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ARGENTINA

Alpargatas sí, libros no

"Alpargatas sí, libros no" era el estribillo que vociferaban en Argentina, en 1945, los manifestantes enfrentados a los jóvenes universitarios que se resistían a la embestida autoritaria del entonces coronel Juan Domingo Perón. Ahora, el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, ha intentado vetar la presencia de Mario Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires, confundiendo su cargo con el del administrador de un depósito de aquel calzado emblemático.

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Su intención era ocultar tras un par de alpargatas el discurso de Vargas Llosa, liberal y hostil a toda forma de totalitarismo, populismo y nacionalismo, tres ismos que el peronismo lleva impresos en sus genes. Fernando Savater, otro de los invitados incómodos a dicha Feria, explicó a un grupo de escolares:

El populismo es la democracia de los ignorantes. Lo que es la democracia para las personas cultas, una forma de gobierno que genera esperanzas y la forma civilizada de vivir en sociedad, es sustituida por el populismo, que es una degradación destinada a los ignorantes.

Horacio González y el grupúsculo de obsecuentes que habían impugnado la presencia de Vargas Llosa sólo le inspiran desprecio:

Yo conozco la Feria del Libro, conozco a Vargas Llosa, y no conozco a ninguno de los que intervienen en la polémica. Por algo será.

Aunque si los conociera, con sus traumas de revolucionarios frustrados, reclutados por la nomeklatura y sujetos a la disciplina del pensamiento único, sabría por qué son tan intolerantes. En cambio, Savater se equivoca cuando dice:

Ahora hablar de peronismo es hablar de arqueología; llamarse peronista es como si yo me llamara Tiranosaurio rex.

Ojalá tuviera razón, pero el Tiranosaurio rex todavía está allí, como el dinosaurio de Augusto Monterroso.

Fratricidios y purgas

El Tiranosaurio rex del peronismo siempre demostró predilección por las alpargatas en perjuicio de los libros, no sólo en la retórica tumultuaria, también en los hechos. Plagado de contradicciones que a menudo desembocan en rupturas y expulsiones, cuando no en fratricidios y purgas espectaculares, el peronismo sólo es coherente a la hora de sofocar cualquier tentativa de enriquecer la cultura con aportes externos. Rasgo éste que comparte con todos los otros totalitarismos. Cuando sólo hacía dos meses que Perón había asumido la presidencia, Jorge Luis Borges, anatematizado por su cosmopolitismo, fue trasladado de la biblioteca municipal donde trabajaba para sobrevivir a la inspección de pollos y conejos en los mercados municipales. Y el prestigioso fisiólogo Bernardo Houssay, a quien expulsaron de su cátedra por haber firmado un manifiesto a favor de la democracia, fue ninguneado por el gobierno y sus medios de comunicación cuando volvió a Argentina galardonado, en 1947, con el premio Nobel de medicina.

Eso sí, el peronismo se jacta de tener un valioso patrimonio de cultura propia y autóctona. Aunque a poco que se analice su contenido se encontrarán en ella los detritos de los peores engendros ideológicos extranjeros de los tiempos modernos y pasados: feudalismo, castrismo, fascismo, nazismo, estalinismo, trotskismo y maoísmo, sin excluir, en casos extremos, tentaciones supersticiosas como la del espiritismo, que sedujo más de una vez al mismísimo Perón. Un buen punto de partida para este análisis es la Muestra Homenaje al Pensamiento y al Compromiso Nacional que se exhibe en el palacio de exposiciones de la Secretaría de Cultura. Allí, lo primero que llama la atención del visitante, y lo orienta para conocer mejor la calidad de ese pensamiento y ese compromiso, es un pimpampum donde se practica el tiro con pelotas a un gorila, figura que en el imaginario peronista representa a los opositores. Para que no falte nada, según explica la estudiosa Beatriz Sarlo, "es singularmente asqueroso el cartel con imágenes para escupir que colgó La Poderosa [una página web guevarista, nacionalista y muy virulenta]". Sarlo agrega:

Hannah Arendt dijo que el Mal es un hongo que invade todas las superficies, no algo que transcurre subterráneamente, en las profundidades. Es lo visible trivial, tan trivial que casi estamos a punto de pasarlo por alto porque, además, alguien del montón, ajeno a la excepcionalidad, puede realizar actos malignos o viles. El juego del gorila, se dirá, es un chiste, la escupida es como realizar un sueño imposible. Nada más significativo.

