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Emilio Campmany

El pulpo Freddy

Paul y Freddy se parecen como dos gotas de agua, pues ambos son poco agradables a la vista, tienen una fuerza extraordinaria en proporción a su tamaño, poseen largos tentáculos con los que llegar a todas partes y se ocultan tras una cortina de tinta.

Emilio Campmany
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El pulpo Freddy, como el pulpo Paul, sabe siempre lo que va a pasar. Paul pronostica quién ganará los partidos de fútbol, mientras que Freddy adivina qué gerifalte del PP va a ser detenido. Es verdad que Freddy juega con la ventaja de que va a ser él quién dé la orden de detención, así que no tiene mucho mérito saber con antelación lo que va ocurrir a una orden suya. Pero, por lo demás, Paul y Freddy se parecen como dos gotas de agua, pues ambos son poco agradables a la vista, tienen una fuerza extraordinaria en proporción a su tamaño, se camuflan mimetizándose con el entorno, poseen largos y pegajosos tentáculos con los que llegar a todas partes y, cuando se ven atacados, se ocultan tras una cortina de tinta. Admito que mientras Paul es capaz de producir su propia tinta, Freddy se ve obligado a recurrir a la de El País, pero no creo que esto implique una diferencia sustancial.

Freddy pronostica que José Joaquín Ripoll va a ser detenido y ¡zas! va la Policía y detiene al presidente de la Diputación de Alicante. Como no son cosas para darlas a los cuatro vientos, el pulpo Freddy, que ansía el reconocimiento de su arte adivinatoria tanto como el pulpo Paul, coge el teléfono y avisa a un adversario político, en este caso Mariano Rajoy, para que cuando atestigüe que Freddy le avisó con antelación de lo que ocurriría, nadie dude de su palabra.

Naturalmente, el pulpo Freddy, como Paul, puede con sus ocho tentáculos atender a tantas otras cosas a la vez sin que una pueda distraerle de la otra y mientras escucha las conversaciones telefónicas de sus enemigos por medio de Sitel, se trae a España prisioneros de Guantánamo, ordena el chivatazo a ETA, niega a las víctimas del 11-M las pruebas contra Sánchez Manzano, se entera de las negociaciones de Eguiguren con la banda, desarticula por enésima vez la cúpula de la organización, advierte de la probabilidad de un secuestro y arresta políticos de derechas. No creo que el pulpo Paul, a pesar de disponer también de ocho tentáculos tan pringosos como los de Freddy sea capaz de atender a tantas cosas a la vez.

Y si en alguna de estas hazañas en las que tanto se esfuerza se ve estorbado por los ataques de este político o de aquel periodista, el pulpo Freddy enseguida recurre a ocultarse tras la tinta prisaica que es de una negrura más intensa y profunda que la que emplea el pulpo Paul, que en esto no puede competir el pobre.

En su última fechoría, la detención de Ripoll sin orden judicial, va El País y chorrea un editorial negro como el carbón que omite lo relevante, que la Policía de Freddy ha detenido a un político popular sin orden judicial. Naturalmente, la Policía puede, en determinados casos, hacerlo. Pero no se discute que la detención practicada haya sido legal, pues hasta ahí podíamos llegar. Lo que se discute es si ha sido legítima. Y nada legítima puede ser cuando ni el propio juez, en un asunto que se arrastra desde hace tres años, tiene claro que se haya cometido un delito y mucho menos que uno de sus responsables sea Ripoll. Pero, ya se sabe, por encima de la justicia del fútbol está el pulpo Paul y por encima del Estado de Derecho está el pulpo Freddy.

Emilio Campmany, jurista y analista político. Autor de Operación Chaplin (Algaida), Quién mató a Efialtes (Ciudadela) y Verano del 14 (Esteságoras).

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