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CIENCIA

Cadena de custodias

Imagine que se enfrenta al desafortunado trance de un juicio en el que usted está inculpado. Su abogado realiza un par de llamadas y descubre que el juez que le ha tocado condena al reo en el 91 por 100 de los casos. ¿Qué pensaría? Evidentemente, que está perdido.

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En España existen pocos jueces que dicten sentencia de manera tan abrumadoramente sesgada hacia una de las partes.

Veamos: en los casos de despido, los datos de los juzgados de lo social arrojan un 72 por 100 de sentencias a favor del trabajador y un 28 por 100 a favor de la empresa (aproximadamente). Una relación 70-30 es garantista para los derechos de los trabajadores, pero no es tan escandalosamente abrumadora como la del juez que a usted le ha tocado.

Los casos de violencia de género también arrojan una relación similar: un 73 por 100 de las vistas termina en sentencia contra el reo. En los asuntos que tienen que ver con el patrimonio, la jurisprudencia arroja un 80-20. El 80 por 100 de los casos termina con sentencia en contra del inculpado, bien sea delito, bien sea falta.

Buceo en los archivos estadísiticos de los juzgados españoles y no encuentro datos muy dispares.

Sólo hay un tipo de jueces en los que la ratio despunta sobremanera: más del 90 por 100 de los casos de divorcio acaban con la concesión de la custodia a la madre.

¿Imaginan cuánto duraría en su puesto un juez que certificara más de un 90 por 100 de sentencias siempre hacia el mismo lado en casos donde anduvieran de por medio la raza, la religión, la condición social o la identidad sexual?

La propuesta del Ministerio de Justicia de atajar el problema de la custodia compartida por la vía de la equiparación, es decir, facilitando que la custodia por ambas partes sea la opción preferente, ha vuelto a levantar polvareda. Entre las reacciones contrarias, me duele honestamente encontrar las de asociaciones como la Federación de Mujeres Progresistas, que representan a mujeres con siglos de lucha a sus espaldas por la igualación de derechos. ¿Seré ingenuo si pienso que la custodia compartida, o cualquier otra fórmula de distribución igualitaria de las obligaciones de la crianza, es un paso más hacia la igualdad? Al menos hacia la igualdad en el ámbito en el que más falta hace, en el ámbito en el que menos se ha avanzado y en el que se sufren todavía la mayor parte de las discriminaciones contra la mujer. El ámbito privado.

Y es que sin igualdad real en la distribución de las tareas de la crianza no habrá igualdad. Los avances en el entorno profesional (aún se necesita mejorar) chocarán indefectiblemente con el muro de que el 90 por 100 de las mujeres divorciadas han de dedicarse en pleno a la custodia de sus hijos (con lo que ello tiene de lastre para el desarrollo profesional) y el 10 por 100 de los hombres han de abandonar su hogar, sufragarse un nuevo domicilio, ver esporádicamente a sus hijos, participar en diferido de las decisiones educativas (con lo que ello sopone de carga para el desarrollo personal del hombre y de los críos). Lo ganado en igualdad pública se pierde en igualdad privada.

Porque aunque muchos no quieran verlo así, el desequilibrio en la balanza judicial en casos de custodia (desequilibro exclusivo de estos casos, como hemos visto al principio) es igualmente dañino para el hombre y para la mujer. 

La psicólogoa del Instituto Nacional de Salud Infantil de Estados Unidos Martha Zaslow suele repetir una frase reveladora :

A la luz de lo que la ciencia nos muestra, parece cada vez más evidente que muchas de las cosas que hemos asumido como propias de la maternidad son también típicas de la paternidad.

No es un secreto que me encuentro especialmente concernido en el estudio de las raíces científicas de la paternidad. Mi libro Te necesito, papá (de Libros Libres) recoge los últimos avances en la explicación biológica, neurológica y psicológica del instinto paternal, una pulsión tan presente como el más conocido instinto maternal y que repercute de modo indudable en el desarrollo emocional de los hijos.

