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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

¿Qué pasa en Irán?

Dicen los periódicos que está pasando de todo en Irán y que hay un enfrentamiento decisivo entre Ahmadineyad y Mir Husein Musavi, al que califican de reformista. Lo que no dicen es de qué reformismo se trata.

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La Vanguardia informa de que Musavi pertenece a la Asociación de Clérigos Combatientes, de la que también forma parte el "ex presidente reformista Mohamad Jatami", aquel que no quiso comer con la reina Sofía, lo cual me hizo pensar siempre que hay reformismos y reformismos, y que no todos tienden a reformar lo mismo.

Es cierto que Musavi tuvo el valor de criticar, aunque sin nombrarlo, al guía espiritual Alí Jamenei, acusándolo de "amenazar el carácter republicano de la república islámica y de tener como objetivo la imposición de un sistema político", según AFP en El Universal de Caracas. En realidad, desde el momento en que existe un guía espiritual que está institucionalmente por encima del bien y del mal, y que valida o rechaza los resultados de las elecciones, la condición republicana está en cuestión. Es, en el mejor de los casos, una monarquía parlamentaria, aunque si a Don Juan Carlos se le ocurriera intervenir en una cuestión así, y con esos modos, pasaríamos a ser república mucho antes de lo imaginado.

Hay muertos y todo. Pero no hay que engañarse ni dejarse engañar: esto no es Tian An Men, donde había una oposición clara y unos reclamos puntuales. Yo estaría mucho más tranquilo si el señor Musavi no fuese un reformista abstracto; si me dijera, por ejemplo, que quiere igualdad entre hombres y mujeres, o que quiere que ambos sexos tengan las mismas oportunidades de estudio. No se pueden hacer interpretaciones occidentales de asuntos que no funcionan dentro de un esquema occidental. ¿Qué pasaría si un candidato europeo a la presidencia dijera que lo va a cambiar todo, incluso el sistema fiscal, hasta el régimen de constitución de parejas, con la condición de que nada de lo que haga entre en contradicción con su propia lectura de la Biblia?

No hay república, ni monarquía parlamentaria con rey místico no siempre hereditario, mientras el Corán, la Biblia o el libro de Mormón rijan por sobre todo. De modo que Musavi no defiende una república, sino una república islámica, con todo lo que eso supone, sharia entre otras cosas.

Mahmud Ahmadineyad y Mir Husein Musavi.Hay quien incluso quiere suponer que todo esto sucede a causa del absurdo discurso de Obama en El Cairo y del nuevo tipo de relaciones que el presidente americano pretende establecer con los países musulmanes. Pues no: estas cuestiones están ahí desde mucho antes de que él ganara las elecciones, y de ningún modo van a cambiar por unas palabras más o menos. Y si alguien, cargado de buena voluntad, sueña con que Musavi detenga el proceso de nuclearización de Irán –tan aplaudido por Felipe González y por el tipo ese de La Moncloa que quiere cerrar Garoña–, es mejor que deje de soñar. Musavi representa poco cambio para los iraníes –aun cuando, como bien sabemos los que hemos vivido bajo Franco, cualquier leve movimiento de apertura sea bienvenido–, pero no representa cambio alguno para Occidente.

Musavi odia a Occidente y odia a Israel tanto como Ahmadineyad, aunque tenga mejor pinta que el actual presidente, empeñado en parecer un dirigente sindical peronista en tiempos de ayuno. Claro que la idea, por lo general equivocada, es que, cuando un hombre encuentra tanto apoyo de un pueblo con reclamos tan precisos, se ve obligado a satisfacer al menos algunos de esos deseos para mantener la fidelidad de la gente. Salvo cuando cuenta con un Estado capaz de acallar cualquier protesta en cuestión de minutos. ¿Alguien se ha preguntado por qué hay tan pocos muertos en Teherán? A los Guardianes de la Revolución no les tiembla la mano a la hora de disparar, y si no han emprendido la masacre es porque alguien (¿Jamenei?) les está sujetando el dedo que tienen apoyado en el gatillo. Tampoco en esto se parece la situación a la de Tian An Men.

Aunque hoy se dieran vuelta las cosas y Musavi consiguiera una repetición de los comicios –un absurdo, porque las controlarían los mismos y se reiteraría el fraude, si lo hubo–, nada esencial cambiaría. Jamenei seguiría siendo el guía espiritual, el presidente tendría otra cara y los tipos que están armando los reactores, de los cuales ninguno ha levantado la voz en estos días, se afanarían en su labor como hasta ahora. Y las señoras, como siempre, con hiyab, tribunales de honor y lapidación. La libertad de costumbres en las mujeres no resuelve nada por sí misma, pero es un indicador preciso del desarrollo de una sociedad. (Pemítaseme una digresión a este propósito: resulta que la viuda de Stieg Larsson no cobra un céntimo de Millenium porque la progresista Suecia no reconoce las parejas de hecho, cosa que sí hacemos los reaccionarios españoles; lo cual viene a dar más validez aún al propio Larsson en su denuncia de esa sociedad, una de las más hipócritas, racistas y eugenistas del mundo. ¿O no sabía usted, como fingen ignorar nuestros críticos, que de eso va la trilogía?).

En síntesis: que o uno está con la alianza de civilizaciones y el encuentro galáctico de Zapo y Obama, o no debe perder un segundo de su vida en apostar por Musavi como factor de evolución en el mundo islámico. Es más de lo mismo.


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