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Emilio Campmany

Sánchez diplomático

Esta imagen de ostentosa vacuidad, que Aznar había logrado hasta cierto punto disipar, nos acompañará otros cien años más por culpa de este petimetre que nos mal gobierna y de su agradaor ministro de Exteriores.

Esta imagen de ostentosa vacuidad, que Aznar había logrado hasta cierto punto disipar, nos acompañará otros cien años más por culpa de este petimetre que nos mal gobierna y de su agradaor ministro de Exteriores.
Pedro Sánchez y José Manuel Albares durante la intervención del primero en el Europarlamento. | EFE/EPA/RONALD WITTEK

Muchos creerán que la inanidad de la política exterior de Sánchez es consecuencia de la irrelevancia internacional del país que tiene la osadía de gobernar. No es así. La mezcla de fatuidad y superficialidad, engolamiento y vaciedad con las que asombra al mundo nuestro presidente no son inherentes a la falta de peso de España. Ahí tenemos a Portugal, una nación mucho más pequeña que la nuestra, cuyos gobernantes dan prueba de un sentido de Estado y de un saber hacer que ya quisiéramos tener por aquí. Es difícil, a pesar del escaso interés que nuestros gobernantes han tenido por las relaciones internacionales, encontrar un precedente de tanta incompetencia y petulancia como la que muestran Pedro Sánchez y su ministro, José Manuel Albares, a la hora de conducir nuestra política exterior. Ambos forman una pareja a lo Quijote y Sancho. El larguirucho se cree, no ya un caballero andante, sino un estadista de la envergadura de un Willy Brandt o de un François Mitterrand. Y el canijo se ve, no ya como su fiel escudero, sino como el vate que susurra al oído del césar los arcanos de las relaciones exteriores, inaprensibles para el común de los mortales, pero cristalinos para él, que es ducho en las sutilezas de la diplomacia y diestro con su arma más cara, el hablar sin decir nada.

Pues, aunque parezca imposible, el caso tiene un clarísimo precedente en el plenipotenciario que el rey Fernando VII envió al Congreso de Viena en nombre de España, un señor llamado Pedro Gómez Labrador, cuya ineptitud todavía no ha conseguido igualar Albares, aunque está en ello. El bueno de Labrador no tenía más mérito que el de ser una especie de Pumpido de la época y haber redactado el decreto que derogó la Constitución de 1812. En Viena representó a uno de los dos países que, tras ser invadidos por Napoleón, había logrado derrotarle. Y, a pesar de eso, no consiguió recuperar para España nada de lo que había perdido durante las guerras napoleónicas, ni en Italia ni en América. Todos sus esfuerzos estuvieron dirigidos a conseguir que se observara el debido protocolo en el tratamiento que se le debía. Su irrelevancia fue tal que apenas aparece citado en los libros que cuentan lo que allí ocurrió.

Es una casualidad que también se llamara Pedro. Pero, aparte esta coincidencia, hay una pasmosa similitud entre el modo campanudo, redicho y jactancioso con el que hace más de dos siglos se condujo nuestro compatriota en el Congreso que fijó el orden mundial para los siguientes cien años y la forma afectada, pomposa y redundante con la que se comportan estos dos representantes nuestros de hoy.

Lo de Labrador manchó la imagen de nuestros embajadores para lo que quedaba de siglo XIX y parte del XX. Los diplomáticos extranjeros que todavía tengan esta imagen de nosotros, heredada de la impresión que Labrador dejó en los círculos vieneses, no se habrán sorprendido al tratar con Sánchez y Albares. A fin de cuentas, los dos chiquilicuatres no hacen más que confirmar sus peores prejuicios. Y esta imagen de ostentosa vacuidad, que Aznar había logrado hasta cierto punto disipar, nos acompañará otros cien años más por culpa de este petimetre que nos mal gobierna y de su agradaor ministro de Exteriores. Que Dios los confunda a los dos.

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