Menú
Federico Jiménez Losantos

Don Florencio Navarrete o el afán de enseñar

Hoy, un niño se asoma al móvil antes que a la cartilla, por eso han empezado ya a gobernarnos lerdos notorios que enhebran frases sin entender las palabras.

Hoy, un niño se asoma al móvil antes que a la cartilla, por eso han empezado ya a gobernarnos lerdos notorios que enhebran frases sin entender las palabras.
Feria del Libro de Teruel | Feria del Libro de Teruel

Acababa de escribir el pregón para la Feria del libro de Teruel cuando me dijeron que Don Florencio había muerto. Lo había visto en la presentación de Años de luz, que es un homenaje a su gran obra, el Colegio San Pablo, y esperaba verlo en la Glorieta, y saludarlo antes del Pregón. Ya nunca será posible, aunque cada día, para los que vivimos aquellos primeros años del San Pablo, lo recordaremos. Pero aunque se haya escrito y hasta filmado tanto sobre la Generación Paulina, creo que es más necesario que nunca recordar que el afán de Don Florencio, como el de todos los grandes profesores que tuvimos en el Instituto Ibañez Martin, no era que nos divirtiéramos, sino que aprendiéramos, no era que lo pasáramos bien, sino que, después de estudiar y si sacábamos buenas notas para conservar la beca, completásemos con la literatura, el teatro, el cine, la música y el arte, nuestra formación intelectual. Pero, primero, estudiar; luego, divertirnos, aunque siguiéramos aprendiendo.

florencio-navarrete.jpg
Don Florencio Navarrete, director del San Pablo

Lo más importante de aquella generación no es que hayamos salido tantos escritores, cantantes, ensayistas o gente famosa, en general, sino que todos sacamos adelante con brillantez nuestros estudios, hicimos muchos una carrera universitaria y aprovechamos el gran nivel de la enseñanza pública de entonces para conseguir lo que nuestros padres soñaban cuando, a los diez años, nos examinamos de para la beca y nos fuimos internos a la capital, Teruel, de donde sólo saldríamos ya en vacaciones.

Hoy se tiene la estúpida costumbre de pensar que el trabajo de estudiar es una forma de jugar. Todo lo contrario, es una responsabilidad, y el primero que nos lo recordaba siempre era don Florencio. Luego llegaban los descubrimientos, los deslumbramientos. Pero nadie pensaba que hacer teatro o escribir poesía nos dispensaba de la sagrada obligación de estudiar. Nunca nos dejó olvidarlo Don Florencio, y eso es lo más importante que puede legarnos un profesor. Nunca lo olvidaremos.

Morir es dejar de leer

Un libro es un paisaje que nos mira. Nosotros miramos esta ciudad, en la que viví de los diez a los diecisiete años, o la "sierra callada" donde nací y de la que habla Labordeta en su canción, y estamos ahí, somos también paisaje, con la luz, los pinos, la nieve y los días oscuros. El libro es algo extraño, mágico, que, al leernos, nos ayuda a leernos a nosotros mismos. Por eso, aprender a leer y escribir es el hecho fundador de la civilización occidental, lo que nos acerca a su gran valor: la libertad real, individual, solitaria, que primero de puntillas, y luego, corriendo y parando, resollando y acelerando, nos lleva hasta una meta que nunca llegamos a ver, porque, al cabo, morir es dejar de leer. El que no lee ni escribe, aunque sepa leer y escribir, es un analfabeto funcional, y además de un desagradecido a sus mayores, es un pobre desgraciado, una pobre desgraciada, un desperdicio.

Mi primer libro, y también mi primer recuerdo, es el "aeiou" de una cartilla en la que la muchacha que me cuidaba y que se llamaba Fuencisla, me hizo ver y oír las primeras letras. Mi madre estaba en la escuela, mi padre cosía botas o arreglaba zapatos, el serrinero estaba al rojo vivo, o, como decimos allí, rusiente, y, con tres años, yo aún no podía ir a la escuela de párvulos. Había nevado, y, abajo, en el corral dos aguzanieves se posaban tranquilas, esperando, como aquellas letras de la primera página de mi primer libro. No sé en qué momento las aprendí, seguramente cuando las aguzanieves levantaron el vuelo, y empecé a ser algo más que un niño: una persona.

Leer y escribir nos hace personas, nos introduce en una civilización. El aeiou y el mi mamá me mima no son un juego sino una iluminación, es encender la luz que alumbrará toda nuestra vida. Y por eso los pedabobos que obligan a aprender a leer y escribir más tarde de lo que pudo conseguir cualquier niño de mi época y cualquier otra anterior, son unos necios que desconocen el inmenso valor, el inmenso consuelo de los libros. Hoy, un niño se asoma al móvil antes que a la cartilla, por eso han empezado ya a gobernarnos lerdos notorios que enhebran frases sin entender las palabras.

