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CÓMO ESTÁ EL PATIO

El Madrid gana sólo cuando debe

La final de la Copa de S. M. el Rey de España comenzó de la forma habitual y acabó de la única manera en que puede acabar un partido entre el Real Madrid y el F. C. Barcelona cuando se enfrentan con un título en liza: con los azulgranas haciendo ronditos en el círculo central ante el arrobo de su entrenador y el aplauso de sus seguidores y los blancos llevándose el partido con un golazo.

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La eliminatoria de la Liga de Campeones fue más de lo mismo, y hubiera acabado exactamente igual que la final de la Copa si Pepe no hubiera sacado a relucir la motosierra que tiene en la zapatilla izquierda en un lance con Dani Alves. Como los españoles somos mucho de discutir, el hachazo de Pepe ha dado mucho juego, y eso que el tremendo zambombazo en la espinillera del lateral azulgrana se escucha perfectamente hasta por el sonido ambiente, motivo que explica por qué ni siquiera el autor de la jugada protestó al peor árbitro de la Bundesliga, que en esos momentos ejercía las tareas encomendadas por su jefe, Villar.

Los de Guardiola no han desplegado en los choques con los blancos un juego excepcional, porque esto del toque, toque, toque, toque, toque y... ¿adivinan?, toque acaba siendo algo aburrido si tras 90 pases en corto el balón sigue estando tan alejado del área contraria como cuando empezó la jugada. Y eso que el Barça sólo hace su juego en las segundas partes: cuando el contrario experimenta una pájara impresionante, los guardiolos parece que acaban de empezar a jugar.

Por cierto, ¿qué les da Guardiola a sus jugadores en los descansos? Pues sin duda mucho ánimo y buenos consejos, porque vuelven al campo con una alegría... que da gusto verlos correr como guepardos por el Masai Mara. Mourinho debió de dar muchos ánimos y buenos consejos a Cristiano Ronaldo justo al acabar los noventa minutos reglamentarios de la final de copa, porque sólo en la prórroga rompió tres veces la barrera del sonido, así, como el que no quiere la cosa. "Está muy fuerte Cristiano", decía el comentarista Sanchís, horrorizado por la potencia brutal que el portugués seguía desplegando, en arrancadas tremendas allá por el minuto 109 de partido. Vaya si lo está. Casi tanto como la plantilla entera del Fútbol Club Barcelona, que a base de talento, buenos consejos y fe en su técnico parece como si no supiera qué es el cansancio.

El Barcelona afronta la vuelta de la eliminatoria de la Champions con la mejor de las perspectivas. No porque la distancia de dos goles sea insalvable –mucho menos si el rival es el Madrid–, sino porque el entrenador rival ha decidido convertir la sala de prensa del Bernabéu en el plató auxiliar de Sálvame de Luxe, en lugar de hacer honor a la tradición del club y convocar al equipo y a la afición a una de esas noches blancas que tanto pavor desataron en el continente.

El Real Madrid es tan grande, su prestigio tan tremendo, es una institución social de tal magnitud, que resulta desconcertante ver a su entrenador haciendo de Belén Esteban ante los medios de comunicación de todo el planeta. Ni aun llevando toda la razón –cosa que es discutible, pues la expulsión de Pepe, almendra de todo este asunto, fue más que correcta, si uno escucha el sonido del hachazo– puede el entrenador del club más importante del mundo dar semejante espectáculo, sobre todo si ha convertido a un equipo plagado de genios del balón en la versión metrosexual del Atlético de López y Tomás Reñones.

El Madrid gana cuando debe, titulábamos, y eso es lo que debería hacer el próximo martes, dando por descontado que, si la eliminatoria se tuerce para los locales, tendrá que jugar la mayor parte del partido con diez.

Mas ni siquiera esa nueva disposición del reglamento de la UEFA, que sólo entra en vigor cuando uno de los contendientes es el F. C. Barcelona, debería hacer al Madrid renunciar a lo que le ha distinguido desde el mismo instante en que se fundó y hasta la llegada de Mourinho: el orgullo de ser siempre, bajo cualquier circunstancia, un equipo ganador. El Real Madrid puede andar deslavazado, practicando un juego ruinoso o con problemas en la plantilla, pero cuando juega una final, su escudo convierte a los jugadores en una brigada de gladiadores que sólo habla el lenguaje de la victoria.

Si el club más grande del mundo consigue que su entrenador comprenda su esencia, habrá partido en el Camp Nou. De lo contrario, el Madrid saldrá al campo resignado a recibir un castigo que sus seguidores no merecen. Y ni siquiera la realidad del villarato podrá disculpar al responsable de la tragedia, un señor que se ha creído que el Real Madrid es un club como cualquiera de los que ha manejado con anterioridad.

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