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RECUERDOS SUELTOS

El Parnasillo

Hace años una empresa, irlandesa, supongo, reconstruyó el famoso café La Fontana de Oro, sede de tantas conspiraciones románticas; y tiempo después ocurrió lo mismo con el no menos interesante El Parnasillo, en la calle del Príncipe, aunque no sé si el actual ocupa el mismo lugar de antaño. Por desgracia, los han convertidos en pubs irlandeses, llenos de letreros en inglés, que es como rehabilitar una bella iglesia gótica arruinada para convertirla en discoteca. El remedio casi parece peor que la dolencia.

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El Parnasillo tiene estrecha relación con el Ateneo de Madrid. Éste nació en 1820, unos años después de la Guerra de Independencia, como Ateneo Español, una de tantas sociedades patrióticas y literarias de la época, la mayoría simples reuniones de gárrulos exaltados, con sede en algún café. Aquel ateneo duró sólo tres años, cayendo víctima del despotismo fernandino, pero en su breve vida debió de destacar mucho sobre sus compañeras, por su carácter activo y poco sectario. Tanto, que dejó un feliz recuerdo, suficiente para que, doce años después de su cierre, reapareciese mucho más boyante con el nombre de Ateneo de Madrid, la institución cultural española más original del siglo XIX, y parte del XX; modelo, y no es de extrañar, para otros muchos centros con el mismo nombre, desde Barcelona a Manila, pasando por Caracas.
 
La recuperación del Ateneo en 1835 partió de aquellos románticos que del "reducido, puerco, opaco café del Príncipe" (Larra), rebautizado El Parnasillo, hicieron un centro de debates e iniciativas intelectuales, desde sus tertulias. Mesonero Romanos también caracterizó el local como "miserable, sombrío y desierto"; pero añade:
 
"¿Quién habría de predecir que llegaría un día, o una noche, en que el autor aplaudido, el artista premiado, el fogoso tribuno, el periodista audaz, no se darían por satisfechos si no venían a depositar sus laureles en aquel oscuro recinto y a recibir en él la confirmación o el visto bueno de sus triunfos literarios o artísticos, periodísticos o parlamentarios; y que hasta el ministro cesante o dimisionario, al abandonar la dorada poltrona, tornaría muy satisfecho a ocupar su acostumbrada silla en un rincón del Parnasillo? Y, sin embargo, todo esto sucedió, reconcentrándose en aquellas estrechas paredes lo más vital de nuestra sociedad hasta que, rebasando sus límites, partió de ellas el rayo luminoso que habría de cambiar por completo la faz de nuestra vida intelectual. De aquel modesto tugurio salió la renovación o el renacimiento de nuestro teatro moderno; de allí surgió, entre otras instituciones, el importantísimo Ateneo".
 
Cánovas.A lo largo del siglo XIX funcionaron en Madrid bastantes centros culturales de cierta enjundia, como el Liceo, el Instituto, la Sociedad Económica Matritense, la Academia de Jurisprudencia y otros, pero el Ateneo volvió a brillar enseguida como "refugio sereno frente a otras sociedades literarias más brillantes y frívolas", en opinión de Azaña, donde encontrarían lugar de trabajo y tertulia la mayoría de los escritores e intelectuales españoles más conocidos (Espronceda, Larra, el Duque de Rivas, Valera, Castelar, Galdós, Clarín, la Pardo Bazán, la Generación del 98, en medida algo menor las siguientes…). Como ya dijera Cánovas, gran protector del centro, "jamás se sabrá con exactitud lo que en este siglo ha sido la nación española rehusando especial y amplio capítulo en sus anales a la inteligente y perseverante actividad del Ateneo".
 
Algunas extravagancias han dado a la institución una injusta fama de radicalismo y chifladura, pero su carácter predominante ha sido más bien "liberal templado" (Azaña). En él encontraron acomodo lo mismo Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o Ramiro de Maeztu que Costa o los hombres de la Institución Libre de Enseñanza.
 
Algo daba a la casa un peculiar atractivo: "No fue un club social a la manera de los clubs ingleses, ni tampoco un club político al modo francés. No era una academia: más viva, más atractiva en su actividad que las academias. No fue tampoco una escuela de altos estudios ni una biblioteca o sala de conferencias, y era, sin embargo, un poco de todo esto" (García Martí). Y además, "un café", observó Unamuno. Conservaba el espíritu del café, de aquel informal, liberal y activo antro de El Parnasillo.
 
Exageraría algo si pretendiese pasar por recuerdos personales todo lo anterior, pero el caso es que hace unos días, volviendo del Ateneo, pasé delante del pub. Estuve tentado de entrar, pero lo miré desde fuera, con su aire tan ajeno a su historia, y pasé de largo. Por alguna razón me trajo a la cabeza mis baldíos esfuerzos en el degenerado Ateneo actual, donde intenté durante años organizar una actividad cultural variada, a partir de tertulias y conferencias. No es que falten conferencias en aquella casa, o tertulias y charlas, que podrían dar la impresión de una intensa vida intelectual, pero se trata de una actividad deshilvanada, sin continuidad, a menudo estrafalaria. El nivel de la mayoría de las tertulias apenas rebasa el chismorreo o la divagación, sin otra utilidad. Y los intentos de superar tal ambiente encontraban la más resuelta resistencia, y hasta la violencia física, por parte de unos socios generalmente pasivos.
 
