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CUMBRE DE LA OTAN

La hoguera de las vanidades

Las cumbres internacionales, igual que las elecciones, son siempre un éxito. Bueno, pues en ninguno de los dos casos es verdad. Las más de las veces a lo que se aspira después es a disimular un fracaso. Algo así se ha dicho y se ha hecho a propósito de la cumbre que la Alianza Atlántica ha celebrado en Lisboa.

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La cumbre se ha vendido como la más importante de la historia de la OTAN; eso ha venido a decir su secretario general, Rassmusen. Pero, siendo sinceros y viendo las cosas con un poquito de perspectiva, las palabras del danés han de interpretarse como una voluntariosa exageración.

Cumbres importantes –estratégicamente hablando– fueron, por ejemplo, la que aprobó la Respuesta Flexible (1968), que llevó a Francia a salirse de la estructura militar de la organización; la de 1981, que dio su visto bueno al despliegue de los euromisiles en cinco países europeos, lo que provocó manifestaciones multitudinarias de pacifistas dispuestos a seguir el juego a Moscú que, afortunadamente, no llegaron a nada; o la de Roma de 1991, la primera de entidad celebrada tras el final de la Guerra Fría, la primera donde se aprobó e hizo público un Concepto Estratégico. Comparada con cualquiera de ellas, la de Lisboa ha sido un mal chiste, se diga lo que se quiera decir desde la propia Alianza.

Ahora bien, tengo que reconocer que la reunión podía muy bien haber ido aún peor. Razones para el temor había de sobra; para empezar, un presidente americano que ha renunciado a ejercer el liderazgo que históricamente ha desempeñado su país. Obama es un mandatario que pasa continuamente por alto a Europa y castiga caprichosamente a sus aliados. Podía haber hecho como en la Cumbre EEUU-UE del pasado mayo: no asistir; claro, que eso hubiera supuesto la puntilla para la organización. Sea como fuere, lo cierto es que a Obama la OTAN le trae sin cuidado. Pero ahora no puede permitirse una mala recepción de su política exterior, habida cuenta del duro castigo electoral que le acaban de imponer sus compatriotas. Quiso jugar a líder transformador de América y los americanos no se lo han consentido; ahora le toca el turno al mundo, que utilizará para el lavado de imagen que necesita de cara a las presidenciales del 2012.

Volvamos a Lisboa. ¿Cuáles serán esos grandes logros que tan contentos han dejado a los responsables de la mayor y mejor alianza militar de todos los tiempos? Pues, para empezar, una nueva relación con Rusia, aunque en realidad se trate de la de toda la vida. Americanos ha habido que han llegado a calificar de revolucionario el que Rusia ya no sea un adversario sino un aliado más, dado que no ha vetado la decisión de desplegar en los próximos años un escudo antimisiles. Llegados a este punto, conviene recordar que fue Obama quien, unilateralmente, decidió desmantelar el sistema original, que habría de instalarse en Chequia y Polonia. Lo de ahora tiene por foco el Medio Oriente, si bien los aliados no han querido decir contra qué misiles está pensado. Se trata de un proyecto menos robusto, sobre todo en términos políticos, que el del vilipendiado Bush, dado que no está enraizado en terreno alguno, sino que depende de buques de guerra.

Por otro lado, parece que los aliados han decidido olvidar que la OTAN es soberana para adoptar las decisiones que considere oportunas. Pero como la administración americana actual quiere, por encima de todo, llevarse bien con Moscú, qué más da que el escudo antimisiles sea bien visible en tierra o muy escurridizo en las procelosas aguas del Mediterráneo Oriental... Es más, se ha celebrado que el presidente ruso asista a la cumbre y acepte retomar los trabajos del Consejo OTAN-Rusia, que no celebra una sola reunión desde la invasión putinesca de Georgia: todo un gran logro, habida cuenta de que Moscú sigue en la zona, ha independizado de hecho las provincias de Abjasia y Osetia del Sur, ha impuesto su criterio de quién puede y no puede ingresar en la Alianza desde lo que llama espacio post-soviético... sin pagar precio alguno por todo ello.

