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Enrique Navarro

Ataque en Arabia: un nuevo Pearl Harbor

Los hutíes no gozan de tanta confianza por parte de los iraníes como para cederles las joyas de la corona tecnológica de Teherán.

Enrique Navarro
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Los hutíes no gozan de tanta confianza por parte de los iraníes como para cederles las joyas de la corona tecnológica de Teherán.
Vista satelital del ataque a las instalaciones petrolíferas de Arabia Saudí | EFE

No sabemos mucho de cómo ha sido posible que un grupo de terroristas, o un país en guerra civil, como Yemen, haya sido capaz de lanzar un ataque contra las principales instalaciones petroleras de Arabia Saudí, a cientos de kilómetros al interior del país, con semejante precisión, pero al menos sí tengo razones para explicar qué es lo que no ha podido ser.

Es cierto que las autoridades norteamericanas y saudíes están culpando a Irán de este ataque, y no les falta razón; los rebeldes hutíes de Yemen nunca habrían alcanzado la capacidad que vienen demostrando en atacar con drones instalaciones al interior de Arabia Saudí, sin la participación directa de expertos militares de Irán. También podemos estar seguros de que Irán no ha transferido su tecnología punta en drones a los rebeldes hutíes, por lo que no es posible que estos ataques se hayan llevado en exclusiva por rebeldes. Los hutíes no gozan de tanta confianza por parte de los iraníes como para cederles las joyas de la corona tecnológica de Teherán.

Pero hay más detalles a los que debemos prestar atención sobre este ataque.

Los drones usados en las últimas semanas por la alianza hutí-iraní, del tipo Qasef-k2 contra instalaciones militares y civiles cercanas a la frontera entre Yemen y Arabia ni tienen el alcance, ni la precisión para recorrer mil kilómetros e impactar contra un depósito de apenas treinta metros de diámetro.

Para volar mil kilómetros es necesario o marcar unas coordenadas de suma precisión y realizar un vuelo perfecto, lo que es casi imposible por todos los condicionantes atmosféricos que intervienen; o bien debería existir un enlace satelital con el dron, lo que es totalmente descartable, o terroristas infiltrados con designadores laser guiando a los drones, opción que sin duda sería la única creíble para un ataque a tan larga distancia. Los ataques no parecen proceder de drones con armamento como misiles, sino más bien con una carga explosiva incorporada. Es decir, los estrellaron con las instalaciones provocando las explosiones.

El hecho de que los impactos procedan desde el Este, es decir de Iraq o Irán anularían la versión de que haya sido un ataque desde Yemen, salvo que los drones llevaran planes de vuelo incorporados para además determinar desde dónde atacar; lo que se antoja muy lejos de las posibilidades incluso de Irán.

Sin embargo, para los iraníes no sería difícil, hablando en términos muy genéricos, alcanzar con sus drones del tipo Shahed 129 desde sus bases de Busher o Shiráz, a menos de 250 millas del objetivo, pero resultaría un esfuerzo enorme y baldío dedicar 20 drones para un ataque de tan escasos resultados, ya que la instalación ha recuperado su actividad apenas tres días después. Y además teniendo en cuenta sus dieciséis metros de envergadura, hubieran sido fácilmente detectados. Por lo que un ataque directo es poco creíble salvo que realmente los americanos tengan suficientes datos para asegurar que el ataque se produjo, y me extraña que si esto fuera así, no lo hubieran ya puesto en todos los medios inmediatamente. Trump y Netanyahu llevan años deseando una evidencia así para lanzar su ataque preventivo contra Irán.

Si Irán estuviera detrás de este golpe de forma directa, estaríamos ante el ataque más grave infligido a un país en paz desde el siete de diciembre de 1941; y lo más grave estaríamos a las puertas de una gran conflagración regional. Y este temor es el que ha alimentado el mayor crecimiento del precio del petróleo en un solo día desde que las tropas de Sadam Hussein invadieron Kuwait. El mundo tiembla ante la eventualidad de que unos rebeldes o Irán hayan decidido dar este paso hacia el abismo.

En términos de operación y de complejidad, esta operación, caso de haberse producido como alegan los rebeldes hutíes, sería mucho más difícil que secuestrar cuatro aviones y lanzarlos sobre el Pentágono y las Torres Gemelas; y produciría, sin duda, un cambio estratégico de consecuencias impredecibles.

Si Irán o sus socios fueran capaces de lanzar drones a quinientos kilómetros con esta precisión, el mundo entraría en una etapa de riesgo que cambiaría aun más la vida de todos los ciudadanos, especialmente de los que habitan en todo el Oriente Medio. Sería una ruptura del difícil equilibrio estratégico y obligaría a países como Israel a plantearse ataques preventivos para evitar que estos drones pudieran alcanzar sus ciudades o sus instalaciones nucleares.

La opción más razonable desde el punto de vista operativo, sin embargo, abre nuevos frentes de discusión.

Si un grupo de terroristas hubiera sido capaz de penetrar mil kilómetros en territorio saudí con 20 drones ligeros del tipo Hudhud-1 en la mochila, aproximarse a las instalaciones de Abqaiq, seguramente el mayor complejo petrolero del mundo, con unas medidas de seguridad enormes, lanzar contra los depósitos y oleoductos estos aparatos con una carga pequeña, pero suficiente para provocar una deflagración, dirigidos desde designadores láser; y regresar sin ser detenidos, mostraría que existe un fuerte apoyo al interior del reino saudí para que esta operación se realizara y evidenciaría una enorme vulnerabilidad de los sistemas de seguridad saudíes.

Cualquiera que haya sido de éstos el escenario de la operación, lo cierto es que se ha producido un cambio estratégico enorme en Oriente Medio. En la región, sólo hay un enemigo con capacidad para diseñar, construir y operar estos sistemas, que es Irán; un país que ya ha demostrado de sobra sus ambiciones sobre la región. Da lo mismo que hayan sido lanzados u operados por yemeníes o iraníes, el efecto es el mismo, y por tanto una escalada hacia el conflicto se ha iniciado entre los dos grandes países de la región, Irán y Arabia saudita, y cada uno con su cohorte de aliados.

Cuando estamos a las puertas de una recesión económica mundial, estos ataques tienen un objetivo estratégico que excede del conflicto del Yemen; es provocar la inestabilidad en los mercados y generar una situación de tensión que conduzca a un cambio en el escenario, bien sea con el levantamiento de las sanciones a Irán ante la eventualidad de un conflicto, o bien una respuesta militar para terminar con la amenaza iraní, lo que tampoco tendría consecuencias muy positivas, como es obvio.

Lo que ahora sabemos es que Irán está dispuesta por vía directa o indirecta a provocar el caos y encaminarnos a una situación muy delicada de consecuencias apocalípticas. La guerra en Yemen es todavía una vía de escape en el conflicto entre Irán y Arabia Saudita, pero si se amplían sus fronteras, la guerra será inevitable, y nos tendremos que remontar a la guerra de Corea para comprender el alcance del conflicto y su dimensión estratégica.

El mundo ha cambiado después de estos ataques, y deberemos prepararnos para proteger nuestros intereses de una nueva forma de producir un daño enorme, de gran precisión y con escaso riesgo. Si Irán ha dado este paso, hoy estamos más cerca de una guerra en Oriente Medio. Las palabras y las sanciones no han sido suficientes para convencer al régimen de los ayatollás, y es tiempo de comenzar a evaluar otras opciones para evitar que el mundo entre en una dinámica de guerra abierta. Lo que nos faltaba.

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