Expondré un par de casos. Entre mi amigo Paco Carvajal y yo fundamos una Agrupación de Aire Libre para excursiones culturales, un poco en la estela de la famosa Sociedad Española de Excursionismo, también asentada antaño en el Ateneo y que había propiciado importantes publicaciones y estudios. La iniciativa atrajo a otros socios y cosechó un notable éxito. Yo pretendía fomentar, como una actividad más, los viajes a pie y en solitario, y una revista que recogiese los relatos correspondientes, así como entrevistas a personas interesantes aunque poco importantes.
 
Promoví algunas excursiones en grupos mínimos para estudiar los restos de las calzadas romanas en la provincia de Madrid, pero… de donde no hay no se puede sacar. Jóvenes y menos jóvenes preferían ser llevados en autobús a ver monumentos y paisajes, actividad encomiable pero poco afín a la de la Sociedad de Excursionismo o a mi idea, por lo que abandoné el empeño. Paco, más entusiasta, organizó muy bien la asociación, con excursiones semanales interesantes y baratas, sacó una pequeña revista bastante digna, promovió conferencias sobre temas geográficos o antropológicos, todo de un nivel aceptable, y atrajo a decenas de socios.
 
Al cabo de un año o dos Paco se casó y marchó en viaje de novios a Argentina. A la vuelta se encontró con que un grupillo lo había desplazado de la dirección y él ya no pinchaba ni cortaba en Aire Libre. Casi nadie había intentado impedir la maniobra, o protestado por ella, o agradecido los servicios prestados. Así es la vida. La nueva directiva de la asociación, debe reconocerse, si bien rebajó el nivel cultural de la empresa, supo mantenerla organizada, lo cual exige esfuerzo y dedicación no desdeñables, y ahí sigue en marcha la cosa, diecinueve años después…
 
Otro intento hice en la sección de Historia. Con especial colaboración de Teresa Montoso y Dolores Sandoval sacamos la revista de historia Ayeres, centramos el curso en el mundo visigodo, manteniendo un seminario a lo largo del año, que interesó a Luis García Moreno, uno de los máximos especialistas en aquella época, y lo culminamos con un congreso al que asistieron destacados especialistas y arqueólogos de doce universidades españolas, del CSIC (Luis Caballero Zoreda), de la universidad de Viena (Herwig Wolfram) y otros. Publicó los trabajos la Comunidad de Madrid, con mucho retraso, lamentablemente.
 
Aspirábamos a imponer una forma de trabajo más sistemático e interuniversitario, ya antes ensayada con éxito en una Asociación Hispano-Irlandesa que también impulsé; y a que ese estilo cundiera en las diversas secciones de la casa.
 
En vano, por supuesto. Lo impidieron las intrigas en la directiva y entre los socios más ineptos, aunque no por ello menos negativamente activos. Por entonces yo era bibliotecario de la Junta de Gobierno, y debido a unas obras de ampliación y saneamiento del espacio para libros hubo que cerrar la principal sala de lectura del edificio. Y ahí se armó la gorda: los usuarios de la sala, casi todos estudiantes que preparaban sus oposiciones o sus carreras, se sublevaron. Para ellos el Ateneo no era un centro de cultura, sino simplemente un lugar para preparar sus exámenes, con muchas ventajas y a un precio muy bajo. Uno de los cabecillas lo expresó: "Pagamos por unos servicios, y si nosotros tenemos que fastidiarnos, que se fastidien también los demás". Varios de los más agresivos hacían oposiciones a juez. "Da miedo, ¿verdad?, la clase de jueces que podemos tener", comentó Milhombres.
 
Al llegar las elecciones anuales para renovar las secciones, aquellos jovencillos moldeados por una educación progre, "sin ninguna idea alta", decidieron "darme una lección": votaron para la sección de Historia, dándole el triunfo, a la candidatura contraria, compuesta por individuos que se presentaban exhibiendo títulos académicos demostradamente falsos.
 
El Ateneo no es ni sombra de lo que fue. Su decadencia viene ya de la República, y Azaña la describe: "Un pequeño grupo de violentos y despechados se impone a la mayoría de los socios, que no van por allí". "Unos cuantos majaderos que hacen el papel de revolucionarios, continuaron la junta, constituyéndose en convención y representando la soberanía del Ateneo". "Masa de socios anodinos y, revueltos con ellos, unos cuantos inútiles y fracasados que en todo tiempo se han refugiado en el Ateneo, unos pobres diablos, torpes casi todos, pedantes ratés algunos, grillados otros".
 
Pero el mismo Azaña había ayudado al desastre, al politizar la casa como cenáculo de conspiración republicana. Bajo el franquismo, la institución conoció un período casi brillante: gran expansión de la biblioteca, varias revistas de enjundia (Atlántida, La Estafeta Literaria…), publicaciones diversas, ciclos de conferencias de altura, etcétera. Pero no era el verdadero Ateneo, sino una dependencia ministerial. Cuando, en la Transición, volvió al poder de los socios, la decadencia descrita por Azaña empeoró. Difícil entender por qué. Acaso el espíritu sopla donde y cuando quiere, y nada cabe hacer en contra.
 
Antes de abandonar tal "olla de grillos" (Azaña) escribí un pequeño ensayo sobre la significación y posibilidades teóricas de los ateneos, que publiqué años después en La sociedad homosexual. De él he reproducido lo referente al Parnasillo.
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