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Emilio Campmany

Sánchez pidiendo la hora

Hasta tal punto era consciente de su derrota, que le faltó cuajo para comentar el debate y tuvo que ser Ábalos el que saliera. Y más valiera que no lo hubiera hecho, porque la cara del escudero era un poema.

Emilio Campmany
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EFE

Ahora sabemos por qué Sánchez no quería debatir. Porque es un paquete de cuidado. La única inteligencia que cabe reconocerle es que, muy pocos minutos después de haber comenzado, fue capaz de darse cuenta de que iba perdiendo y de que, cuanto más durara aquello, peor le iba a ir. Hasta tal punto era consciente de su derrota, que le faltó cuajo para comentar el debate y tuvo que ser Ábalos el que saliera. Y más valiera que no lo hubiera hecho, porque la cara del escudero era un poema de fracaso y vergüenza ajena.

Encima, Sánchez fue el más marrullero de todos. Fue el único de los cuatro que recurrió a las peores mañas de los debates políticos, la de sobreponer vanas palabras al discurso de los otros para que no se distinguiera lo que estaban diciendo. Y todo esto lo adornó con una cara desencajada y unos ojos chisporroteantes de ira.

Evidentemente, Casado y sobre todo Rivera estuvieron mucho mejor que él. Acusó al PP de corrupción, él, que es secretario general del partido de los ERE. Reprendió a Rivera por querer permitir que las mujeres alquilen su capacidad de gestar, él, que es el paladín del derecho a abortar. Pero, no conformándose con salir derrotado frente a lo que él llama "las derechas", se dejó también vencer por Pablo Iglesias, un comunista radical al que podría fácilmente haber puesto contra las cuerdas. El de la coleta le levantó la merienda y un buen puñado de votos de indecisos que hasta ayer dudaban entre votar al PSOE o a Podemos.

Intentó Sánchez abrumar con cifras y se atribuyó las que son mérito del Gobierno de Rajoy. Soltó una retahíla de logros tan alejados de la realidad que se desmentían por sí solos. La defensa de su derecho a no comprometerse en relación al posible indulto a los golpistas fue tan floja que tuvo que ser Iglesias quien le socorriera recordando que Felipe González indultó al general Armada. Lo único que supo Sánchez aprenderse para este debate fue lo de la justicia social y la desigualdad, que ha repetido una y otra vez sin explicar cómo va a lograr una y combatir la otra. Su torpeza llegó al extremo de no acertar a sacar a relucir la probabilidad del pacto del PP y Ciudadanos con Vox, que es algo que habría podido poner en un aprieto a Albert Rivera, el gran vencedor de la noche. Y ya al final, cuando no debatía con nadie y podía lucirse, va y reclama el voto para el PSOE recordando insensatamente la moción de censura que le llevó al Gobierno de la mano de separatistas catalanes y filoetarras. En su disculpa sólo cabe alegar que a esas alturas se sabía perdedor y que llevaba pidiendo la hora prácticamente desde el principio.

Si el martes no es capaz de hacerlo mejor, va a terminar reclamando que suspendan el debate por la lluvia.

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