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GUATEMALA

Ni familiar, ni amiga, ni complotista... ni apátrida

Los medios guatemaltecos insistieron, machacona, sospechosa y timoratamente en tildar de "grupo de familiares y amigos" a los miles de guatemaltecos que protestamos pacíficamente en el Parque Central de la Ciudad de Guatemala el martes 12 y el miércoles 13 de mayo. Ignoro el motivo que tuvieron para minimizar la indignación ciudadana, aunque tengo para mí que fue puro apocamiento.

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Eso, los que cubrieron los hechos. Porque los plegados al oficialismo, es decir, los canales de televisión abierta (3, 7, 11 y 13) y la cadena radial del Grupo Sonora invisibilizaron el tema. Qué convenientes resultan para los malos gobernantes y los peores empresarios las componendas indecentes entre poder público y seudocorporaciones mediáticas.

Ahora bien, el motivo de las protestas sí que lo sé, y también lo dilucidará quien lea estas líneas, si está enterado del asesinato del abogado Rodrigo Roserberg. Este ciudadano grabó –dadas las amenazas que sobre él se cernían– unas declaraciones en un video que ha dado la vuelta al mundo. En él inculpa de su muy probable próxima muerte a altos funcionarios del gobierno de Guatemala, comenzando por el presidente, Álvaro Colom, su mujer, su secretario privado, uno de los financistas de su campaña y dos miembros del directorio de un banco de capital mixto.

Vea usted, quienes nos congregamos en el centro de la capital esos días no tenemos vocación bochinchera: todos somos gente que trabaja, estudia, cuida de su familia y su hogar, para quienes, por tanto, es muy alto el costo de oportunidad de acudir al parque dos horas al mediodía, bajo el sol ardiente del mayo guatemalteco. Y es que nos mueve algo poderoso, no la pura gana de moler. Nuestro objetivo es conminar a la investigación de los delitos pertinentes y al ejercicio de la acción penal contra los implicados, de manera autónoma e imparcial, para restaurar la confianza de los guatemaltecos, hoy perdida ante el aparente sometimiento del fiscal general de la República, Amílcar Velásquez Zárate, al presidente Colom.

"Familiares y amigos", nos llaman. ¿Acaso debemos serlo para exigir que a Álvaro Colom se le despoje del antejuicio del que goza para que sea encausado ante las graves acusaciones que sobre él pesan? Y con él, los otros sindicados. "Tiempo de solidaridad", ha sido el eslogan de su gobierno. Pues se le ha cumplido al señorito, porque no está solo en el más estruendoso escándalo político en Guatemala desde la intentona golpista de Jorge Serrano Elías en 1993. Y yo, tonta de mí, que pensaba que el gobierno del corrupto y matón confeso Alfonso Portillo (2000-2004) era lo peor que nos había pasado a los guatemaltecos en los pocos años que van de este siglo.

Un fotograma del vídeo que ha conmovido al mundo.No soy "familiar" ni "amiga" de Rodrigo Rosenberg, a quien no tuve el honor de conocer, y cuya memoria enaltezco cual la del patriota que fue. Tampoco soy una "agente complotista", a menos que amas de casa, profesionales, comerciantes y estudiantes nos llamemos así ahora y por lerdos no nos hayamos enterado. Porque el gobierno ha salido a chillar: "¡Conspiración, conspiración!". Encima nos consideran tontitos. De hecho, ahora están comprando tiempo, apostando a que pronto regresaremos a nuestras oficinas, negocios, cocinas y aulas, y rumiaremos nuestro apocamiento mientras rogamos que los próximos dos años y medio pasen rápido, hasta las próximas elecciones.

Pero nos han subestimado. No sólo a los manifestantes voluntarios: también a los beneficiarios de sus programas clientelistas. En su lógica burda, y con el profundo desprecio por la gente que los caracteriza, los acarrearon al Parque Central y nos los echaron encima ambos días, imaginando que los guatemaltecos procederíamos a desgarrarnos unos a otros. La lucha de clases, ya sabe usted, todo ese rollo que aún afiebra las cabecitas nostálgicas setenteras, y más anacrónicas que el corsé de la bisabuela, que infestan estos países latinoamericanos, especialmente sus estratos políticos e intelectuales.

Pero, ay, los unos se con la música a otra parte (los Guaraguao y sus "casas de cartón", faltaba más), pacíficamente. Los otros nos quedamos en el parque, sin música pero con pitos, tambores y el estruendo de las máquinas de los motoristas que se nos unieron... también pacíficamente.

Colom y su retahíla no pueden verlo. ¿Ver, qué cosa? ¡Que los guatemaltecos tenemos sangre en las venas, no pus! ¡Pueden comprar unas horas del tiempo de los sencillos con transporte, fanfarria y un plato de comida! ¡Pueden intentar amedrentar a aquellos cuyas horas de robadas al trabajo o la familia no pueden comprar! ¡Pero no pueden ni podrán evitar que cuestionemos no quiénes son ellos, sino qué son, pues con sus acciones han vuelto su credibilidad opinable y su honorabilidad discutible!

Por ahora, y esto es bien chusco, han ocultado a Sandra Torres de Colom. En medio de la tragedia de mi país saqueado y ensangrentado, no deja de ser divertido que una mujer a la que tanto le gustan los reflectores se vea obligada a esconderse debajo de la cama por un tiempo. Debe salir de allí, y lo hará, pero no para seguir haciendo campaña prematura con dineros públicos, como si nada hubiese pasado. Porque, como lo puso lapidariamente un columnista guatemalteco, la carrera política de esta señora está aniquilada.

De modo que no soy –ni los miles que me acompañaron– familiar ni amiga de la víctima. Tampoco soy complotista, ni apátrida. Porque de la ciudadanía, y del sentido de dignidad que ella acarrea, ni el buitre más agresivo me puede despojar. Así lo demostró Rodrigo Rosenberg, cuyo ejemplo más nos vale a los guatemaltecos honrar, si no queremos terminar a merced de la chifladura, la megalomanía, la sinrazón y la maldad.  
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