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NACIONES UNIDAS

El canto del cisne de Kofi Annan

El secretario general de Naciones Unidas dirá este año “hasta la vista”. Aparte de las que nunca respondió acerca del escándalo relacionado con el programa de la ONU 'Petróleo por Alimentos', este diplomático de carrera deja muchas preguntas sin contestar.

Judi McLeod
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Observadores de la ONU se preguntaban cómo pudo Annan contemplar cómo otros negros eran masacrados en Ruanda o en Darfur de Sudán durante su mandato. En 2005, en el transcurso de una visita a Darfur que describió como "sobrecogedora", Annan reclamó una acción rápida para terminar con la violencia en la región. Al menos 180.000 personas han muerto en Darfur, y dos millones han huido de sus hogares. Los líderes tribales del campamento de refugiados de Kalma, junto a la ciudad de Nyala, dijeron al secretario general que en los últimos meses 56 personas habían sido asesinadas en el campamento, y 580 mujeres agredidas sexualmente. Culpaban de los ataques a las milicias árabes progubernamentales y a la policía sudanesa.
 
"Obviamente, todo el mundo dice que se está mejor que hace un año, pero ésta no es una situación aceptable por mucho tiempo", declaraba Annan durante la visita. Para el pueblo de Darfur, las palabras de Annan tuvieron que ser el eufemismo del siglo. Globalmente, la ONU ha sido acusada de hacer allí lo menos posible.
 
Después está el historial de Kofi Atta Annan en Ruanda. Como director de la oficina de pacificación de la ONU, podría haber evitado la matanza de 800.000 hutus y sus simpatizantes en 1994. El general canadiense Romeo Dallaire, jefe de una misión de pacificación de la ONU en Ruanda, suplicaba con apremio a Annan que interviniese antes de que comenzase la matanza. Dallaire estaba al tanto de los preparativos del genocidio. Annan rehusó tanto actuar como decir algo en público. El resto es historia trágica.
 
Annan se comporta como lo que es, un miembro de la realeza. Annan desciende de la realeza fante (un grupo tribal de Ghana), cuyos miembros hacían de "intermediarios" a los comerciantes de esclavos europeos en el interior de África. Sus detractores dicen que lo que hace Annan en la ONU es, precisamente, llevar la miseria a sus semejantes de piel negra y beneficiar a esclavistas blancos modernos, como los franceses en Ruanda. "Su padre era mitad asante y mitad fante; su madre era fante. Los asante eran comerciantes de oro, mientras que los fante eran los intermediarios, en el comercio de oro, entre los asante y los británicos (www.pbs.org). Los dos abuelos de Annan, así como su tío, fueron jefes tribales".
 
El pueblo fante vive a lo largo de la costa de Ghana, hasta el oeste de Accra, en aldeas pesqueras como Anomabu, Saltpond, Mankessim o Elimina, y en la ciudad de Cape Coast. Elmina fue el primer asentamiento europeo importante del África occidental, tras la construcción del Castillo de San Jorge, por parte de los portugueses, en 1492. "A lo largo de los siglos que siguieron, la región fue el epicentro del comercio de esclavos, y los fante se convirtieron en los intermediarios clave entre los esclavistas y los pueblos del interior, como los asante".
 
Diplomático de carrera de larga trayectoria, Annan llevó una vida a lo grande en Turtle Bay. Recibirá el tratamiento de un rey en ejercicio si decide volver a su Ghana natal cuando abandone la ONU. Al igual que sus seguidores, que se arraciman en torno suyo cuando visita el país, los líderes ghaneses le tienen en alta estima. El rey asante hasta le ha concedido un título que normalmente se atribuye sólo a los monarcas de sangre azul: el de "busumuru", que significa "consejero sabio". También se le ha pedido que sirva como coordinador de la región de Akwamu, cargo que ha rechazado.
 
Teniendo en cuenta el sufrimiento que tuvo lugar ante sus ojos en Ruanda y Darfur, es engorroso recordar que el New York Times se refirió una vez al secretario general saliente como "el calmadamente elegante" Kofi Annan.
 
El 2006 será el año del canto de cisne de Kofi Atta Annan. El "calmadamente elegante" Annan abandonará la suntuosa vida del gestor de la ONU y probablemente acudirá al sector privado a cobrar lo que se merece como personaje célebre.
 
 
Judi McLeod, columnista del Toronto Sun y del Kingston Whig Standard.
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