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BRASIL

Dilma Rousseff: ¿podrá sacudirse a Lula?

No hay dudas de que Dilma Rousseff debe buena parte de su victoria electoral a su gran mentor, padrino y patrocinador, Luiz Inácio Lula da Silva. Lo que tendrá a partir de enero es un gran desafío: no sólo se verá obligada a mantener el buen ritmo de Brasil, sino que tendrá que buscarse un lugar en la política local. ¿Será capaz de sacudirse la sombra del aún presidente?

Martín Higueras Hare
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Las mayores críticas que recibió Lula da Silva durante la campaña se centraron en su excesiva presencia en la misma, apoyando abiertamente a la que era su candidata e ignorando la regla tácita que pide al jefe del Estado abstenerse de la batalla electoral. Nada de eso pareció importarle, y más bien quiso rentabilizar al máximo el impresionante 80% de popularidad con el que va a dejar el cargo. Pese a ello, Rousseff no pudo ganar en primera vuelta y tuvo que esperar todo el mes de octubre para hacerse con la victoria frente al socialdemócrata José Serra.

En principio, algunos vieron en los resultados de la primera vuelta un síntoma de la debilidad de la propia Rousseff, sobre todo teniendo en cuenta que poco antes de que se celebrara muchas encuestas la daban como ganadora con mayoría absoluta, cosa que finalmente no ocurrió, tal vez por las numerosas acusaciones de corrupción que pesaban sobre algunas personas muy cercanas tanto a la candidata lulista como al Partido de los Trabajadores (PT).

La nueva presidenta tendrá que lidiar con las formaciones integradas en su amplia coalición, la misma que ha apoyado a Lula en los últimos ocho años. Tanto en la Cámara Baja como en el Senado, este bloque de una decena de partidos ha logrado retener el control del Legislativo, por lo que la oposición no será un problema para Rousseff. En el Senado, los candidatos respaldados por Lula obtuvieron 40 de los 54 escaños en disputa, de un total de 81. A partir de enero, el oficialismo tendrá 55 bancas (por las 39 que tiene ahora), mientras que la oposición ha perdido diez (de 32 a 22) y los independientes han pasado de 4 a 10. De esos 55 escaños, 20 corresponden al Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), del vicepresidente electo Michel Temer, y 18 al PT. El Partido Progresista (PP), que pasa de uno a cinco senadores, querrá cobrar su aportación a la victoria. En la Cámara Baja el oficialismo suma 311 de 513 escaños, con mayoría de representantes del PT (88) y del PMDB (79).

Lula da Silva.Uno de los primeros desafíos de Rousseff será la negociación, con sus aliados, sobre la presidencia de las cámaras legislativas. Muchos analistas ven a Temer como la pieza clave: su partido ha formado parte de todos los gobiernos brasileños desde que el país recobrara la democracia, en 1985; sin duda, éste es un dato importante cuando se habla de negociaciones y alianzas. La gran suerte, tanto para Rousseff como para Temer, es que la oposición está fuera de cualquier quiniela.

La salud de la presidenta electa es un asunto que pocos mencionan pero que podría tener su importancia. El año pasado se le diagnosticó un cáncer linfático y se vio obligada a someterse al siempre duro tratamiento de quimioterapia. Y aunque al parecer se recuperó por completo, se ha comentado que aquí podría haber un núcleo de dificultades. Felizmente, en la campaña electoral nadie se atrevió a jugar sucio con esto. Pero también es cierto que parte del electorado votó mirando de reojo el nombre del candidato a la vicepresidencia...

El gran legado de Da Silva a Rousseff es el mismo que aquél recibió de Carlos Henrique Cardoso hace ocho años: la buena marcha de la economía. Seguir con las mismas políticas no le será muy complicado, y todos concuerdan en que es lo más recomendable. Pero lo que sí se espera es que dé un giro radical a la política exterior. Lula, aunque de manera prudente, ha estado muy cerca de Hugo Chávez y de sus seguidores en la región, como Cristina Fernández, el fallecido Néstor Kirchner, Evo Morales y Rafael Correa. Por si eso fuera poco, también tuvo tratos con el enloquecido presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, lo cual le valió numerosas críticas en el continente. No hay que olvidar tampoco la vergonzosa participación que tuvo Brasil en la crisis hondureña, cuando Lula prácticamente entregó su embajada en Tegucigalpa al defenestrado Manuel Zelaya, para que se asilara y dirigiera sus acciones desde allí.

La política exterior fue uno de los puntos más negros del gobierno de Lula. El flamante premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, ha sido bastante claro al respecto: "Mi esperanza sería que la política internacional fuera distinta, que haya menos complacencia con las dictaduras de la que ha habido con Lula".

En enero, Dilma Rousseff se convertirá en la primera presidenta de Brasil, y tendrá que demostrar a Lula y a los otros 55 millones largos de compatriotas que la votaron que no se equivocaron. Pero para que su gobierno sea auténtico y novedoso tendrá que sacudirse de encima la sombra de su mentor.

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