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ESTADOS UNIDOS

Para entender la oposición al Obamacare

Una de las cuestiones de política norteamericana que el lector europeo, y el español en particular, contempla con mayor asombro e incomprensión es la referida a la Sanidad Pública, el Health Care.

Jorge Soley Climent
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A la mayoría de los españoles les asombra que pueda haber quien se oponga a la iniciativa del presidente Barack Obama, y se imagina a los estadounidenses como un pueblo de egoístas insolidarios que no se preocupan por la suerte de sus conciudadanos enfermos, dejados a su suerte sin cobertura médica estatal. Se aprovecha entonces para hablar de un capitalismo salvaje, de un darwinismo social que deja en la cuneta a los más débiles. Porque, ¿quién en su sano juicio se puede oponer a dar asistencia médica a los más desfavorecidos? En buena lógica, quienes se oponen a los planes de Obama, conservadores la mayoría para más inri, no pueden sino ser unos crueles egoístas.

Esta imagen, tan extendida, se fundamenta, a mi parecer, en el desconocimiento y en el prejuicio. Vayamos por partes.

En primer lugar tenemos la ignorancia acerca de cómo está organizado el sistema sanitario norteamericano. De ser cierto que éste deja en situación de suma precariedad o directamente sin asistencia sanitaria a los más débiles, no se explica cómo las tasas de mortalidad no se han disparado, lo cual sería la consecuencia lógica e inevitable de esa falta de asistencia médica. Y sin embargo, no es así. La mayor parte de los norteamericanos cuenta con cobertura médica, y además de buena calidad, a través de los seguros médicos vinculados a los contratos laborales. Las empresas, que no soportan la carga de la Seguridad Social (por cierto, la propuesta de Joaquín Trigo de mostrar en las hojas de nómina, a efectos informativos, el coste total que para la empresa tiene el trabajador en España se nos antoja muy pedagógica), pueden destinar esos recursos a dar cobertura médica a sus empleados a través del programa que más se adecue a sus necesidades y no a través del café para todos de la Seguridad Social. Con el añadido de que, si uno no está satisfecho, existe una sana competencia entre seguros médicos que facilita el cambio a otro plan.

Lyndon B. Johnson.Luego están los programas Medicare y Medicaid, que, con todos sus defectos, ya son una Seguridad Social, y además de enorme tamaño. Medicare nace en 1965 de la mano del presidente Lyndon B. Johnson, y es un seguro de salud que da cobertura a todos los mayores de 65 años y a aquellos que cumplen una serie de criterios (minusválidos, necesitados de diálisis, enfermos de esclerosis lateral amiotrófica, etc.). Se calcula que en 2007 más de 43 millones de norteamericanos estaban cubiertos por Medicare. Por su parte, Medicaid, también creado en 1965, está pensado para personas y familias de escasos recursos, y en 2008 se beneficiaron de sus servicios 49 millones de norteamericanos, de los que alrededor de 6,5 millones también eran beneficiarios de Medicare. Por lo tanto, la imagen del anciano o del pobre que se muere ante las puertas de un hospital porque no tiene seguro médico es más mitológica que real en nuestros días. En cualquier caso, si muere, será probablemente por las colas y las listas de espera inherentes a los sistemas sanitarios públicos.

El caso es que, de una población de 306 millones de habitantes, se calcula que en torno a 45 millones no tienen cobertura médica, un 15% del total. Pero una mirada más al detalle nos revela que esta cifra tampoco es toda la verdad. De las personas sin cobertura médica, 3,5 millones tienen derecho a la misma a través de Medicare o Medicaid pero no se han tomado la molestia de hacer la petición, y lo mismo ocurre con 8 millones de niños cuyos padres tampoco los han dado de alta. Parece evidente que a estos 11,5 millones de norteamericanos les basta con solicitar la cobertura para obtenerla.

