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CRÓNICA NEGRA

El caso de la mano cortada

El otro día, vísperas de Halloween, el periódico entrevistó a un supuesto erudito en crímenes que le dijo que lo que más miedo le daba era el crimen de la mano cortada.

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¿Cuántos eruditos en crímenes somos en España? ¿Uno, ninguno? El suceso de la mano cortada tuvo lugar a principios de 1954 y no fue un asesinato. Hizo muy popular al semanario El Caso, que había salido dos años antes, en 1952.

La mano cortada fue una profanación de cadáveres.

Una llamada telefónica, que luego se sabría hizo el hijo de la supuesta marquesa de Villasante, Margarita Ruiz de Lihory, avisó a los periodistas de que ésta podría haber practicado algún tipo de mutilación a su hermana recién fallecida, Margot Shelley, muerta de leucemia, en su domicilio de Madrid, en la calle Princesa.

Insiste el erudito en crímenes que lo que más le acongoja es que cosas tan terribles pasen en una casa "tan normal". Pero es que no lo era. Tan normal. Era un bonito casoplón, donde podían admirarse muebles de calidad, vajillas de plata..., alguna de cuyas soperas estaban llenas de cabezas de perro disecadas. De lo más normal.

La señora que ocupaba aquel casoplón, la tal Margarita Ruiz de Lihory, dice la leyenda que fue espía de Franco. Además de las historias que se cuentan, se tiene la idea de que fue la primera licenciada en Derecho, la primera corresponsal de guerra en Marruecos... y también se teme que en algún momento pudo tener aventuras a lo Mata Hari con el propio Abdel Krim. Como se ve, de lo más corriente. Esas cosas de la burguesía aburrida de la calle Princesa que asustan a los eruditos.

Margarita era guapa, distinguida y rubia. Hija de José María Ruiz de Lihory, barón de Alcahalí, gobernador civil de Mallorca, alcalde de Valencia y diputado en Cortes, y de doña Soledad Resines de la Bastida, cuando fue denunciada por su hijo mayor, Luis, con el que no se llevaba bien, era una mujer madura, abogada de carrera, una de las primeras abogadas, señora de toda la vida, aunque quizá utilizara de forma incorrecta el título de marquesa.

En Albacete tenía propiedades y una historia misteriosa con supuestos hombres de negro, espías a la carrera o visitantes en platillos volantes.

Margarita tenía un compañero sentimental, el abogado Basolls, y juntos contemplaron con cierto estoicismo cómo los policías registraban la casa y encontraban la mano derecha de Margot flotando en una lechera llena de alcohol.

Más tarde, encontrarían otros restos humanos: dos ojos y un trozo de lengua, que pertenecían a la misma persona y que según la investigación habían sido amputados durante una ceremonia llena de superstición y pases mágicos. Margarita, al parecer, había aprendido a manipular los cuerpos con vistas a hipotéticas resurrecciones.

Una vez descubierta, dijo que su hija era una santa y que se había quedado con unas reliquias para llorar su ausencia sobre ellas.

La censura impidió la publicación de la foto de la lechera con la mano flotante. El editor de El Caso, Eugenio Suárez, arregló a pie de imprenta la primera página, sin foto, escribiendo el titular de su puño y letra: "El misterio de la mano cortada".

Después se han escrito libros y se ha recreado el episodio, que quedó en un pequeño delito o falta de cierto relieve. Se ve que se tuvo en consideración la edad de la acusada, la dolorosa pérdida de la hija y que la amputación fue post mortem. Margarita no era más que una sombra del pasado, rodeada de perros nerviosos y malnutridos.

La marquesa de fue siempre genio y figura: una española aventurera, llena de furia y talento, a la que solo su hijo pudo pillar en una falta, porque hasta entonces había vivido con discreción y a lo grande, como una dama educada.

Si el episodio da miedo a un erudito en crímenes, imagínense lo que era capaz de producir en la ciudadanía en tiempos de la dictadura. Una vez olvidados aquellos años de plomo, queda recordar la belleza rubia de la marquesa-baronesa desempeñando su osado papel en un mundo de turbulentas pasiones. En una casa singular, llena de recuerdos de viajes y aventuras, en la zona señorial de Madrid. El miedo importado de la fiesta de los muertos vivientes caería de prestado muchas décadas más tarde, lejos del glamour de los protagonistas.

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