Aparte de la debilidad de pivotar sobre buques de guerra, otro factor que hace poco creíble el proyecto del sistema antimisiles –el segundo gran logro de la cumbre– es su precio, sobre todo con la severa crisis económica que estamos padeciendo. Sólo en muy pocos casos los presupuestos de defensa se han mantenido en los niveles del año pasado, y todo apunta a que en el próximo ejercicio entrarán en caída libre, con recortes, en muchos casos, que se esperan ronden el 20%. No está el horno como para bollos como el del escudo de marras, de dudosa eficacia y un coste exorbitante.

El tercer gran logro sería el acuerdo alcanzado sobre la estrategia para Afganistán. De nuevo, el autoengaño. La OTAN ha estado bailando en Afganistán al son de la música norteamericana desde el mismo 2001, no ha mostrado la menor capacidad para estructurar una visión propia. Lo que hoy ocurre en aquel teatro de operaciones no se puede entender sino recurriendo a las decisiones de Barack Obama, quien tardó un año en aclararse sobre qué quería hacer. De hecho, la estrategia supuestamente aceptada en Lisboa es un subproducto de la revisión que América está haciendo de su compromiso allí, y que se espera se haga pública en un par de meses.

David Petraeus.A pesar de todo lo dicho y en teoría acordado durante esta cumbre, cabe subrayar que en Washington sigue habiendo dos grupos claramente enfrentados en lo relacionado con la cuestión afgana. Hace unos pocos días, en un almuerzo privado, el general Petraeus me manifestaba su "optimismo cauto": puede vencerse siempre y cuando se cumplan dos condiciones: que Obama se olvide de la fecha de salida fijada (julio de 2011) y que se incremente significativamente el número de entrenadores militares dedicados a formar a las fuerzas de seguridad afganas. Parece que Petraeus está consiguiendo lo primero; en cuanto a lo segundo, los americanos pretenden que corra a cargo de sus aliados europeos. A ver qué pasa...

Por otro lado, ésa es una batalla política que no está resuelta. El Congreso salido de las elecciones de mid-term ha hecho que en el grupo demócrata sean mayoría los detractores de la guerra, y su líder, Nancy Pelosi, está escorándose aún más –si cabe– hacia la izquierda pacifista. Habrá que ver si Obama elige el calor de los suyos o el apoyo de los republicanos.

La Casa Blanca ya no habla de retirada, sino de transición hacia una completa afganización. El problema estriba en que tanto el presidente como el Pentágono ven el éxito de esta operación en términos meramente cuantitativos: quieren unas fuerzas afganas de medio millón y quieren que estén disponibles cuanto antes. Pero, por lo que sabemos, cantidad no es lo mismo que calidad. El ejército afgano, hoy, no es que esté mal entrenado y pobremente equipado: es que su lealtad hacia cualquier causa es dudosa y su fiabilidad, aún más, estando como está penetrado por insurgentes de todo tipo.

Por último, qué decir del nuevo concepto estratégico. Yo, que he estado oficialmente involucrado en los trabajos preparatorios, puedo decir que el resultado final, y no cabía esperar otra cosa, no puede ser más insulso. La OTAN ha solido ser muy mala para anticiparse al futuro, y suele más bien tender a codificar su pasado más reciente. ¿Cómo explicar, si no, toda la fanfarria sobre la ciberseguridad, justo cuando ataques como el destinado a interferir el programa nuclear iraní o las contramedidas de Teherán contra la cadena de Murdoch Farsi 1 son cosas cotidianas de las que hablan los parvulitos?

Esta nueva OTAN huele demasiado a un pasado que amenaza pudrirse antes de lo que muchos se imaginan. Atentos a la próxima cumbre.

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