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IBEROAMÉRICA

La violencia en la región

¿Cómo se mide el éxito o el fracaso de una región? ¿Sirve como parámetro el nivel de violencia? ¿Hay algo que celebrar en ese terreno en América Latina? Por supuesto, pero más que felicitarnos por nuestros aciertos debemos hacerlo por los errores que no cometimos.


	¿Cómo se mide el éxito o el fracaso de una región? ¿Sirve como parámetro el nivel de violencia? ¿Hay algo que celebrar en ese terreno en América Latina? Por supuesto, pero más que felicitarnos por nuestros aciertos debemos hacerlo por los errores que no cometimos.

En general, el ámbito latinoamericano no ha sido demasiado mortífero, sobre todo durante el último siglo. Mientras nuestros primos europeos se dedicaban a hacerse la guerra y a matarse de las formas más crueles, en nombre del nazi-fascismo o del comunismo, o de pretextos absurdos como el equilibrio de poderes y el espacio vital, el siglo XX latinoamericano fue parco en conflictos internacionales.

Guerra, lo que se dice guerra, sólo hubo una en la región; entre Paraguay y Bolivia, de 1932 a 1935. Unos cien mil soldados de dos de los países más pobres de Sudamérica se dejaron la piel disputando un territorio árido, casi inhabitable, el Chaco, que no servía para casi nada. Fue la primera vez que alguien definió un enfrentamiento bélico como "dos calvos peleando por un peine" (Borges recuperó la frase años más tarde para describir el episodio de las Malvinas). Es cierto que hubo escaramuzas y batallas breves entre Honduras y El Salvador, en la llamada Guerra del Fútbol (1970), y Perú y Ecuador chocaron en la selva limítrofe en 1995, pero ambos episodios no pasaron de ser conflictos armados escasamente importantes, salvo para los muertos y damnificados, por supuesto.

Tuvimos, sin embargo, varias lamentables carnicerías domésticas: la revolución mexicana de 1910, los mataderos centroamericanos de los años setenta y ochenta; los miles de asesinatos cometidos por los ejércitos del Cono Sur en el mismo periodo como reacción a la violencia de la izquierda marxista, la vieja insurgencia asesina de las narcoguerrillas colombianas y de los paramilitares que se les oponían y el intermitente paredón de fusilamiento en la Cuba comunista, ya fatigado tras medio siglo de sangriento ajetreo. Parece mucho, y acaso lo sea, pero el número de víctimas, no obstante, es la centésima parte del que registró Europa en el mismo periodo.

Esta cuenta siniestra no incluye, claro, la creciente violencia generada por las mafias de delincuentes que carecen de color político. Es perfectamente lícito medir el éxito o fracaso de América Latina por el escaso valor relativo de la vida en algunas regiones. John Locke, que es el padre de los Estados modernos en Occidente, advirtió que la primera función del Gobierno era salvaguardar los derechos a la vida, a la propiedad y a la libertad. En algunos países latinoamericanos es una broma hablar del derecho a la vida. En Guatemala, El Salvador, Honduras, en algunas ciudades mexicanas y en Caracas, la tarifa de los sicarios para matar a casi cualquiera es de pocas docenas de dólares. Cuesta menos ordenar un asesinato que comprar un teléfono móvil o un buen par de zapatos.

Pero el dato más grave es que la tendencia se va esparciendo e intensificando. Buenos Aires, la gran urbe latinoamericana, se está convirtiendo en una ciudad muy peligrosa. En Río de Janeiro y en Sao Paulo mucha gente vive aterrorizada. En Guayaquil y Quito, todavía a otra escala, ocurre lo mismo. Santo Domingo, que hasta hace pocos años era un sitio seguro, como la vecina San Juan de Puerto Rico, dos capitales del Caribe fiestero y risueño, son hoy dos lugares en los que la ciudadanía vive con la guardia en alto y las ventanas llenas de rejas por temor a los asaltos y a los robos.

Nadie sabe muy bien cómo frenar el fenómeno. Hay lugares en los que llamar a la policía agrava el problema. El escritor Raúl Rivero suele jurar que alguna vez leyó en un diario mexicano el siguiente titular: "Chocan un tren y un autobús: los heridos y supervivientes huyen despavoridos a la llegada de la policía". Tal vez sea un chiste, pero pudiera ser cierto. Según el presidente mexicano Felipe Calderón, la mitad de los policías de su país, un cuarto de millón de personas, está corrupta. Cuando llegan a la escena del crimen, lo más seguro es esconderse.

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