A los cuatro años, llegué a la escuela con un libro ya encuadernado, El parvulito, que traía más cosas y muestras de ortografía para los primeros dictados, que eran los de la pe con la a, pa. Pero también contaban qué era una escuela y qué era España, una gran familia que nos cuidaba y a la que un día deberíamos cuidar. Años después, al leer el primero de sus Episodios Nacionales, cuando Galdós explica nuestra nación, recordé El Parvulito.

foto-federico-labordeta-4.jpg
Federico con Labordeta y sus compañeros

En mi casa no había biblioteca, sólo los libros de mi madre, de la editorial Magisterio Español, y los de la Enciclopedia Álvarez, del primer grado al cuarto, en los que aprendí todo lo que sé y considero esencial. El resto son lecturas. ¿Y qué leíamos? Lecturas de Oro, los cuentos de Calleja, que también venían en las tabletas de chocolate, las Fábulas de Esopo, Fedro, Samaniego e Iriarte, los tebeos y El Quijote para niños, que don José Rosell, mi maestro, usaba para el dictado diario, que corregía a cada uno. En las letras, no hay mejor maestro que Cervantes. Y para las ciencias, la música. Las cuatro reglas las aprendíamos de memoria cantándolas. Más difíciles eran los problemas: un tren sale de A hacia B, y otro de B hacia A. Como en mi pueblo no había tren aquello me dejaba frío. Por eso me gustó Teruel, porque el "Lucha" tenía una sección diaria: "En el Chispa que va y viene", que nunca me perdía, y estaba entre la sociología y la crónica rosa.

Por ejemplo: "doña Engracia Calvo, esposa del dentista de Monreal, ha vuelto del Puerto de Sagunto donde ha conocido a su quinto nieto, que se cría muy bien". O "en la próxima boda de Pilar Cortel y Damián Fortea, habrá doscientos invitados, se celebrará en la catedral y el banquete en el Hotel Turia. Los ya marido y mujer pasarán su luna de miel en Mallorca". Aquello me parecía importantísimo: Teruel, el Chispa y noticias cada día. Y a pesar de mi madre, que me quería matemático, me llevó a donde estoy.

Jefe de Estudios del San Pablo

La primera librería que vi, a los diez años, cuando bajé a examinarme de ingreso y beca fue la de Perruca, que no olía a lápiz, como mi escuela, sino a papel. Cuando volví a examinarme de matrícula, compré feliz el papel de forrar los libros de primero. De los tres colores: azul, rojo y de estraza, elegí el azul. Y en el Instituto Ibáñez Martín, nada de Vega del Turia, vi la primera biblioteca, de la que, Labordeta y Sanchís mediante, viene mi formación literaria. Nunca agradeceré bastante las lecturas de Kafka, Freud, Proust, Joyce, Kerouac o la antología poética de Castellet.

Este afán lector, devorador de libros, estaba azuzado por el Colegio San Pablo y su director. Pudimos rendirle homenaje al cumplir los 90 años sus antiguos alumnos becarios del Colegio, del Instituto, del teatro, de aquella febril actividad intelectual que, con Labordeta, Sanchis, Jesús Oliver y otros grandes y exigentes profesores desarrollamos a la sombra protectora del San Pablo. Yo fui feliz allí, entre los quince y los diecisiete años, la edad en que uno funda o desbarata una vida intelectual.

feria-libro-teruel-10.jpg
Federico dando el pregón en Teruel el pasado jueves 9 de mayo

Hay un libro, de los muchos que leí gracias a Don Florencio que tenía en su despacho y eran las obras completas de Lorca en un grueso tomo de Aguilar. Y en el último año, cuando me hizo Jefe de Estudios del San Pablo, con diecisiete años, tenía el despacho justo enfrente del suyo. Y cuando no estaba, cogía el volumen, que lo tenía, me leía una obra o dos y lo devolvía cuidadosamente a su sitio. Lo leí entero, hasta El Público, que es un plomo, y lo comentaba con César y Carbonell, que hicieron dos canciones preciosas a partir de los primeros y mejores poemas de Lorca.

En aquel despacho, que en realidad usábamos para oír los discos de Aretha Franklin, Otis Redding o Serrat, Labordeta me dio un día Pedro Páramo y El llano en Llamas, de Rulfo, y Oliver, Bomarzo, de Mújica Laínez. Y Cortázar, Donoso, Carlos Fuentes y, sobre todo, Vargas Llosa o García Márquez, a los que pocos años después conocí en Barcelona y los traía leídos de Teruel. ¿Y cómo se agradece eso? En mi caso, escribiendo. Para eso me habían enseñado pronto a leer y a discernir qué es literatura-

Pero la iluminación creadora fue a los 11 años. Una tarde, en el libro Vela y Ancla de Formación del Espíritu Nacional, leíamos a Antonio Machado:

"Una tarde parda y fría

de invierno, los colegiales

estudian, monotonía

de lluvia tras los cristales".

Levanté la vista y tras el cristal, entre los hilos rotos de la lluvia, anochecía en Teruel. ¡El colegial de ese poema era yo! Y lo que empezó pensando en unas violetas que nadie veía en un rincón de mi huerto, se convirtió en la certidumbre que todos podemos ser literatura, de que cualquiera puede ser su propio libro, que el paisaje lo llevamos dentro.

Entonces entreví que, aprendiendo a leer y escribir bien, sabiendo el oficio, nuestra maravillosa lengua española es el paisaje que nos lee y nos escribe, que nos deja trascender lo inmediato sin abandonarlo y que nos lleva a escribir libros y a vender cientos de miles de ejemplares, o ninguno, sin que el milagro de escribir desaparezca. Cada uno es lo que es y somos lo que somos por lo que tantos han creado. Y aquel niño de un pueblo de Teruel que a los tres años aprendió el "aeiou", hoy está aquí, en la capital, haciendo el pregón del Día del Libro. ¿Cabe mayor honor?

Temas

En Cultura

    0
    comentarios