Sigamos. Se calcula que casi 10 millones de estadounidenses están en un periodo entre dos trabajos y su falta de cobertura es temporal, mientras que 12,6 millones son inmigrantes ilegales y, en consecuencia, no tienen cobertura (si bien son atendidos sin más preguntas si acuden a un centro de emergencia). Nos quedan sólo dos grupos de personas sin cobertura: los que pueden permitirse pagar un seguro médico (tienen ingresos superiores a 50.000 dólares al año) pero prefieren no hacerlo, disponer así de mayor renta y, en caso de enfermedad, pagar a un hospital privado, que suman 18 millones, y los 8,5 millones de jóvenes entre 18 y 25 años que piensan que, a su edad, no tiene sentido pagar por un seguro médico. A la luz de estos datos queda claro que, si las personas que tienen derecho a cobertura médica hicieran lo debido para tenerla, los supuestos individuos sin cobertura son jóvenes y no tan jóvenes que han decidido libremente estar en esa situación, al menos durante un periodo de sus vidas. Y que el plan Obama consiste en decirles que no pueden elegir libremente, que él ha decidido que tendrán seguro médico quieran o no, y que, si se decantan por el no, igualmente tendrán que pagar.

Un estudio del Lewin Group calcula que el plan de Obama, si se implanta plenamente, reducirá el número de los que están sin seguro médico en 26,6 millones, justamente los dos colectivos que antes señalábamos. Eso sí, el otro impacto previsible es que unos 21,6 millones de norteamericanos perderán su seguro sanitario privado el primer año y hasta 88 millones en los siguientes, pues sus empresas ya no podrán pagarlo, al tener que soportar los costes de la nueva y expandida Seguridad Social. Y eso sin contar la carga adicional de impuestos que se prevé para financiar el plan, y que puede acabar de ahogar a miles de empresas que no están pasando, precisamente, por sus momentos más holgados. Y es que se calcula que el coste del Obamacare será de 239.000 millones de dólares durante los primeros diez años, una suma nada despreciable que añadir al ya estratosférico déficit norteamericano. Y que además seguirá creciendo en el tiempo, por mero cálculo demográfico.

Hasta aquí nos hemos limitado a presentar una serie de datos que esperamos ayuden a disminuir el desconocimiento general sobre el tema; ahora abordaremos la cuestión del prejuicio. Y es que el pretendido egoísmo individualista y cruel de tantos norteamericanos contrasta con otros rasgos de su sociedad que dejan estupefacto a más de uno. Por ejemplo, esos crueles individualistas son los que más dinero destinan a obras de caridad, a iniciativas sociales y culturales, a organizaciones no gubernamentales de todo tipo. Curioso, ¿no? Pero además conforman una sociedad envidiada por la vitalidad de su tejido asociativo, desde las comunidades locales, pasando por las vibrantes parroquias, hasta la movilización para algunos temas de calado, como la lucha contra el aborto o la tan manida campaña presidencial de Obama.

¿Cómo se entiende que una sociedad tan dinámica y con tanta vida asociativa se muestre tan reacia a aceptar el plan de Obama de tener una Seguridad Social universal a la europea? A lo mejor resulta que la vida asociativa y comunal es tan intensa, precisamente, por las mismas razones que les llevan a luchar contra el Obamacare.

A lo mejor la intromisión del Estado en la vida de las personas es una tendencia siempre expansiva que acaba por secar la vida asociativa, como ha sucedido en Europa. A lo mejor, el Estado paternalista que elimina la libertad de elección nos va haciendo cada vez más dependientes e infantiles y los norteamericanos, conscientes de este peligro, luchan por ponerle freno. Es lo que, en pocas palabras, expresaba el lema de una campaña contraria al plan Obama, al que acusan de redundar en "menos libertad y más impuestos". Es posible que algo muy valioso y característico la vida norteamericana, origen de mucho de lo que miramos con sana envidia en aquel país, sea una realidad porque el gobierno federal aún no ha asumido por completo áreas como la sanitaria.

Un último apunte que hace referencia a la financiación con dinero público de abortos. Diecinueve congresistas demócratas han pedido al presidente Obama que firme ley alguna que no excluya explícitamente el aborto de las prestaciones de "cualquier plan de seguro sanitario gubernamental o subsidiado" o que permita que un órgano federal recomiende el aborto "como un servicio por incluir entre las prestaciones médicas".

Hasta el día de hoy, aún están esperando la respuesta de su presidente, aunque lo cierto es que el primer borrador no contempla esta limitación, por lo que muchos no tienen dudas de que uno de los objetivos de Obama, con su reforma sanitaria, consiste en cubrir con dinero federal el aborto. Un motivo más, si es que fuera necesario, para mirar con recelo este plan al que millones y millones de norteamericanos, compasivos y solidarios (e incluso demócratas), se oponen.


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