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VENEZUELA, 15-F

Próxima estación: dictadura indefinida

De entrada, las cosas como son: fuese cual fuese el resultado del referéndum del día 15, para Venezuela pintaban bastos. Es más que razonable suponer que Hugo Chávez habría respetado una derrota del tanto como respetó el triunfo del no en el referéndum del 2 de diciembre de 2007.

Ana Nuño
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Porque hay que recordarlo: al presidente de Venezuela sus conciudadanos ya le habían dicho que no querían, entre otras delicadezas escasamente democráticas que tuvieron que votar en aquella consulta popular, que se perpetuara en el poder. Pero este individuo delirante (no exagero: pasen y vean) modifica la realidad a su antojo.
 
¿Qué se puede esperar de un militar golpista que conmemora su felonía de 1992 organizando un Día de la Dignidad? ¿De alguien que fue capaz de celebrar la masacre de Puente Llaguno y los turbios episodios que rodearon su renuncia y regreso al poder en 2002 decretando la creación de un Comando General de la Reserva subordinado al Ejecutivo? Es decir, desoyendo la voluntad popular expresada en las urnas, puesto que esta medida, que acompaña la ominosa redefinición territorial y estratégica del ejército venezolano inscrita en la Lofanb impuesta por decreto en julio de 2008, también formaba parte de las propuestas de reforma de 69 artículos de la Constitución de 1999 que Chávez sometió a consulta el 2 de diciembre de 2007. Y a las que los venezolanos mayoritariamente dijeron que no. ¿Pero acaso esto ha sido un impedimento para que Chávez la decretara vigente, abusando de los de suyo abusivos poderes que le otorgaba la Ley Habilitante de febrero de 2007?
 
De paso, conviene saber que la dichosa reserva, también llamada Milicia Nacional Bolivariana, es nada más y menos que el equivalente de las Milicias Nacionales Revolucionarias de Cuba. En diciembre de 2008, el Comando de este cuerpo cívico-militar reveló sus objetivos más inmediatos: pasar de los actuales 700.000 reservistas que lo integran (por comparación, la Fuerza Armada Nacional –es decir, el ejército tradicional– cuenta con menos de 150.000 miembros) al millón y medio de voluntarios. Más del doble. En claro: Chávez ha decidido dotarse de una superguardia pretoriana que le permita, como poco, someter a los venezolanos al mismo tipo de control totalitario que padecen los cubanos.
 
Este es sólo un botón de muestra del talante democrático del presidente de Venezuela. Quienes en las cancillerías europeas sostienen que el régimen de Chávez es democrático porque organiza elecciones y referenda y después se quedan tan anchos, mirando para otro lado ante las crecientes evidencias de acoso a los opositores políticos y violaciones de derechos humanos, fingen ignorar que la democracia chavista es, desde sus orígenes, lo que Fareed Zakaria llama una democracia no liberal, o illiberal. Es decir, que forma parte del cada vez más nutrido contingente de países –de Paquistán a Eslovaquia, de Sierra Leona a Bielorrusia– sometidos a regímenes que, a pesar de haber sido democráticamente elegidos o confirmados por referenda, "frecuentemente ignoran los límites constitucionales a su poder y despojan a sus ciudadanos de derechos y libertades básicos".
 
Este largo previo es necesario para enfocar correctamente el referéndum del 15 de febrero y sus resultados. Mediante una interpretación fantasiosa (una más) de la Constitución que él mismo hizo redactar y votar en 1999, Chávez ha obligado a los venezolanos a responder de nuevo a una de las preguntas que hace poco más de un año desestimaron: la de la elegibilidad indefinida del presidente de la República. Eso sí, la pregunta aparece convenientemente camuflada por el comodín de la elegibilidad perpetua de todos los cargos públicos sometidos a elección, en lo que sin duda es un caramelo que el caudillo ha regalado a los miembros del PSUV y otros partidos-rémora del régimen para aplacar la tentación que pudieran albergar de mostrársele insumisos. Una pregunta, por cierto, que no tiene desperdicio: por su deliberada y farragosa oscuridad, no menos que por su torticera gramática, es una manifestación más de la mezcla de zafiedad y desprecio por la inteligencia de sus gobernados que el autoproclamado heredero de Bolívar dispensa a diario, desde hace diez años, al soberano pueblo de Venezuela.
 
Por si esto fuera poco, resulta que, menos de tres meses después de los últimos comicios y por décimoquinta vez en diez años, los recursos del Estado han sido movilizados para satisfacer la voluntad del caudillo. Que en ningún momento ha tomado en cuenta la amenaza que representa la severa crisis económica que ya hace estragos en Venezuela, y previsiblemente se agravará en los próximos meses, a la hora de volcar los recursos del Estado (es decir, los de todos los venezolanos) en una campaña electoral obscenamente dispendiosa y vulgarmente concebida para amedrentar a los opositores y sembrar el miedo entre todos los votantes.
 