Necrófilos en puestos de honor

El pensador paradigmático de la muestra es, faltaría más, el difunto ex presidente Néstor Kirchner, sobre cuyo aporte al progresismo se explayó largamente Jorge Fernández Díaz, incisivo columnista del diario La Nación de Buenos Aires:

Kirchner y su esposa tenían una pálida y remota militancia de izquierda en los setenta. Pero hicieron fortuna durante la dictadura, integraron la renovación justicialista, acompañaron el proyecto de Menem y, al final, se transformaron en los primeros duhaldistas. Eran tan peronistas que nadie podía confundirlos, en una noche de luna llena, con ningún progre, por más mala vista que tuviera.

¿Cómo conquistó Kirchner la imagen de progre?

Lo logró con muy poco: ofensiva contra los dinosaurios del Proceso, entrega a los setentistas de la política de defensa, subsidios para las Madres de Plaza de Mayo, empleos públicos directos o indirectos para periodistas e intelectuales adictos.

Fernández Díaz no sólo evoca las pasadas complicidades con Menem y Duhalde, de los que posteriormente se colocó en los antípodas (aunque su viuda ha recuperado el contubernio con Menem), sino que enumera las nuevas, incluida la que urdió con el veterano represor y carapintada Aldo Rico. En la lista figuran los barones del conurbano bonaerense, los gobernadores y caciques más recalcitrantes del peronismo ortodoxo, los burócratas sindicales, los dóciles periodistas de derecha, los empresarios amigos de dudosa prosperidad y los grupos de choque que actualmente, aunque Fernández Díaz omita especificarlo, llevan su comportamiento mafioso y homicida a extremos escandalosos. Por ejemplo, cuando bloquean la salida de los diarios poco complacientes o cuando asesinan a trabajadores no enrolados en los sindicatos verticales. No faltan, dentro del oficialismo, quienes atribuyen la crisis cardiaca de Kirchner a un duro enfrentamiento verbal con el capo del sindicato de camioneros, Hugo Moyano, émulo del gangster norteamericano Jimmy Hoffa. El apetito de poder de Moyano no reconoce límites, e incluso se rumorea que la presidenta vive acojonada por sus amenazas.

Con tamaña figura estelar en la constelación de pensadores, no sorprenderá a nadie que la magnitud de los satélites tienda al enanismo. Para las semblanzas que ofrezco a continuación he recurrido a los recuerdos que conservo a partir de aquel fatídico 1945, a mis archivos y, sobre todo, a dos libros indispensables: Historia del peronismo, en tres volúmenes, del tenaz periodista Hugo Gambini; y Crítica de las ideas políticas argentinas, del polifacético estudioso Juan José Sebrelli. De John William Cooke, ideólogo de la guerrilla montonera que intentó en vano sellar un pacto entre Perón y Fidel Castro, y del Che Guevara, que imaginaba al buen revolucionario como "una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar", ya me ocupé en mi artículo "Los dos demonios de Argentina". Sólo debo agregar que ambos necrófilos ocupan puestos de honor en esta galería de famosos.

Los caprichos del líder

Sobresale, entre los pintorescos, un personaje cuya especialidad consistía en denigrar con despectiva causticidad cualquier formulación cultural que tuviera una pizca de contaminación extranjera. Aun antes del advenimiento de Perón, en el año 1942, le escribía a un amigo: "Para nosotros la democracia es el gobierno del pueblo, con o sin Parlamento; con o sin jueces". Durante el breve interregno montonero del presidente Héctor Cámpora, Jauretche dirigió la editorial de la Universidad de Buenos Aires. En aquella época, el rector de dicha universidad era otro de los próceres hoy canonizados: Rodolfo Puiggrós, cabecilla y solitario militante de un fantasmagórico Partido Comunista peronista, incapaz de competir con su rival homónimo de obediencia moscovita.

