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EEUU/CENTROAMÉRICA

CAFTA o una cucharada de azúcar amargo

Si usted compra azúcar en cualquier supermercado norteamericano se verá obligado a pagar más de lo necesario. La razón es que la industria azucarera ha sido muy hábil en crear una red de apoyos en el Congreso que le permite no tener que enfrentarse a la competencia de productores extranjeros.

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La influencia de la industria azucarera (agricultores, productores, etcétera) es desproporcionada a su tamaño. Entiende muy bien la importancia de tener una buena representación en Washington. Es un ejemplo perfecto para todos aquellos grupos económicos –incluidos los internacionales– que buscan formas políticas de proteger sus intereses. Microsoft tardó mucho en aprender la lección; los principales bancos y empresas españoles aún no lo han hecho.
 
El lobby azucarero tiene en jaque la aprobación del CAFTA (Central American Free Trade Agreement) por parte del Congreso. Su numantina posición es injustificada. El acuerdo ya contempla medidas muy favorables; por ejemplo, un periodo de veinte años de progresiva liberalización para la exportación de azúcar.
 
El CAFTA es un acuerdo para la progresiva reducción de barreras comerciales entre EEUU, cinco naciones de Centroamérica (Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua) y la República Dominicana. Un mercado, el conformado por estos seis países, de 44 millones de personas. Muchos de los acuerdos comerciales ya están funcionando, pero el CAFTA provee un marco legal permanente.
 
El lado comercial reportará beneficios económicos a todos los países participantes. El NAFTA, que precedió al acuerdo actual, provocó un crecimiento económico sin par tanto en México como en EEUU. El CAFTA no será una excepción.
 
Hugo Chávez y Fidel Castro.No obstante, la verdadera importancia del CAFTA son sus consecuencias políticas y sociales. Durante los últimos cien años Centroamérica y el Caribe ha sido el patio trasero del Tío Sam. De forma intermitente, EEUU ha intervenido directamente en la historia de los países de lo zona. Pero nada se puede comparar a los posibles efectos del CAFTA.
 
La actual coyuntura puede tener repercusiones sin parangón en la historia de esas repúblicas. Una mayor integración económica tendrá efectos directos en el crecimiento de las clases medias y en el aumento de la transparencia; en definitiva, en el florecimiento y perduración de estas jóvenes democracias. Por eso tanto Chávez como Castro están en contra del CAFTA y de cualquier acuerdo librecambista.
 
Los beneficios de una ínfima minoría no pueden prevalecer sobre la importancia estratégica y la política de buen vecino de los Estados Unidos. Un "no" del Congreso sería muy peligroso para la región: podría poner en bandeja de plata a Chávez países como Nicaragua. Es más, si EEUU se desentiende estos países se acercarán a otras potencias, sobre todo China, hambrienta de recursos naturales. Por desgracia, pese los esfuerzos españoles, la UE está demasiado dividida como para crear un marco económico estable con América Central.
 
Desde la Doctrina Monroe (1823) los Estados Unidos considerado América Latina su esfera natural de influencia. No aprobar el CAFTA sería ir en contra de uno de los pilares históricos más importantes de su política exterior.
 
La Administración Bush está embarcada en una guerra a escala mundial contra sus enemigos. Si la situación en América Latina se complica habrá repercusiones geoestratégicas directas para EEUU en desiertos lejanos.
 
Si EEUU no aprueba el CAFTA –y los otros acuerdos de libre comercio en curso (sobre todo Colombia)– y la región cae en desgracia, las generaciones futuras se preguntarán por qué quienes tuvieron tan fácil mantener la paz y su bienestar hicieron tan poco para conseguirlo.
 
Los intereses económicos de unas minorías no pueden prevalecer ante la libertad económica de los ciudadanos. Si la industria azucarera logra parar el proceso todos nos veremos obligados a tragar una cucharada de azúcar muy amarga. Y eso no, gracias.
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