, de no hallar disponibilidad rusa para llegar a acuerdos, rechazar las presiones de París y Berlín. No se entiende por qué no lo hizo ni se alcanza a imaginar qué argumentos emplearon los Gobiernos francés y alemán para convencerle. 

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