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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Los rusos en Argentina

Hay que leer lo que escribe el raro, el distinto, el minoritario. Hay que leer el Corán y el Libro Rojo del Gran Timonel, porque en sus páginas hay claves para explicarnos algunas de las cosas que nos pasan.

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Hoy quiero dar viejas noticias de esta Argentina triste y sin salidas evidentes en la que estoy trabajando. Las encontré en un libro comprado a precio casi virtual en una parada del Parque Rivadavia, una de las muchas cuestas de Moyano que proliferan en Buenos Aires.
 
La obra en cuestión se llama El socialimperialismo ruso en la Argentina y está firmada por Carlos Echagüe, seguramente un seudónimo, un militante prochino que se tomó el trabajo de sentarse a revisar los periódicos publicados entre 1973 y 1982, fecha de edición de su trabajo, y de recortar de ellos todo lo relativo a los capitales rusos en el país. Ninguna información secreta, sólo una lectura obsesiva y selectiva de la prensa, hecha por alguien a quien movía una repulsión esencial hacia la URSS, aunque después, incapaz de emprender una crítica radical de las izquierdas, se dedicara a promover las virtudes imaginarias del maoísmo. Esa lectura obsesiva le sirvió para precisar hasta qué punto Rusia, la eterna, que más allá de quien ocupara las estructuras del Estado en distintas épocas, se mantuvo fiel a sus propios intereses permanentes.
 
Yo había entendido hace muchos años que la dictadura de Videla, Viola y Galtieri había sido sostenida por los rusos, al menos desde el bloqueo decretado por el presidente Carter en nombre de los derechos humanos, mal que pese a los vociferantes contra el imperialismo yanqui (que, casualmente, en estos días de Gaza resultan ser los vociferantes judeófobos). Pero no tenia claro en qué medida el golpe de estado de 1976 había sido alentado y promovido por los soviéticos, entre otras razones porque no conseguía determinar el alcance de sus intereses en el país, fuera de los consabidos de la Guerra Fría.
 
Juan Domingo Perón.Estos extraños chinoístas se habían pronunciado en 1976 contra el golpe militar prosoviético y a favor de la permanencia en el poder de Isabel Perón, cosa que me había parecido delirante, a mí y a la gran mayoría de gente con un mínimo sentido de la dignidad política: uno no deseaba un golpe militar (y eso aun teniendo en cuenta que desconocíamos el alcance de lo que vendría, porque imaginábamos un golpe más y un gobierno provisional que llamara a elecciones sin la participación del peronismo), pero tampoco deseaba la continuidad de Isabel y López Rega y la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Sin embargo, vistas las cosas a más de treinta años de distancia, habría que darles una parte de razón, porque tras la muerte de Perón, con los cambios de composición del gobierno, se habían limitado determinados daños de los que no teníamos noticia. (El señor Echagüe, para mi vergüenza, viene a demostrar en su libro que sí teníamos noticia, pero no habíamos acusado recibo de la misma).
 
La cuestión es que, por los motivos equivocados, esta gente había hecho un análisis adecuado de una parte de lo real.
 
Perón había intentado, como relato en mi libro Perón, tal vez la historia, abrir las relaciones comerciales con la URSS de Stalin, sin éxito. Lo había hecho como gesto de independencia económica, pero como él solía hacer las cosas: sin medir exactamente las consecuencias a largo plazo. El verdadero vínculo no podía darse sin la mediación oficiosa de Alemania, eterna valedora de los intereses rusos, al menos desde 1917, con el consabido paréntesis 1941-1945, y único acreedor externo de la URSS, como se supo tras la caída del Muro de Berlín. Esa mediación no fue posible hasta 1966, cuando el general Onganía tomó el poder y decidió poner en marcha el llamado Plan Europa, de reprusianización del ejército argentino, que renovaba viejas alianzas (de 1904) con los alemanes.
 
Entonces se inició el largo camino de los pactos secretos que, tras el regreso de Perón, dieron sus frutos gracias a la designación de José Ber Gelbard en el Ministerio de Economía. Gelbard llevaba años de relación con los rusos, y fue su representante en el gobierno. No era difícil venderle acuerdos a Perón, que continuaba en sus trece con lo de la independencia nacional y el derecho argentino a comerciar con todos los países, a lo que se sumaba su instintiva antipatía hacia todo lo que oliera a anglosajón.
 
El joven banquero de Montoneros, David Graiver, sobre cuya trayectoria es más que recomendable Graiver, el banquero de Montoneros, de Juan Gasparini, publicado por Ediciones B, estaba en la misma línea. Graiver era el encargado no sólo de blanquear el dinero de la banda armada, procedente de secuestros, atracos y extorsiones, sino de hacer con él buenos negocios, que garantizaran una vejez tranquila a los dirigentes revolucionarios que sobrevivieran, una notable mayoría (los riesgos los corrían otros). Graiver murió en extrañas circunstancias, supuestamente en un accidente aéreo en México, y corrió el rumor de que en realidad su fallecimiento había sido un montaje destinado a retirarse de la circulación indefinidamente.
 
Una parte importante del poder real en el último gobierno de Perón estaba en manos de personajes que no sólo no interrumpirían su carrera con la Dictadura, sino que, por el contrario, prosperarían con ella. De ahí la continuidad de intereses entre el peronismo y los militares, tras una suspensión de actividades en el inepto y grotesco gobierno de Isabel y López Rega.
 
Lo que en verdad sucedió entre 1972 y 1982, con muertos, desaparecidos y olvidados, fue una guerra civil por el control del peronismo. Yo lo llamo "guerra civil peronista", en el entendido de que todos los que entonces militamos en cualquier organización no peronista no hicimos otra cosa que participar involuntariamente de esa disputa. El almirante Massera, el más bestia de los represores, aspiraba a quedarse con el movimiento, y mientras torturaba militantes montoneros en la célebre Escuela de Mecánica de la Armada pactaba con sus dirigentes, dinero mediante, para comprar su futuro liderazgo. Massera también fue amado por los soviéticos, y el golpe de marzo de 1976 tuvo el apoyo del Partido Comunista Argentino, en nombre de una coalición cívico-militar que "salvara" el país de no se sabe qué peligros.
 
El gobierno de Alfonsín (1983-1989) coincidió con la gran crisis de la URSS, y todos los negocios en trámite se vieron, si no suspendidos, sí atenuados en su alcance. Menem, que no consta en el libro de Echagüe por obvias razones temporales, recuperó, con el beneplácito de Siria, el lazo con una Rusia debilitada por el vodka de Yeltsin. Pero ha sido en el gobierno de los Kirchner (tanto monta) cuando todo ha vuelto a funcionar de acuerdo con el viejo plan. Siempre con Alemania de por medio: ¿o acaso no es el señor Schroeder el responsable de los negocios energéticos rusos? El reciente viaje de Cristina K. a Moscú, en la estela del asunto Repsol-Lukoil, fue una apertura explícita a los intereses rusos, con oferta incluida de participación en la supuestamente estatal Empresa Nacional de Energía, S. A., Enarsa, en el sector de la energía nuclear para usos pacíficos (como Ahmadineyad). Rusia está a punto de ser el principal inversor extranjero en el sector energético argentino. Y los vociferantes judeófobos seguirán oponiéndose al imperialismo yanqui y, cuando no les alcance, contra el español. Cuando España corre los mismos riesgos.
 
 
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