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ISRAEL

Nuestros gobernantes han perdido el norte

Las contradictorias políticas gubernamentales sobre la denominada tregua con los palestinos son verdaderamente alucinantes. Y es que, en las últimas semanas, nuestros gobernantes han perdido el norte por completo.

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El orgullo del sionismo residía en que, después de 2.000 años de impotencia, el pueblo judío contaba con una fuerza de defensa, el Ejército israelí. De hecho, nuestro pueblo en armas pudo repeler exitosamente a las fuerzas combinadas de todos los Estados árabes cuando éstos intentaron aniquilarlo. Incluso ahora, tras los errores garrafales de nuestro liderazgo político y castrense en la guerra del Líbano, el Ejército de Israel sigue siendo la fuerza militar más eficaz de la región.
 
Sin embargo, la mayoría de nosotros se encuentra horrorizada y furiosa por el fracaso de nuestro Gobierno a la hora de cumplir con su cometido primordial: velar por la seguridad y la integridad de la población civil.
 
Nuestros líderes suscribieron la "tregua" siendo perfectamente conscientes de que los palestinos no sólo no podían poner punto final a los actos terroristas contra Israel, sino que ni siquiera tenían la intención de hacerlo. Nuestro primer ministro, Ehud Olmert, besaba a Mahmud Abbás (Abú Mazén), el falsario sucesor de Yaser Arafat, y proclamaba que era un moderado sinceramente comprometido con el ilusorio proceso de paz. Pero resulta que Abbás, que hipócritamente repite el mantra de que los ataques terroristas perjudican a la causa árabe, da su respaldo a una cultura política genocida. No sólo enaltece a los terroristas suicidas, es que presenta iniciativas legislativas encaminadas a conceder pensiones a sus familiares.
 
A día de hoy, Abbás ha rechazado categóricamente hacer frente al terrorismo en las zonas sometidas a su jurisdicción. Sus propias fuerzas de "seguridad" siguen estando activamente implicadas en el terror, y han asesinado a más civiles israelíes que la organización terrorista Hamás.
 
Terroristas de Hamás.Hamás aceptó la tregua en función de sus propias exigencias estratégicas a corto plazo. Pero por lo menos sus líderes fueron honestos a la hora de proclamar sus intenciones y anunciaron que, en cuanto les pareciera, volverían a batallar por la liberación de toda Palestina.
 
El Ejército de Israel, que se opuso amargamente a la tregua, advirtió al Gobierno de que los civiles israelíes correrían un gran riesgo y de que, sin duda alguna, seguiría cayendo gente. Incluso cuando, una vez iniciada la "tregua", los misiles Kassam seguían lloviendo sobre Sderot y otros lugares del sur del país, el primer ministro impidió al Ejército que adoptara medidas defensivas contra los terroristas, ni aun en el caso de que fueran pillados con las manos en la masa.
 
Entre tanto, nuestro primer ministro y la ministra de Exteriores predicaban los enormes "beneficios diplomáticos" y la "buena disposición" que estaba cosechando Israel en la arena internacional.
 
Finalmente, tras una serie de episodios que a punto estuvieron de acabar en tragedia, entre ellos un ataque con misiles Kassam contra una guardería, y sólo después de que dos jóvenes resultaran gravemente heridos, el primer ministro accedió a permitir que el Ejército abriese fuego contra los terroristas –pero sólo si éstos se encontraban en ese preciso momento lanzando misiles–. Incluso entonces se negó al Ejército poder perseguir a los asesinos una vez éstos hubieran lanzado los misiles.
 
Para remate de este escenario surrealista, los palestinos advirtieron de que la tregua llegaría a su fin si Israel procedía contra los lanzadores de Kassams.
 
Esta manera de comportarse no sólo deshonra a nuestros líderes, deja en muy mal lugar a la nación en su conjunto. Si los habitantes de Tel Aviv o de cualquier otra ciudad importante estuvieran sometidos al fuego enemigo y el Gobierno persistiera en su política de dejar al margen al Ejército, la gente se manifestaría ante el Parlamento y, sin lugar a dudas, se producirían disturbios callejeros. Pero, al parecer, si las bajas son "limitadas" y circunscritas sólo a una zona fronteriza, como la de Sderot, podemos darlo por bueno, porque los europeos, incluso Egipto, nos aplauden por la contención que mostramos mientras los terroristas nos atacan.
 
Esa indiferencia hacia la vida y la integridad de unos conciudadanos es verdaderamente chocante. Dejando de lado su profunda incompatibilidad con la sacralidad de la vida y la obligación de defenderse de los asesinos, bien presentes ambas en la tradición judía, nadie en el mundo –excepción hecha de los palestinos y sus aliados– sacrificaría deliberadamente a su gente con tal de obtener ventajas de orden diplomático.
 
El mundo se está acostumbrando a que los civiles israelíes sean atacados con misiles, y cuando por fin nos decidamos a reaccionar puede que seamos condenados por no quedarnos de brazos cruzados mientras nuestra gente es asesinada.
 
Hasán Nasralá, líder de Hezbolá.Lo peor está por venir. Aceptamos que Gaza fuera inundada con nuevas y devastadoras armas, con explosivos y misiles, a través de la porosa frontera egipcia. Estas armas pueden complementar el arsenal desplegado por Hezbolá en el norte. Además, nuestro Gobierno accedió a la solicitud de los americanos de que se autorizara a la guardia personal de Abbás a recibir armamento, a pesar de saber que, como ya ha ocurrido en el pasado, es casi seguro que acabará siendo empleado contra nosotros.
 
Por otra parte, los iraníes están financiando a Hamás y entrenando a sus miembros en las más avanzadas prácticas terroristas. Incluso recompensan a quienes participan en el lanzamiento de Kassams cuando consiguen matar israelíes.
 
¿Qué piensan de todo esto los palestinos? Desde luego, están seguros de que Hasán Nasralá estaba en lo cierto cuando describía a Israel como una telaraña incapaz de proteger a sus propios ciudadanos. Nuestros enemigos se hacen cada día más fuertes, y celebran que nos estemos quedando sin elementos disuasorios. Se les está alentando a creer que, si siguen asesinando y mutilando a nuestra gente, finalmente nos obligarán a capitular.
 
Nuestra aparente disposición a liberar numerosos presos con sangre en las manos como "gesto de buena voluntad" deja bien a las claras que matar judíos ya no garantiza siquiera ir a la cárcel.
 
¿Hasta cuándo continuará el pueblo de Israel aguantando los bruscos giros y bandazos de nuestro fracasado primer ministro, o la cruda retórica de nuestro camaleónico ministro de Defensa, que utiliza los medios de comunicación para atacar a aquél, o los vacuos desafíos de nuestra ministra de Defensa a Olmert, como cuando anuncia que tiene la intención de abrir un canal independiente para negociar con Abbás? Por si esto fuera poco, otros miembros del Ejecutivo debaten entre sí y en público acerca de asuntos de crucial importancia.
 
Entre tanto, nuestros enemigos se preparan para la guerra. Hoy más que nunca, Israel necesita una política coherente y un Gobierno que hable con una sola voz y comprenda que su prioridad fundamental es la preservación de las vidas de los israelíes. Si nuestros fracasados líderes son incapaces de avanzar unidos en esta dirección, perderán el derecho moral a seguir dirigiendo el país. Esta locura tiene que acabar.
 
 
ISI LEIBLER, presidente del Diaspora-Israel Relations Committee del Jerusalem Center for Public Affairs.
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