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ISRAEL

Bibifobia

Los resultados de las elecciones israelíes del pasado día 10 han retumbado con gran estruendo en todo el mundo: y es que no sólo parece haber girado a la derecha el electorado, sino que, con toda probabilidad, el nuevo gobierno también será de derechas, con Benjamin Bibi Netanyahu como primer ministro.

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Aún más, las alarmas se han disparado ante la perspectiva de que no sea Kadima, la formación centrista, quien acompañe a Netanyahu en el gobierno, sino el líder de Yisrael Beitenu ("Israel, nuestra casa"), Avigdor Liberman. Ogro y diablo para lo que el mundo espera de Israel. Pero ¿es justo o sensato lo que se espera de Israel?
 
Primero los hechos: es claro que aunque la formación de centro-derecha, el Likud, no ha recibido una mayoría de votos (de hecho, es la segunda más votada, detrás del Kadima de Tzipi Livni), el mapa político del nuevo parlamento sí es mayoritariamente conservador. Por otro lado, el partido laborista de Ehud Barak, a pesar de haber desempeñado éste un papel esencial en la reciente operación Plomo Fundido contra Hamás en Gaza, ha sido castigado por el electorado, que lo ha relegado a la cuarta posición, por detrás de Kadima, Likud y la formación de Liberman, la gran sorpresa de estas elecciones.
 
Como consecuencia del mayor peso de los partidos de derecha en la Knesset, Tzipi Livni, a pesar de contar con un escaño más que Netanyahu (28 frente a 27), se ve incapaz de formar gobierno. De ahí que con toda probabilidad este miércoles, cuando el presidente del país, Simon Peres, encargue a uno de ellos la formación de gobierno, el elegido sea Bibi Netanyahu.
 
Avigdor Liberman.Para mí, por tanto, la cuestión principal es qué clase de coalición será la que Netanyahu logre amalgamar. Es muy posible que en su mente tuviera el gobernar apoyado por Kadima y laboristas, pero parece más probable que acabe al frente de una coalición de los partidos a su derecha, con Liberman como principal aliado. ¿Es eso malo?
 
Hay muchos, sobre todo en la administración americana, que culpan a Netanyahu de haber obstaculizado el proceso de paz con los palestinos en los años en que fue primer ministro. No son menos los que se escandalizan ante la posibilidad de tener que vérselas con Liberman, al que tachan de ultrarradical, que no ultrarreligioso, como si fuera lo peor que pudiera sucederles. Para mí lo verdaderamente alarmante sería que el proceso político israelí se viese condicionado por el mero hecho de que el arco parlamentario resultante de unas elecciones democráticas, libres y transparentes no es del agrado de la opinión mundial. De hecho, creo que hay muy buenas razones para desear un gobierno claramente conservador en Jerusalén.
 
En primer lugar, porque por primera vez en muchos años habría un consenso básico entre el legislativo y el ejecutivo acerca del agotamiento del proceso de paz iniciado en Oslo y revitalizado en Annapolis: seguir con él no conduciría más a que mayores frustraciones y desencuentros.
 
No son necesarios ni más planes de paz (de los que Israel ya ha tenido bastantes) ni más interlocutores palestinos que no pueden cumplir lo que prometen. Sólo un nuevo gobierno de derechas puede obligar al mundo a repensar el proceso de paz de arriba abajo. Kadima está demasiado enfangada en lo viejo y malo conocido. Sharansky, quien voluntariamente se ha mantenido alejado de la contienda política para desarrollar sus ideas desde su think tank, el Shalem Center, lleva años proponiendo una aproximación de abajo arriba: nada de sostener por principio a la autoridad palestina; es mejor favorecer la existencia de una sociedad civil dinámica entre los palestinos.
 
El presidente de Egipto, Hosni Mubarak.Es muy probable que sus tesis no encuentren todo el eco que se merecen en la nueva derecha israelí, pero Benjamin Netanyahu quiere impulsar algo que se le parece. Paz por prosperidad, podría ser su lema. A lo que aspira es a atraer inversión directa a Cisjordania, una inversión que vaya creando polos de desarrollo y genere una suerte de clase media más interesada en su prosperidad que en eliminar a Israel. Para eso está dispuesto a levantar buena parte de las restricciones que impiden que la economía de los palestinos pueda avanzar a mayor velocidad. Por otro lado, Netanyahu quiere que la solución al problema palestino no sea únicamente la resultante de un acuerdo a dos bandas, pues sólo con la implicación de Jordania y Egipto puede garantizarse la viabilidad de un estado palestino en el futuro. Porque de eso se trata, de que el nuevo estado sea tan viable como pacífico.
 
En segundo lugar, un gobierno de derechas puede estar mejor preparado para hacer frente a los retos de seguridad a los que se enfrenta Israel. No podemos pasar por alto que esta misma semana –y por primera vez– las IDF han señalado a Irán como una "amenaza existencial" para el estado judío. Cuando se habla de existir o de dejar de hacerlo, cuanta más firme se sea en lo relacionado con la toma de decisiones, mejor. Cuantas menos presiones externas se tengan que acomodar, mejor.
 
Israel no debe confiar en que el mundo le salvará de sus problemas. De hecho, es el mundo el que espera que Israel le quite un grave problema de encima: el escenario de un Irán nuclear, aunque jamás lo diga –y menos lo aplauda– en público. Como me dijo un buen amigo israelí: "Muchos en el mundo temen que bombardeemos Irán; muchos en la región temen que no lo hagamos".
 
Por último, cabría recordar a todos los amnésicos que se rasgan las vestiduras por un gobierno con Liberman de ministro que éste ya ha formado parte del ejecutivo israelí, precisamente con el centrista Kadima de Sharon. Y ni más ni menos que como ministro de Asuntos Estratégicos. Y que sepamos, ni expulsó a los árabes, ni aplastó a los palestinos ni atacó Teherán. Y es que, dejando aparte a la izquierda, el poder modera.
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