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CÓMO ESTÁ EL PATIO

De turismo multiculti por la Córdoba ecuménica

No se lo van a creer, pero he descubierto una ventaja a esto de las comunidades autónomas. En realidad, no se trata de una sino de la ventaja de tener esos engendros jurídico-políticos que nos han llevado a la ruina y van a impedir nuestra salida de la crisis. Hasta el momento nadie les ha descubierto otra.

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Me refiero a la instauración de los días de la región, fechas aisladas de nuestro calendario que, si además forman un puente, nos permiten hacer turismo con una especial comodidad por la razón de que en las demás comunidades autónomas es un día laborable (iba a escribir "se trabaja").

La mayoría de las comunidades celebra su Día de la Región en momentos intempestivos del año, porque la efeméride no consiste en la realización de una gran conquista común en el pasado, sino que se conmemora el día en que las máquinas del Boletín Oficial del Estado imprimieron el número en que apareció la ley orgánica que reconocía el hecho autonómico de cada una. Tremenda cutrez, claro, pero perfectamente ajustada al hecho celebrado, que hoy obliga a todos los sucesores de aquellos padres y padrinos de la patria chica a dar y recibir unos discursos lisérgicos para exaltar las virtudes de un invento cochambroso que se cae a pedazos, aplastando de paso a los contribuyentes menos afortunados.

Pero la gente se va de puente a otras provincias a hacer turismo, cosa que está bastante bien porque a nadie en la hostelería se le ha ocurrido aún elevar los precios durante los fines de semana que coinciden con el día de la región de las comunidades limítrofes, un aspecto en el que sólo parece haber reparado la dirección de Ikea, cuya tienda en Murcia, por ejemplo, provoca unas colas de veinte kilómetros en la autovía de acceso desde la comunidad valenciana cuando es la fiesta grande de la tierra del no menos grande Paco Camps.

Córdoba, que es a lo que vamos, es un destino recomendable para consumir ese día de la región que aparece tontamente en el calendario, pero evitando en la medida de lo posible los rigores veraniegos, que convierten la sede española del antiguo Califato Omeya en una réplica exacta de su equivalente original en los desiertos de Siria en lo que a temperatura se refiere. Para conocer Córdoba es necesario tener un buen estómago, porque el plato típico es un inigualable rabo de toro y el discurso turístico una matraca multiculti diseñada por especialistas de la Logse para convencer al viajero de que moros, judíos y cristianos se comían a besos a diario hasta que llegaron los Reyes Católicos y jodieron el invento intercultural.

La Gran Mezquita de Córdoba, monumento de belleza arrebatadora, fue construida por los árabes en el solar de la Iglesia Martirial de San Vicente, previamente destruida hasta sus cimientos se conoce que para igualar el terreno y que no se cayera un arco de la construcción posterior. Después de varias ampliaciones llegaron los cristianos y no solamente respetaron la construcción musulmana, sino que la embellecieron aún más, incorporando la parte catedralicia que hoy brilla al mismo nivel que el resto del entorno. Conclusión: Los moros son unos enriquecedores multiculturales respetuosos con cualquier realidad religiosa y los cristianos unos peligrosos fascistas que destruyen todo lo que tocan.

Aparte de estos peajes educativos que el visitante ha de pagar a la Junta de Andalucía, el casco histórico cordobés merece una inversión de horas y horas deambulando por sus callejuelas para que el viajero reflexione sobre la importancia del Día de su Región en el proceso de construcción nacional de su terruño y pierda unos minutos tomando un fino amontillado con su poquito de jamón ibérico.

A efectos gastronómicos, que es el único factor multicultural realmente estimable, resulta imprescindible visitar el Caballo Rojo, justo frente a la fachada de la mezquita opuesta al río Guadalquivir y la taberna El Pisto, entre la plaza Tendillas y San Miguel, aunque cualquier taberna, con o sin el típico patio cordobés, es capaz de sorprender a los visitantes con unos platillos que derrochan grandeza en su sencillez. El salmorejo es tan sublime, y las tapas tan variadas y abundantes, que probablemente sean estos los únicos lugares del mundo en que el discurso del presidente de tu comunidad autónoma celebrando tres décadas ininterrumpidas de éxitos autonómicos no alcance para ponerte de mal humor. Si eso no es buen rollito multiculti, que baje Averroes y lo diga.

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