De mayor talla intelectual, pero no menos sujeto a los caprichos del líder máximo, era Raúl Scalabrini Ortiz, orteguiano hasta donde podía serlo un peronista, y obsesionado por una anglofobia que lo llevó a Alemania en pleno auge del nazismo. Decía, según Sebrelli: "A nosotros no nos interesa lo que haga el señor Hitler en Alemania, sino sólo si lo que hace favorece o no a la Argentina, al Perú o Venezuela, etc. Si va contra Inglaterra –como parece–, debemos aprovecharlo al máximo, sin preocuparnos por ello de la ideología o los métodos hitlerianos". Siempre según Sebrelli, "esta respetuosa actitud le valió a Scalabrini Ortiz el ofrecimiento de la embajada alemana para financiar su periódico Reconquista". El pragmatismo poco escrupuloso del hoy homenajeado Scalabrini Ortiz está a años luz de la confusión ideológica que exhibió, siempre en plan dogmático, el filósofo favorito de Perón, Carlos Astrada. Éste presidió, por orden expresa del líder, el Congreso Mundial de Filosofía que se celebró en Argentina en 1949. En él, Astrada no ocultó que profesaba, con la fe del carbonero, la ideología nazi, vertida en forma de disertaciones sobre Nietzsche y Heidegger. Lo curioso, o no tanto, es que pocos años después Astrada abrazó, con el mismo fervor dogmático, el contenido del Libro rojo de Mao.

En el panteón consagratorio de la llamada cultura nacional argentina figuran los nombres de otros dos presuntos ideólogos cuyos nombres Fernando Savater seguramente desconoce, con lo cual no pierde nada. Uno de ellos fue Juan José Hernández Arregui, quien, intoxicado por un cóctel de marxismo y peronismo, parió cavilaciones tan obscenas como ésta:

El nacionalismo fue nazi. Este nazismo, empero, no fue enteramente negativo, en tanto una de sus raíces, a pesar de las ideologías en lucha en el mundo, se troquelaba con la neutralidad argentina como tradición histórica, y además resistía al imperialismo británico.

El otro prócer del monto-kirchnerismo es Jorge Abelardo Ramos, un vivales que fraguó una lucrativa variante criolla del trotskismo, adornada con la etiqueta de izquierda nacional, y se la sirvió en bandeja a Perón, para que éste la explotara como mejor le pareciese. También este charlatán, que despachaba su mercancía tarada en la prensa peronista con el seudónimo Víctor Almagro, dejó un razonamiento perverso para la posteridad cuando dijo, en la etapa del pacto Hitler-Stalin, que ese era "el único periodo de su historia en que el estalinismo se aproxima a una posición nacional, aunque confusa e inarticulada".

Para ser honesto, debo confesar que en medio de esa fauna de mistificadores ensoberbecidos sólo me parecen rescatables los pocos que vivieron con autenticidad su inmersión en lo que ellos consideraban la corriente nacional. Y esos pocos pertenecen al mundo del tango. El poeta Homero Manzi se dejó envolver en la telaraña peronista por razones sentimentales, y Enrique Santos Discépolo encauzó a través del peronismo toda la amargura y el resentimiento que emanaban de su experiencia vital.

Cadáveres políticos

Lo cierto es que si se practicara la autopsia de los cadáveres políticos a los que hoy rinden pleitesía sus catecúmenos paleomontoneros y kirchneristas se encontrarían metástasis de todas las ideologías asesinas que ensangrentaron el mundo en el siglo XX y aún siguen martirizándolo. Pero afortunadamente la disertación de Vargas Llosa en la Feria del Libro transcurrió en paz, entre los aplausos de sus lectores y admiradores. Hubo pocas notas discordantes fuera del recinto. Una la puso el director de la Alpargatería (perdón, Biblioteca) Nacional, el incorregible Horacio González, en un farragoso artículo que publicó el diario kirchnerista Página 12, donde ensalzaba a Scalabrini Ortiz, el mismo que se había mostrado complaciente con Hitler en la guerra contra Gran Bretaña, y lo comparaba con Vargas Llosa, culpable de denunciar los totalitarismos, los populismos y los nacionalismos, lo cual lo arroja al infierno de los derechistas y liberales incapaces de asimilar las enseñanzas de grandes líderes como Perón, los Kirchner, los Castro, Chávez o Ahmadineyad, a quien tampoco le faltan admiradores en la corte de la presidenta Cristina.

La otra nota discordante la puso el jefe de gabinete, el ágrafo Aníbal Fernández, dúctil servidor de todos los gobernantes peronistas. Con su habitual lenguaje barriobajero recriminó a Savater y Vargas Llosa que se inmiscuyeran en la política interna argentina, argumento éste que había empleado hasta el hartazgo la dictadura militar argentina (y que emplean todas las dictaduras totalitarias) cada vez que un gobierno democrático o un organismo internacional impugnaba la violación de los derechos humanos. Dios los cría y los genes totalitarios los juntan. ¡Qué tropa!

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