Obscenamente dispendiosa: Chávez se ha gastado, en su referéndum bis, cerca de 393 millones de bolívares fuertes. Es decir, el equivalente de lo presupuestado, en 2009, para financiar cinco ministerios. Un monto que supera el que está previsto que este año reciban 11 de los 37 organismos que integran la administración pública venezolana. ¿Será esto el dichoso socialismo del siglo XXI? Por lo menos, es uno de sus rostros, el más certeramente cuantificable: la izquierda en el poder ha dado siempre muestras de gestionar lo público en propio y sectario beneficio.
 
Vulgarmente amedrentadora: la campaña ha consistido en una batería impresionante de amenazas y agresiones contra quienes hacían campaña a favor del no: de las amenazas directas de Chávez a los estudiantes a la insólita reprimenda pública del Comandante del Plan República (que violaba, de paso, el deber de no injerencia en asuntos políticos de militares en activo) a un conocido y respetado periodista y político venezolano que se atrevió a dedicarle uno de sus editoriales. Por no mencionar el clima de miedo imperante en las semanas previas a la consulta, probablemente propiciado e innegablemente amparado por el gobierno, y que arroja un balance de agresiones y atentados del más diverso pelaje, del allanamiento de la más importante sinagoga de Caracas (allanamiento es el término adecuado, visto que hasta ahora los únicos detenidos son mayoritariamente miembros de cuerpos policiales que dependen del Ministerio de Interior) a la reciente expulsión mafiosa de Caracas, mediante secuestro indocumentado y violento, del eurodiputado español Luis Herrero, por haberse atrevido éste a denunciar el carácter dictatorial de la campaña del referéndum del 15-F. (Aprovecho para sumar el mío al agradecimiento de millones de venezolanos: gracias, Luis. Lo que necesita la Venezuela democrática, más que nunca, es contar con amigos valientes).
 
Así que el ha triunfado. Por un margen de casi 10 puntos. Por supuesto, no conoceremos el impacto que en la votación del pasado domingo ha tenido el violento clima de las últimas semanas. Tampoco será fácil deducir la incidencia del fraude en la lectura de los datos que tenga a bien hacer públicos el CNE: no hay que olvidar que, a fecha de hoy, este organismo, responsable de velar por la imparcialidad y transparencia de los comicios celebrados en Venezuela, sólo ha publicado el 87 % de los votos escrutados en el referéndum del 2 de diciembre de 2007.
 
Cuando digo fraude, quiero decir fraude: es fraude ocultar a los votantes que no basta con pulsar la opción o no en el ordenador; que para validar el voto hay que esperar que el sistema envíe a la pantalla el correspondiente mensaje (la tilde, dicen los del CNE). Me consta, por comunicaciones verbales con electores venezolanos, que esta novedad de última hora pilló desprevenido a más de uno. En resumen: a los votantes no se les informó previamente de que el sistema estaba diseñado para validar el voto después de haberlo emitido y, más grave aún (y en esto reside el posible fraude), de que quien enviara su voto antes de haberlo validado definitivamente (es decir: quien pulsara la opción "Votar" sin más, después de haber marcado una de las dos respuestas posibles) estaba votando nulo.
 
¿Conoceremos algún día el número real de votos nulos registrados por el sistema electoral venezolano? Pregunta ociosa, claro está. Retomo el inicio de estas líneas: da igual cuál fuera el resultado. En caso de que se hubiera impuesto el no, Chávez ya tenía su Plan B: otra consulta en 2010. Ahora, con el triunfo del , en el clima de coerción someramente descrito, ¿qué es previsible que haga Chávez?
 
Detesto las predicciones. Nada más risible que los meteorólogos: cuando no se equivocan, aciertan dos días antes o tres después. O sea, nunca aciertan. Pero allá va. A reírse (yo, la primera).
 
Antes de que los nubarrones de la economía venezolana den paso a un ciclón tropical, Chávez convertirá en cheque en blanco el resultado de su referéndum trucado: disolverá su actual gobierno y convocará elecciones a una nueva Asamblea Constituyente. Querrá evitar a toda costa las elecciones legislativas de 2010: a pesar de su triunfo del 15-F, Chávez ha perdido 10 puntos respecto de las presidenciales de 2006. Y a pesar también de la brutal campaña de amedrentamiento y miedo financiada desde el gobierno, más de cinco millones de venezolanos le han dado la espalda. Definitivamente. En otras palabras: a pesar de las apariencias, el referéndum del 15-F confirma la tendencia iniciada en diciembre de 2007.
 
Pero Chávez tiene un plan. Da igual que se llame Socialismo del Siglo XXI, lo que en la práctica significa perpetuar la dictadura cubana fuera de Cuba, o que busque llanamente convertirse en el hacendado mayor de Venezuela. El caso es que esta es su ventaja respecto de la oposición, que hasta ahora no ha sido capaz de elaborar otro plan que el quítate tú para ponerme yo. Y esto, desde luego, no basta: mientras la oposición siga mostrándose incapaz de proponer al país un proyecto de futuro no únicamente basado en el rechazo a Chávez, la auténtica democracia venezolana, representada en esos millones de ciudadanos que no se dejan amedrentar por el tiranuelo de Barinas, seguirá huérfana. Y expuesta a lo que venga. Que puede ser, ahora sí, una dictadura. Indefinidamente reelegible.
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