Es tal la evidencia científica actual a favor de la implicación del padre en la crianza, que decidir sistemáticamente en los juzgados en contra de ella supone no sólo un desatino judicial, sino un acto de lesa ciencia

Cada vez más científicos trabajan con la esperanza de poder dotar de suficiente material pericial a los jueces de estos casos, para que elaboren sentencias más rigurosas con la naturaleza del ser humano, al modo que psiquiatras forenses o médicos ayudan al juez a ser más justo en sus decisiones.

Hay en esta lucha menos mujeres de las que me gustaría encontrar. Algunas de ellas son categóricas: "El matrimonio es un contrato, y en la mayoría de las sociedades del mundo se puede rescindir. Pero la paternidad no lo es y no se puede romper. El intento de las leyes de lograr la muerte civil de un progenitor que no disfruta de la tenencia de sus hijos es imbécil y destructivo", escribió la reconocida antropóloga Margaret Mead.

Desde el punto de vista del hombre actual, debería resultar reconfortante la constatación de que existe el instinto paternal y de que la naturaleza masculina también tiene sus peculiaridades intransferibles durante el embarazo, el parto y la crianza. Desde el punto de vista de la mujer, también. Porque quizás nos encontremos ante la única generación en la historia en la que hombres y mujeres están interesados por igual en el cuidado de la prole. Y en la única que es capaz de determinar la realidad natural que hay detrás de ese inalienable interés.

Durante mucho tiempo, la sabiduría popular y, por qué no decirlo, algunos textos científicos han relacionado el comportamiento masculino con esa hormona irrefrenable y machista que es la testosterona. El macho humano, como el de otras especies animales, se vería así impulsado a buscar pareja, practicar sexo y competir con otros congéneres por mandato bioquímico. La testosterona, "una hormona estúpida", como llegó a bautizársela, era una de las principales responsables de que el hombre se portara "como un hombre".

Afortunadamente, hoy sabemos que las cosas no son así y que dentro de la etiqueta "comportarse como un hombre" también caben la ternura, la sensibilidad y el afecto paterno-filial. Sobre todo este último, porque recientes investigaciones en el campo de la psicobiología han demostrado que los hombres contamos con un instinto paternal similar al instinto maternal de las mujeres. Y, curiosamente, la testosterona tiene mucho que decir en su afloramiento.

Aunque ella no es la única hormona que interviene en la paternidad feliz. De modo similar a lo que ocurre entre los animales, todo un abanico de sustancias colaboran para conseguir que el varón no sólo tenga deseos de aparearse, sino que también anhele hacerse cargo de la prole, cuidarla y mantenerla, y que todo eso genere en él una cascada de emociones positivas tan naturales como las de la madre.

Un estudio publicado en 2001 por la revista Mayo Clinic Proceedings demostró que los futuros padres presentan mayores niveles de estradiol (un tipo de estrógeno) y menos de testosterona que los hombres que no esperan hijos. Es más, los varones cuyas parejas están embarazadas experimentan cambios hormonales que se activan simultáneamente a los de la mujer gestante y que, en algunos casos extremos, llegan a producir síntomas físicos, como náuseas y aumento de peso.

El estradiol es una sustancia que interviene en el comportamiento maternal de las mujeres, de los primates no humanos y de otros mamíferos. Hasta entonces no se había detectado en ninguna especie que los machos también respondieran a la paternidad con aumentos significativos de esta hormona.

Curiosamente, el estradiol parece ser un elemento clave en la prepaternidad (periodos de embarazo), ya que en el último mes antes del parto sus niveles tienden a regresar al estado normal. ¿Es que la naturaleza está intentando preparar al hombre para que sea un buen padre?

Parece muy probable, y, de ser así, estaría también en la naturaleza del hombre mantenerse cerca de sus hijos. Independientemente de su estado civil y del camino que haya seguido su relación de pareja. Eso deberían saberlo no el 90 por 100 de los jueces, sino el 100 por 100.


twitter.com/joralcalde

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