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Federico Jiménez Losantos

Una larguísima e incierta campaña electoral

Federico Jiménez Losantos
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Los Reyes Magos han traído urnas para todos. Con regalos para los buenos y carbón para los malos, pero unos y otro siempre en urna de cristal, con cierto aire de tanatorio. A partir de hoy, todo en la información y en la opinión nacionales va a tener ambiente y sentido electorales. Todo va a ser sustanciado en las encuestas. Todo pasará al debe o al haber de los candidatos. Todo servirá para acercar el ascua a la sardina, si es que la sardina no llega embadurnada de chapapote y no hay forma de hacerla a la brasa. Vamos a vivir, también, la apoteosis del sectarismo, porque el atolondramiento miope y cretinoide del aznarismo coincidirá con un apogeo del espíritu de secta característico de la izquierda. Y, para corroborarlo, ahí estará Rencor González, el incombustible Tigrekán II, dispuesto a demostrar que Aznar se va y que él sigue ahí, porque en realidad no se ha ido nunca. Claro que lo mismo debe de pensar Aznar: que se queda. Tal vez por eso se ha rendido a Polanco y coloca a su señora de rehén en las listas de Gallardón. Total, que entre un jubilado voluntario y un jubilado que no se deja jubilar vamos a pasar año y medio de dimes y diretes, votos y rebotes.

Desgraciadamente, los asuntos nacionales de gravedad son de tal naturaleza que no permiten archivar esta rivalidad de sectarismos rencorosos como sería higiénico y deseable. Este año va a ser el del doble lenguaje de la clase política con el desguazamiento de España al fondo, acometido ya por el PNV y ETA, con la complicidad de buena parte del PSOE. El PP va a hacer como que la impide, aunque su política de claudicación en Cataluña y la sumisión incondicional al imperio ideológico de la progresía polanquista muestran que Aznar sólo quiere que haya pluralismo si puede beneficiarse de él directamente, pero que su condición de derechista acomplejado, cuando no de rencoroso liberticida, han colocado a la derecha en una situación de debilidad mediática sin precedentes en nuestra historia contemporánea, con una única alternativa real al Imperio Polanquista que es la radio y la televisión públicas, condenadas más tarde o más temprano a caer también en la órbita del PRISOE. Acaso más pronto que tarde: quizás en un año, dos a todo tirar. Con el problema de España al fondo, la concentración mediática gravítará de forma importante en estas elecciones, que decantarán un nuevo mapa informativo impensable –por temible– hace muy poco.

Y como lo político primará sobre lo económico, ni siquiera un enderezamiento de la crisis que podría producirse tras la guerra contra Irak cambiará la hiperpolitización de meses venideros. Por cierto, que el antiamericanismo será otro de los ingredientes que el PSOE utilizará contra el PP, sin que éste encuentre ya muchos medios donde guarecerse. Efectos del centrismo y de la capitulación ética e ideológica, que tal vez Miguel Boyer afronte con vigor desde FAES. Y nosotros que lo veamos.

La lucha contra el terrorismo y la defensa de la unidad nacional (que debería ser lo mismo, pero que para Aznar son dos cosas distintas e incluso contrapuestas, según se diluciden en Bilbao o Barcelona) serán –insisto– las últimas trincheras ideológicas donde se librará esta larguísima e incierta batalla electoral. Probablemente, salvo descalabro en mayo, pueden ser también las que Aznar le encargue defender a Mayor Oreja si ve la batalla perdida y la guerra comprometida. Pero el PSOE y Polanco, valga la redundancia, van a tratar de que Mayor no llegue como candidato del PP a las generales. Y cuentan en el seno del PP con aliados poderosísimos, de Rato a Gallardón. Por cierto, que en la candidatura del amigo de Fefé y de Prisa la presencia de Ana Botella será uno de los ingredientes más controvertidos, hasta mayo y después de mayo. Y es que, en el fondo, la consolidación de una clase política bifronte bajo el protectorado de Polanco va a ser una de las cosas que se dilucidarán en esta campaña. Pero este será un proceso casi invisible y para el que no nos pedirán el voto ni nos aceptarán la opinión. Sin embargo, la daremos. Votar, a lo peor no votamos; pero opinar, opinaremos; aunque los Reyes Magos, el año que viene, nos traigan carbón. Total, no deja de ser un dulce. Y peor sabe el chapapote, primer plato del rancho electoral.

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